LIVIA Llevo rato dando vueltas por mi cuarto desde que caí en cuenta de que Lorenzo ya debe estar por llegar. Vale... ¿por qué ando tan nerviosa? ¡Si yo no he hecho nada malo! Estar encerrada no me va a servir de nada, así que mejor me bajé al invernadero para distraerme un rato. Me quité las botas y me puse unas pantuflas azul clarito, bien suavecitas. Justo cuando abro la puerta para salir. Me topo con él. ¡No puede ser! Lorenzo tenía la mano levantada, como si estuviera a punto de tocar la puerta. Se me detuvo el corazón. —¡L-Lorenzo! —le dije, toda torpe. —¿Cuánto llevas ahí? —le pregunté sintiendo cómo se me subían los colores a la cara. Él solo sonríe. —No mucho. ¿Puedo pasar? Frunzo el ceño. —Pues... iba al invernadero a esperarte, pero supongo que mi cuarto está más calent

