LIVIA Unos ojos azules me clavan la mirada. Sonríe con esos hoyuelos que le dan un aire de niño travieso, y yo no puedo evitar devolverle la sonrisa... aunque por dentro me sienta una fea. Otra vez mi autoestima al piso. Seguro pienso como loca frente a este guapazo. Sacudo la cabeza y le contesto: —No, traigo la cabeza hecha un lío como para leer ahora. Vine a despejarme, pero el silencio solo me mete más preguntas en la cabeza. ¿Y por qué carajos le estoy contando todo esto a este rubio? El tipo se para, camina hacia mí y es ahí cuando noto lo alto que está, el pelo largo y rubio cayéndole libre, todo vestido de negro... igualito que yo. —¿Puedo sentarme contigo? —me pregunta, y yo le señalo la silla de enfrente. —Claro, vale —le digo, y sí, la verdad, agradezco la compañía. Se a

