LIVIA Lorenzo me fue empujando despacito hacia atrás. —Te dije que no me pongas los ojos en blanco. Seguro tus padres nunca te metieron un castigo cuando eras pequeña, por eso eres así de malcriada. —¡No soy una malcriada! —le ladré, justo cuando sentí la cama de él tocándome las piernas. Estaba tan encima de mi que podía sentir cómo me quemaba la piel del calor que emanaba. El tipo se rió, sacudió la cabeza y después me clavó esa mirada de dios griego caliente que tiene. —Con solo decir eso, te acabas de ganar un castigo. Antes de que pudiera reaccionar, me jaló y me tiró sobre la cama. Caí con un gritito que se me escapó sin querer. Se me vino encima con las manos apoyadas a cada lado de mi cabeza, con esa mirada de cabrón divertido. Le empujé el pecho. —¡Quítate de encima, Lorenz

