LIVIA
Tocaron la puerta y me pegaron un susto horrible. Sabía que no podía quedarme encerrada en el cuarto para siempre.
—¿Livia? —escuché la voz de mi papá. Fruncí el ceño sin pensarlo. ¿Mi papá? Ese casi nunca se asomaba por acá. Pensé que sería mi mamá o Lesbia, no él. No el jefe de la casa.
—Pasa, papá —le dije mientras me enderezaba toda seria. Él abrió y asomó la cabeza.
—¿Puedo entrar?
Asentí con la cabeza y agarré un pañuelito de la mesa de noche para secarme los ojos. ¿De verdad esperaba que le dijera que no?
Se sentó en mi cama y me agarró la mano con las suyas.
—Livia, no quiero que sigas adelante con este matrimonio —dijo directo como si nada, y me dejó toda confundida. ¿No acababa él mismo de estar con todos abajo dándome en bandeja?
—¿Qué estás diciendo, papá? Si hace un rato estabas ahí abajo con todos diciéndome que tenía que aceptar casarme con Lorenzo —le dije, clavándole la mirada.
Suspiró de forma pesada.
—Sí, pero eso no quiere decir que esté contento con todo esto. Lesbia nos dejó en vergüenza con lo que hizo, así que nos toca arreglarlo. Le debemos a los Bellandi al menos esto. Es la única forma de enmendar el desastre —soltó.
Ah, claro. Mejor usarme de cambio. Casarme como sacrificio para tapar lo que hizo Lesbia. Así de poco valgo en esta familia.
Lo miré con una sonrisa falsa, cargada de rabia y tristeza.
—Hoy me llegó la carta de Stanford —le dije bajito, tragando veneno. —Quería estudiar Derecho. Me aceptaron sin que el apellido Moretti metiera mano. Me sentí tan orgullosa esta mañana. Y ahora… ahora me van a quitar hasta eso. Me van a arrancar mi libertad. Y a Matteo.
Carajo, Matteo. ¿Qué carajo le iba a decir? Él iba a ser mi prometido cuando volviera. Y ahora… ahora tenía que casarme con el tipo que, en nuestra primera charla, me dijo que estaba gorda.
Mi papá me dio una palmadita de consuelo.
—Me temo que eso ahora no va a ser posible, hija. Pero quizá podamos negociar un plazo… ¿unos seis años, tal vez?
¿Seis años? Fruncí el ceño.
—¿Cómo que seis años? ¿Qué estás diciendo, papá?
Él me sonrió como si me estuviera ofreciendo una salvación.
—Cásate con Lorenzo Bellandi. Aguanta seis años de matrimonio y después tendrás mi bendición para ir a estudiar afuera.
Abrí los ojos como platos. ¿Era eso la esperanza que necesitaba?
—¿Hablas en serio, papá? —le dije, casi con hambre. Sabía que era un chantaje disfrazado de trato, pero rayos, era mi sueño, mi libertad, tan cerca que podía sentirla.
Mi papá me sonrió como si ya hubiera ganado.
—Sí, mi amor. Te lo prometo. Después de seis años, podrás largarte a estudiar lo que quieras, donde quieras. Serás libre para hacerte un nombre.
Mi cabeza ya estaba haciendo las cuentas. Pero mi corazón… mi corazón estaba hecho mierda. Amaba a Matteo. Era mi vida, mi mejor amigo, mi futuro. Si hacía esto, estaba eligiendo mi carrera en vez de él.
Pero Lorenzo… Lorenzo era lo último que quería en mi vida. Aun así, si eso era lo que se necesitaba para tener mi libertad, lo haría.
Miré a mi papá y asentí despacio:
—Está bien. Lo haré. Me casaré con Lorenzo Bellandi si después de seis años puedo estudiar fuera.
Él se relajó, como si le hubieran quitado un peso de encima. Se levantó y fue hacia la puerta.
—Iré a avisarles a todos abajo. Bájate a tomar una copa cuando estés lista —dijo antes de irse.
Me quedé viendo mis manos, apoyadas en mi regazo.
¿De verdad acababa de decir que sí?
¿De verdad me voy a casar con el cabrón que más detesto?
Estaba en lo mío, perdida en mis pensamientos, cuando el sonido me sacude. Veo la pantalla del cel y se me paraliza el pecho.
Es Matteo.
Trago grueso. Respiro hondo. ¿Para qué esquivarlo? Nunca he sido de andar con vueltas en nuestra relación.
—¿Hola, mi amor?
—Hola, mi reina. Perdón por no haberte devuelto la llamada antes. Mi padre me tuvo agarrado en una reunión eterna.
Ah, con razón no contestaba…
—No pasa nada. Solo quería contarte que hoy me llegó la carta de aceptación de Stanford.
La carta… Esa maldita carta que tanto esperé, que hace nada sentí como mi pase directo a la libertad. Hoy, la miro y me parece una broma.
—¡Mi amor, qué notición! ¿Quieres que te pase a buscar y lo festejamos?
Tan tierno, Matteo. Y yo, con los ojos llenos de lágrimas otra vez. Respiro hondo, intento calmarme. Pero él se da cuenta, porque cambia el tono enseguida.
—¿Estás bien, bebé?
¿Estoy bien? Nah, ni cerca. Se me viene abajo todo.
—Matteo... pasó algo. Y no creo que podamos seguir juntos. Tampoco me voy a ir a Stanford. Lo siento con el alma, mi amor, pero... es lo mejor.
Y sin darle tiempo a responder, corto.
Tomo otro pañuelo de la mesa de noche, me seco la cara y me sueno la nariz fuerte. Después, me miro al espejo y me obligo a recomponerme.
Tengo que aprender a mantenerme impecable en público, porque desde hoy, yo, Livia Moretti, soy la señora de esta familia.
*
Me enderezo, saco pecho y bajo las escaleras lista para comer lo que quede de esta cena de mierda. Los Bellandi están todos ahí, menos Lorenzo. También mis padres. Parece que Lesbia y Riccardo ya se fueron.
Gabriella me ve entrar y salta de la silla.
—¡Querida! —dice con esa euforia suya, abrazándome. —Siempre quise que fueras tu la que se casara con Lorenzo. Sin ofender, Contessa. Pero Livia siempre tuvo ese fuego que me gusta. Nunca se hizo la fina ni la correcta.
Mira nada mas. Toda la vida pensando que Gabriella era una víbora... y creo que estaba equivocada.
Le sonrío. ¿Qué importa ya?
¿Esto está pasando de verdad?
—Gracias, Gabriella. Parece que pronto vamos a ser algo más que familia —le digo, y me vuelve a abrazar.
Está más feliz que todos con este cambio.
Me doy vuelta, levanto la cabeza y le digo bien claro, para que escuchen todos:
—Me voy a casar con Lorenzo. Así arreglamos este desastre y evitamos que se arme un escándalo.
Mi papá me mira con orgullo y hasta me tira un guiño.
El resto de la noche se va como un suspiro. Ni me doy cuenta y ya estoy en la ducha, lista para meterme en la cama sabiendo que lo que me viene encima será una porquería y todo por cumplir los caprichos de otros sacrificando mis sueños… o mejor dicho, pausándolos.