Seis años de matrimonio

1275 Words
LIVIA Domingo… debería estar tirada viendo series o comiendo algo rico. Pero no. Estoy rodeada de encaje, seda y dos mujeres con más entusiasmo que yo: mi madre y Gabriella. Me secuestraron para buscar vestido de novia. —¿Y por qué no puedo usar el de Lesbia?— dije, sin pensarlo mucho. Me miraron de forma sorprendidas. Bueno, pues está bien… no era para tanto. Así que ahí estaba yo, sirviendo de muñeca, girando, probándome vestido tras vestido, y sonriendo como si no me estuviera pudriendo por dentro. Después de como diez vestidos, ya no me daba la piel. —Déjenme buscar el mío, ¿sí? Denme cinco minutos— dije con hartazgo, más que nada para recuperar algo de dignidad. Si ya me iban a casar con alguien que ni elegí, mínimo quería elegir el vestido. Me fui a la parte de atrás de la tienda y suspiré. No era así como me había imaginado el momento de elegir el vestido con el que iba a casarme. Pensé que iba a estar feliz, emocionada. Pero no. Acá estoy, sin ganas y con la panza revuelta. Recorrí todo el lugar con la mirada. Pura pomposidad innecesaria. Justo cuando estaba por rendirme, lo vi. Ese vestido era otra cosa: corte A, cintura tipo princesa, escote delicado y unas mangas de encaje que eran una locura. La espalda tenía una abertura en forma de diamante, delicada, sexy. La cola era justa, sin exagerar. Me lo puse. Me quedaba como hecho para mí. Me miré al espejo y no podía creerlo: me veía hermosa. Se me llenaron los ojos de lágrimas. Busqué mi bolso para secarme. —Ese te queda mejor. La voz me paralizó. Esa voz no la esperaba, y menos acá. En un probador de novias. Levanté la mirada y lo vi reflejado en el espejo. Ojos color miel, esa cara de fastidio eterno. Lorenzo. Apoyado en la puerta del probador, con jeans negros, remera básica y zapatillas. —Gracias— solté, intentando no temblar, y me paré derecha. Él entró como si nada, se paró atrás de mi. Nos miramos por el espejo y, de golpe, me puse nerviosa. Estar sola con él me alteraba. Y como si lo notara, se rió. —Te hace ver menos gordita. Qué hijo de p... Mi día ya era un asco. Sentí los ojos otra vez llenos de lágrimas. No iba a llorar frente a él, así que tragué todo y le tiré una sonrisa de mierda. —¿Siempre eres así de idiota con la gente que no te hizo nada? Creo que no se lo esperaba. Me miró raro. Claro, él estaba acostumbrado a tratar con mi hermana, que es más callada, más modosita. Yo no. Me di vuelta para irme, sin esperar respuesta, pero me agarró de la muñeca. Giré la cabeza, helada. —Yo quiero esto menos que tu, créeme— dijo. —Señor Bellandi, me están usando de ofrenda para tenerlo contento. Así que aguántese y váyase acostumbrando a mí. Porque estoy tan harta como usted—. Lo escupí entre dientes, con enojo contenido. Lorenzo se quedó blanco. Le solté la muñeca de un tirón y me fui como si nada, directo hacia donde me esperaban mi madre y Gabriella. Cuando salí, las dos me recibieron. Aplausos, emoción, lágrimas. El resto del día pasó entre arreglos, más pruebas y mil tonterias. Para cuando llegamos a la finca, me quedé dormida en el Mercedes. No daba más. Mi mamá me despertó con un toquecito suave. Bajé del auto sintiéndome una reina derrotada. Mientras subía las escaleras hacia la mansión, lo vi. Una figura conocida. Y frené en seco. Ahí estaba él. Matteo, con ese pelo rubio que siempre me daban ganas de enredar entre los dedos y esos ojos esmeraldas que me dejaban sin aire. Me miró, y el dolor en su cara fue como una patada directa al pecho. Aun así, me regaló una sonrisa chiquita. —Hola, amor —me dijo, y sentí cómo se me rompía el alma en mil pedazos. Mi mamá, al lado mío, no se aguantó la venenosa y me susurró: —Despídete y déjalo así —. Después, como si nada, se le acercó a Matteo y lo saludó con una sonrisa falsa mientras subía las escaleras. Caminé hasta él y señalé hacia los jardines del fondo. —Vamos a dar una vuelta —le dije. Me agarró la mano sin dudar. No lo frené, porque en ese momento necesitaba sentirlo cerca. Aunque sea por última vez. Me llevó la mano a los labios y me besó el dorso, como solía hacerlo cuando quería hacerme olvidar el mundo. —¿Qué pasa con eso de que te vas? ¿Qué es todo esto? —me dijo, queriendo hacerme reír, como siempre. Estábamos llegando a los arbustos cuando de la nada me giró y me besó. Ese beso... me temblaron las rodillas. Me dejó sin aire y, cuando se alejó, me habló bajito: —¿De verdad quieres dejarme, amor? —con esa voz cargada de deseo que siempre me podía. Me abrazó más fuerte y me besó el pelo. Apoyé la cabeza en su pecho y aspiré su perfume. Me trajo tantos recuerdos que me desestabilizó. Pero el presente volvió de golpe, como cachetada. Me solté, negué con la cabeza y me alejé un paso. —Matteo, hay algo que tengo que decirte —empecé, abrazándome a mí misma. Él vino por detrás y me rodeó otra vez con los brazos, pero me zafé. Di un par de pasos más. —Pasó algo hace dos noches, amor... Algo que va a separarnos para siempre. Matteo frunció el ceño, avanzó hacia mí. —¿De qué estás hablando, Livia? Lo miré directo a los ojos. No podía seguir escondiéndolo. —Descubrimos que Lesbia estuvo engañando a Lorenzo con su tío, Riccardo. Y ahora está esperando un bebé de él. Ese error no solo afecta a los Bellandi, sino también a toda nuestra familia. Me obligaron a reemplazarla para evitar un escándalo. Vi cómo Matteo procesaba todo. Le costó. Pero cuando cayó en razón, abrió los ojos como si hubiera visto un fantasma. —¿Qué...? —balbuceó. No pude sostenerle la mirada. Bajé la vista. Me temblaban los labios. —Tengo que casarme con Lorenzo Bellandi en lugar de mi hermana —dije, y las lágrimas que venía conteniendo empezaron a caer solas, como cascada. Matteo se acercó, me acarició la cara con ambas manos. Me miró con esa tristeza tan suya. Me dio un beso en la frente. —Entiendo el deber, amor. Lo entiendo más de lo que piensas —me dijo, y de verdad que en ese momento supe que hablaba en serio. Me limpió las lágrimas con ternura, me besó las mejillas. —Voy a esperarte. No importa cuánto tarde. Lo miré, llorando, y me di cuenta de algo que me partió más todavía: lo amo más de lo que jamás pensé que se podía amar a alguien. —Mi papá me dijo que tengo que estar casada mínimo seis años. Después de eso, me va a dejar estudiar en Stanford. Matteo pareció sorprendido. Pero entonces sonrió. Esa sonrisa que me hacía sentir que todo podía arreglarse. —Entonces seis años serán. Te amo, Livia. —Yo también te amo, Matteo. Después de eso, se inclinó y me besó. Un beso que me partió en dos. Nuestro último beso. El adiós que me dejó un agujero en el pecho que no sé si algún día va a cerrar hasta que escuchamos algo: —Es mejor que eduques esas manos con mi prometida.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD