Niñera equivocada

1296 Words
LINA Ya había pasado más o menos una semana desde que aquel hombre misterioso entró por primera vez al café donde trabajaba. Desde entonces, apareció todos los días, como si fuera parte de su rutina. Pero hace un par de noches, cuando estaba cerrando el local, vi a mi padre acercarse desde la acera de enfrente. Lo reconocí al instante. Supe que venía a presionarme para regresar a casa, como si pudiera borrar años de abuso solo con una mirada. Pensé que temía que finalmente hiciera lo que debía: denunciarlo. No le di oportunidad de hablar. Me escabullí por la puerta trasera, y al día siguiente, presenté mi renuncia. Era la única forma de que dejara de buscarme ahí. Y así me quedé sin empleo. Para no quedarme cruzada de brazos, activé mi antigua página de niñera freelance. No pasó mucho hasta que un hombre me escribió pidiendo que cuidara a su sobrino. La paga era ridículamente buena, como para pensarlo dos veces. Así que acepté. Llegué en taxi con Mia en brazos. El destino era una mansión tan grande que parecía salida de una película. Con piscina incluida al frente. —¡Agua! —susurró Mia con ilusión, caminando hacia el borde. —Hoy no, mi amor —le dije, mientras ella hacía un puchero hermoso. Toqué el timbre. Estaba curiosa por ver el interior de esa casa, aunque nada me había preparado para la sorpresa de ver quién abrió la puerta. —Llegas tarde... —empezó, pero se quedó mudo al verme. —¿Tú? —solté, tan confundida como él. —¿Qué haces aquí? —preguntó, entrecerrando los ojos. —¿No fuiste tú quien pidió una niñera? —Sí... pero esperaba a alguien llamada Adelina. —Mi nombre es Adelina, aunque algunas personas me dicen Lina. Supongo que lo escribí así en la página. —Lina suena mejor contigo —dijo, sin dejar de mirarme. —¿Y cómo sabías que no era mi nombre real? —No sé, solo… no tenías cara de Adelina —respondió, visiblemente incómodo. —¿Fuiste al café? —pregunté, notando cómo evitaba mi mirada. —Sí. Pregunté por ti cuando noté que ya no estabas. —¿En serio? —Me gustaba cómo hacías el café, eso es todo —respondió rápido, como si quisiera quitarle importancia. —No me pagaban bien, así que preferí buscar otra cosa —mentí. Mia, que seguía en mis brazos, me jaló del cabello y aproveché para hacer las presentaciones. —Ella es mi hermanita. No tenía con quién dejarla, espero que no sea un problema. —No, claro que no. Está bien. —Yo soy Leo, y él es Nico —dijo, señalando al niño que en ese momento parecía devorar la pata de una silla. —Esa silla costó más que mi coche —murmuró, antes de ir a apartarlo con rapidez. Mia, curiosamente, estaba callada desde que llegamos. La miré, y la vi mirando a Leo como si fuera un príncipe de cuento. Y sí, lo entendía perfectamente. —Tengo cosas que hacer, los dejo —dijo Leo, soltando a Nico, que corrió directo al sofá y comenzó a brincar como si el suelo fuera lava. —Volveré en un par de horas para la cena. —¿No te vas a ir? Pensé que contrataban niñeras cuando nadie puede cuidar a los niños. —Digamos que Nico no es un niño cualquiera. Y mi paciencia es bastante limitada. Justo entonces, Nico sacó un billete de cien dólares de la billetera de Leo y empezó a masticarlo como si fuera chicle. —Ajá... —dije, entendiendo perfectamente. Leo se fue sin decir más. Me senté junto a Nico, quien me miró con esos ojos enormes y dijo: —Eres la más bonita del mundo. Y no pude evitar reírme. El niño era un encanto. * LEO —Tienes una sonrisa bonita —escuché que dijo ese enano ridículo. Bonita se queda corta. Lina no es solo bonita. Es... otra cosa. Deslumbra. Y encima va y se ríe del comentario de Nico. Curioso. A lo mejor debería aprender de él. O no. Un par de horas después Salí de la oficina para despejarme un rato. Lina estaba en el suelo con Mia, ambas entretenidas con lápices de colores. Nico, como siempre, haciéndose el artista sin mover un dedo, pero con los ojos puestos en Lina como si fuera un trofeo. Me hervía la sangre. —Voy a preparar algo de cenar —dije, dejando claro que lo decía más por Lina que por cualquiera de los otros dos. Lo miré a él. Le lancé una de esas miradas que deberían venir con manual de instrucciones: "Deja de babear, imbécil." Pero el idiota no lo captó. Siguió jugando con su pelo. Fui a la cocina y serví los platos. A Lina y a Mia les puse un poco más. No es que me importe ser justo. Es que... quería quedar bien. No sé por qué, pero quería. Cuando volví, Nico ya estaba en la mesa. Las chicas seguían en la sala. —Venga, a cenar —llamé. Lina me miró como si no lo podía creer. —¿También hay para nosotras? —preguntó sorprendida, como si nunca nadie la hubiera tenido en cuenta. —Claro. No iba a dejarlas con hambre —respondí, tratando de sonar natural, aunque por dentro estaba más nervioso que en una entrevista de trabajo. Ella me regaló una sonrisa chiquita. Tuve que apartar la vista porque sentí el calor en la cara. Me dieron ganas de saltar. Literal. Como si hubiera ganado algo. Lina no sonríe mucho. Así que cuando lo hace por mi culpa... se siente j0didamente bien. —¡Comidaaa! —gritó Mia, como si no hubiera probado un plato caliente en días. Me dejó pensativo. Ya sentados, pasó algo que no vi venir. Lina dio un pequeño gemido al probar la comida. —Está riquísimo —dijo con la voz baja. Y yo... bueno. Tuve una reacción física que no viene al caso. ¿Qué rayos me está pasando? * Cuando terminaron y se preparaban para irse, mi humor se fue al suelo. No lo entendía, pero no quería que se fueran. —Gracias por la cena, señor Leo —dijo Mia con una dulzura que contrastaba brutalmente con el idiota de Nico. ¿Por qué no podía aprender un poco de ella? —De nada, Mia —le respondí, sonriendo sin poder evitarlo al ver cómo se escondía tímidamente en el cuello de Lina. Y luego ella. Lina. Me acerqué como si no llevara ensayando las palabras desde hacía una hora. —Gracias por todo, Leo —me dijo. —Yo debería darte las gracias a ti. No sé cómo habría sobrevivido a Nico sin tu ayuda —le contesté, y soltó una risa suave. —No es tan malo. Tal vez solo no te aguanta —bromeó. Eso lo sabía de sobra. Nico me odia. Pero no me importa. —Eh... estaba pensando... —comencé, y maldita sea, tartamudeé. —¿Podrías... dejarme tu número? —dije al fin, reteniendo el aire. Ella se acomodó un rizo detrás de la oreja, gesto que me mató un poco. —¿Solo por si necesitas una niñera otra vez? —preguntó con una sonrisita ladina. —Exacto —mentí sin mucha habilidad. —Vale —respondió, y empezó a escribir su número en mi móvil, como si supiera perfectamente que esa no era toda la verdad. —¿Quieres que te lleve a casa? —le ofrecí, esperando con ganas que dijera que sí. Pero algo cambió en su expresión. Sus ojos se abrieron, y la sonrisa se apagó de golpe. Y entonces supe que algo andaba mal.
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