LIVIA
Había tanto silencio que se podía escuchar cómo volaba una maldita mosca.
Un hijo fuera del matrimonio. Y encima, con el tío del prometido. Bienvenidos al verdadero circo de la nobleza.
Lorenzo se quedó más blanco que un papel. Mis padres, tiesos como estatuas. Y los Bellandi... ni enterados del chisme. Se les notaba en la cara.
Gabriella fue directo al grano:
—¿Estás embarazada? ¡Un hijo sin casarte! Qué asco, qué vergüenza. Sabía que había algo en ti que no me cuadraba—. Gritó.
Y Lesbia... ¡ah, mi dulce hermana! Se tiró para atrás y se echó la carcajada más cínica que le he escuchado en la vida.
—Gabriella, tranquila. No va a haber escándalo. Riccardo y yo nos casamos antes de que nazca el bebé. Así por fin te me quitas de encima—, dijo, así con ese veneno en la lengua que nunca le había oído soltar.
Yo sentía cómo la vergüenza le salía a mis padres por los poros. Lesbia siempre fue la favorita, la que iba a hacer la alianza poderosa, la que no se salía del libreto. Y ahora... ¿así?
Gabriella se puso como tomate:
—¡Tú...!—. Ni pudo terminar la frase del coraje.
Y entonces Lorenzo, con esa cara de que se le rompió el mundo en mil pedazos, miró a su mamá:
—¿Tu sabías, mamá?
Yo lo miré fijo. Me dio pena, de verdad. Se estaba aguantando como un varón, pero los ojos lo traicionaban. Lesbia ni se inmutó.
—Me enteré ayer de que andaban juntos—, dijo Gabriella, —Lo del embarazo es recién salido del horno.
Lorenzo bufó, como queriendo reírse del dolor:
—¿Y cuánto pensabas seguir con esta farsa?—, le dijo a Lesbia. —Y tu, Riccardo... ¿acostándote con la novia de tu sobrino? ¿Qué es esto? ¿Qué pretendían sacar con esto?
Y aunque estaba reventando por dentro, el tipo no perdía la compostura. ¿Cómo hacía?
Vi a mis padres... pura furia. Años preparando a Lesbia para un matrimonio que subiera el apellido, y ahora esto. Un escándalo de los que hacen historia. Mi mamá debía estar deseando que la tierra la tragara.
Y entonces Riccardo, que había estado callado, se armó de valor y explicó:
—Le rogué a Lesbia que contara la verdad y cancelara el compromiso—, dijo, tomándole la mano. —Nos enamoramos en primavera, cuando te ayudé con el baile. Lamento el daño, Lorenzo, pero la verdad tenía que salir. Por eso fui con mi hermano y con Gabriella. Era eso o hundir el apellido con un escándalo peor.
Y yo, haciendo las cuentas: primavera fue en abril del año pasado. Ya estábamos en septiembre, con boda planeada para otoño. ¿Mi hermana estuvo un año entero jugando a dos bandos? ¿Y le dijo que sí a Lorenzo en junio?
Lorenzo se dio la vuelta, directo para la puerta, pero mi papá lo frenó. Se levantó, con cara de derrota:
—Gabriella, Domenico... no hay palabras. Lo que Lesbia hizo deshonra a nuestras familias. Pero para que esto no se salga más de control, ella tiene que casarse con Riccardo.
Y ahí fue que todos supimos: ya estaba todo decidido. Hasta yo, que siempre he renegado de las reglas de esta gente, sabía que no había salida.
Domenico asintió:
—Claro que se va a casar. Pero, ¿y lo de Lorenzo? ¿Qué va a pasar ahora con su matrimonio arreglado? El apellido va a quedar embarrado—. Miró directo a Riccardo y a Lesbia, como si fueran cucarachas.
Y Lorenzo, con ese sarcasmo que quema:
—Yo no me caso, papá.
Gabriella lo cortó:
—Tienes que hacerlo. Si esto se hace público, seremos los apestados de la sociedad—. Y entonces... me miró. A mí.
Y dijo esa frase.
—A menos que...
¿A menos qué? ¿Qué más puede salir mal?
Me sonrió, de esa forma que parece tierna, pero es una trampa. Se levantó y vino hacia mí. Me tomó del brazo, y sin pedirme permiso, me sacó de la silla.
—A menos que tengamos un reemplazo.
Me tardé unos segundos en entender el infierno que acababa de desatar con esas palabras.
¿Reemplazo? ¿UNA NOVIA SUSTITUTA? ¿YO?
—¿Qué? ¿Un reemplazo?—, dije con la voz hecha trizas, mirando a todos, buscando alguna señal de que esto era una broma.
Lorenzo me miró. Y luego apartó la vista.
Mis padres no dijeron nada. Solo se miraron entre ellos.
La decisión ya estaba tomada.
Domenico me clavó la mirada. Pude ver cómo su mente hacía las cuentas.
Lesbia y Riccardo parecían congelados.
Gabriella, en cambio, casi saltaba de la emoción. Esa mujer ya estaba celebrando.
—Sí, sí, esto es ideal —dice con ese tonito de triunfo—. Les decimos a los medios que Lorenzo y Livia siempre estuvieron juntos, que la gente se confundió porque las gemelas se parecen. Si todos mantenemos el cuento, no hay forma de que esto se nos venga abajo.
Y ahí va Domenico, con esa sonrisa de zorro viejo, poniéndose de pie y acercándose a su hijo como si todo estuviera cerrado:
—Hay que hacerlo, Lorenzo. Es lo que toca.
Lorenzo soltó un “perfecto” cargado de rabia, dio media vuelta y salió dando un portazo. Minutos después, se oyó cómo azotaba también la puerta principal.
Y ahí lo entendí. Me estaban ofreciendo en bandeja como moneda de cambio, así nomás. Para calmar a la nobleza, a las familias, al estúpido qué dirán.
—Eh, perdón... ¿a nadie se le ha ocurrido preguntarme qué carajos quiero yo? —dije, al fin encontrando la voz.
Todos giraron la cabeza hacia mí. El silencio se apoderó de la sala. Mi mamá me miró como si le hubiera escupido en la cara, y se acercó caminando lento, con esa mirada de hielo que usaba cuando iba a dictar sentencia.
—Mi amor, esto es lo que hay. Tu hermana cometió un error bien feo y nos toca a nosotros limpiar el desastre. Somos Moretti, Livia. Y como Moretti, arreglamos las cosas.
Hablaba como si me estuviera explicando cómo tender la cama. Como si obligarme a casarme fuera una tarea más de la casa.
—No tienes opción. Este matrimonio se va a hacer. Quieras o no—, dijo sin que le temblara la voz.
Y yo... bueno, ¿qué otra cosa podía esperar de ella?
Sentí que se me venía el mundo encima. Tragándome la rabia y las ganas de gritar, bajé la cabeza. El labio me temblaba, como si fuera una niña a punto de llorar. Busqué los ojos de Lesbia. Y por primera vez en mucho tiempo, vi algo de arrepentimiento ahí.
Pero no alcanzaba.
—No puedo. De verdad que no puedo. Lo siento—, dije bajito, pero claro.
Y sin esperar respuesta, salí disparada de la sala. Dejé a todos atrás con cara de enojados, como si no supieran qué hacer conmigo.
Subí las escaleras corriendo, con el corazón pateándome el pecho. Escuché que alguien me llamaba desde abajo, pero ni loca iba a mirar atrás.
¡Esto no podía estar pasando!
¡Yo tenía vida nueva! ¡Universidad! ¡A Matteo!
Todo planeado para huir de este mundo de reglas podridas y caras sonrientes llenas de veneno.
No podían obligarme a esto. ¡Y menos con Lorenzo!
Lo detestaba. Ese tipo era un ego con patas. Y ahora me lo querían meter por esposo.
Entré a mi cuarto, cerré la puerta con fuerza y me tiré sobre la cama. Las lágrimas me salieron sin pedir permiso.
¿Cómo iba a decirle a Matteo que todo se había ido al carajo? ¿Que ya no podía estar con él porque me estaban vendiendo a un CEO narcisista, solo para tapar el embarazo de mi hermana?