LINA
Ahí estaba yo, en pijama frente al espejo, con la cabeza hecha un lío. Él solo dijo que me “vistiera bien”. ¿Pero qué significa “bien”? ¿Formal? ¿Bonito? ¿Sexy? Los chicos a veces son imposibles de descifrar.
Mi mamá entró justo cuando estaba a punto de arrancarme los pelos.
—¿Todo bien? —preguntó, alzando una ceja.
—Hoy salgo con alguien... o al menos eso creo. Me dijo que me iba a llevar a un lugar, pero no especificó nada. Solo dejó caer un "vístete bien", y ya.
—¿Y el vestido que te regaló tu tía? El rojo, ¿te acuerdas?
—Lo dejé en casa de papá. No cabía en la maleta.
—Aún tenemos algo de tiempo, y las tiendas siguen abiertas. ¿Te animas a buscar algo nuevo?
Le respondí con una sonrisa. Jamás diría que no a una tarde de compras.
*
—Este no me convence —dije saliendo del probador con un vestido azul que me colgaba como una sábana. Mamá me miró y negó con la cabeza.
Ya iban diez intentos. Empezaba a sentirme frustrada y ella también parecía estar perdiendo la paciencia.
Entonces Mia, mi hermanita querida, apareció con un vestido rojo largo que casi arrastraba por el suelo. Tenía una abertura alta en la pierna y brillo justo en el lugar correcto.
—¡Pruébatelo! —dijo mamá con una sonrisa de esas que saben a cariño.
Lo tomé con cierto recelo, pero lo llevé al probador.
Al ponérmelo, algo cambió. Me miré al espejo y... wow. Me abrazaba el cuerpo como si hubiera sido hecho para mí. Sensual, pero no exagerado. Excepto por la abertura, que subía bastante. ¿Demasiado?
Salí y mamá se quedó sin palabras por un segundo.
—Es perfecto —dijo al fin, aplaudiendo suavemente.
—¿No crees que es muy atrevido? —le pregunté, todavía dudosa.
—Estás hermosa —afirmó—. Si eso no le impresiona, es su problema.
Me convenció. Asentí.
—Ve cambiándote, yo me encargo de pagar.
—Mamá, no tienes por qué…
—Claro que sí. Considera esto un cumpleaños que no te celebré.
No supe qué decir, así que solo le di las gracias y regresé al probador.
*
Ya en casa, entré directo a la ducha. Me exfolié, me afeité cada rincón del cuerpo, una nunca sabe, aunque no tenga nada planeado y me lavé el cabello con mis productos favoritos. Dejé que mis rizos se secaran al natural.
Frente al tocador, empecé el maquillaje. Piel ligera, rubor, un toque de contorno. Nada en los ojos esta vez, solo pestañas postizas muy discretas. Pero para los labios, elegí rojo oscuro con brillo. Algo tenía que destacar.
Finalmente me puse el vestido rojo. No pude evitar sonreír. Me veía increíble.
*
—Estás preciosa —me dijo mamá desde la puerta.
Antes de poder responderle, sonó el timbre. El estómago me dio un vuelco. ¿Nervios? ¿En serio?
Fui a abrir la puerta y ahí estaba él.
Impecable. Camisa blanca que marcaba el pecho, pantalones oscuros perfectamente ajustados, y su pelo, aunque algo peinado, todavía con ese toque rebelde. Me miró con una media sonrisa y se pasó la lengua por los labios. Tragué saliva.
¿Estoy soñando?
*
LEO
Toqué el timbre con una calma fingida, aunque por dentro me temblaban hasta las tripas. Cuando abrió la puerta, el mundo se me detuvo. Ahí estaba, con esa melena rizada cayéndole por la espalda como si cada hebra supiera exactamente dónde tenía que estar. Sus ojos brillaban con esa chispa que siempre me dejaba sin aire, y esa boca… Dios, esa boca. Pintada de rojo como si supiera lo que me provocaba.
Me sonrió, con un dejo de nervios, mientras yo trataba, sin éxito, de no mirarla demasiado descaradamente.
Maldición.
Ese vestido rojo parecía diseñado exclusivamente para ella. Le abrazaba cada curva como si fuera parte de su piel. Mi mirada se detuvo en su escote, no había manera humana de evitarlo y tragué saliva al imaginar lo que mis manos podrían sentir ahí. Me relamí, perdido en la idea. Bajé la mirada, repasando su figura hasta detenerme en sus caderas generosas. El vestido, además de atrevido, era un regalo visual.
Me obligué a recuperar la compostura.
—Te ves increíble, Lina —murmuré, con la voz más tranquila que pude.
Le extendí las flores que traía, dos docenas de rosas rojas que me habían parecido poca cosa comparadas con ella.
—Gracias… no tenías que hacerlo —dijo mientras las tomaba y se daba la vuelta para entrar al apartamento. Supuse que las pondría en agua.
No me importó. Esa vista… su trasero balanceándose mientras caminaba, me dejó sin aliento.
—Mio Dio… —susurré en italiano, sin poder contenerme. Esa noche, el universo estaba de mi lado.
Regresó enseguida y cerró la puerta con firmeza.
—Vamos —dije, y ella simplemente asintió, siguiéndome. Hoy me sentía el hombre mas afortunado del mundo, al lado de la mujer mas hermosa que mis ojos han podido ver.