LEO
—Espero que hayas seguido todo al pie de letra y no te equivoques así que dime: ¿Qué traes?
Lina Torres: 25 años. Tiene una hermana pequeña, apenas cuatro años. Trabaja en Café y mas. Sus padres están vivos, pero el papá lleva tiempo sin trabajo y la madre... desaparecida desde hace años.
—Puedes irte, Tomás —le dije sin mirarlo, y él no tardó en salir casi corriendo de mi oficina.
Me froté el puente de la nariz y solté aire, intentando despejarme. Desde anoche, Lina no salía de mi cabeza. Era ridículo. Ni siquiera había cruzado más de dos frases con ella, pero ahí estaba, clavada en mi mente como si me debiera algo.
¿Qué carajos me pasaba?
Un golpe en la puerta me sacó del trance.
—¿Sí? —pregunté sin muchas ganas.
Laura asomó la cabeza con esa cautela que últimamente todos parecían tener conmigo.
—El señor Duarte llegó para la reunión de las dos, señor.
Maldición. Se me había olvidado por completo.
—Reagéndalo. Tengo otra cosa que atender.
—¿Está seguro? Viajó más de una hora solo para verlo…
Le clavé una ceja levantada.
—¿Me escuchaste titubear?
—No, claro que no, señor. Lo haré de inmediato.
Salió apurada, casi tropezando consigo misma. ¿En qué momento me volví tan intimidante?
Me puse la chaqueta y bajé. El chófer ya me esperaba fuera del edificio.
—¿Destino, señor?
—Café y mas.
Giró el rostro como si no hubiera entendido bien.
—¿Disculpe? ¿El Café y mas? No suele...
—¿Vas a cuestionarme también tú?
Cerró la boca de inmediato y arrancó.
En menos de diez minutos ya estaba frente al local. El sitio estaba medio vacío, cosa normal a esa hora. La mayoría estaría atrapada en sus trabajos, deseando un café como ese.
Entré y mis ojos la buscaron como si ya supieran dónde estaría. Y ahí estaba. Detrás del mostrador. Riendo bajito con alguien más.
Qué guapa, joder. El cabello oscuro en rizos grandes que le caían por la espalda, su piel tostada, esos ojos que parecían cambiar de color con la luz. No era justo. Ni siquiera lucía descansada, y aún así...
Estaba tan metida en sus cosas que ni notó que me acercaba. Me paré frente a la barra y aclaré la garganta. Saltó como si la hubiera despertado de un sueño.
—Bienvenido a Café y mas —dijo en automático, sin levantar la vista—. ¿Qué desea?
Sonreí. No respondí todavía. Me bastaba con observarla un momento más.
—¿Qué me recomiendas? —pregunté, ya de pie frente a ella. Estaba tan cerca que noté unas pequeñas pecas salpicadas en su nariz. ¿Cómo alguien podía verse así sin esfuerzo?
—El café con chocolate blanco... ese es mi favorito —empezó a decir, pero su voz se apagó en cuanto levantó la vista y me reconoció.
Se le abrieron los labios con sorpresa, y por un segundo, me faltó el aire. Tuve que tragar saliva y mirar a otro lado. No sabía que un simple gesto podía afectarme así. Nadie me había provocado algo así, nunca.
—Eres tú —dijo, aún algo desubicada.
—Pasaba cerca y pensé en tomar algo antes de volver a la oficina —mentí sin pena.
Buen movimiento, Leo. Nada mal.
—Trabajo aquí desde hace un par de años —contestó. Y justo entonces, algo me llamó la atención en la zona infantil: una niña jugando entre las pelotas de colores. Era la misma que vi en brazos de Lina la noche anterior.
—Es mi hermana, Mia. Me permiten tenerla aquí cuando no tengo con quién dejarla —dijo, como si me leyera el pensamiento.
—¡Lina! ¡Necesito ayuda con esto! —gritó alguien desde el fondo.
—Ya voy —respondió ella, y se volvió hacia mí—. Como te decía, si quieres probar algo bueno, pide el café de chocolate blanco, con mucha nata.
—Perfecto. Vamos con eso —asentí.
Tecló mi pedido en la pantalla.
—Son 7.55 —me dijo, y yo saqué un billete de cien.
Lo tomó con cierta duda y empezó a buscar el cambio, pero levanté la mano para detenerla.
—Quédatelo.
Me miró como si hubiese dicho una locura.
—¿Qué? Es demasiado. No puedo aceptar eso —protestó.
—Te digo que sí puedes.
Dudó, pero acabó por asentir en silencio. Se giró para preparar la bebida, y por mucho que lo intenté... mis ojos se fueron directo a su trasero.
Genial. Un clásico. Muy maduro de tu parte, Leo.
Volvió con el vaso en la mano.
—Aquí tienes. Que tengas buen día.
Le di un sorbo... y no pude evitar sonreír.
—Está increíble. Puede que tenga que pasar por aquí más seguido.
—Gracias —dijo ella, bajando la mirada, y noté ese pequeño rubor que le subió por las mejillas.
Hermosa. De una forma que no podía explicar, ni ignorar. Y ahí estaba yo, plantado, mirándola como idiota.
—¿Necesitas algo más? —me preguntó cuando notó que no me movía.
—Sí, en realidad. ¿Podrías darme…?
Estuve a punto de soltarlo. Su número. Tenía la frase en la punta de la lengua. Y ella me miraba como si estuviera esperando justo eso.
—¿Una servilleta con esto?
La decepción en su rostro fue evidente.
—Claro... —respondió, sin entusiasmo.
—Gracias —murmuré cuando me la entregó. Empecé a alejarme, y con cada paso, solo podía pensar en una cosa:
La cagué. Era el momento. Y lo dejé pasar.