CEO arrogante

1263 Words
LIVIA Me volteé en seco cuando escuché esa voz detrás de mí, y lo miré, los ojos de Lorenzo se clavaron en los míos como dagas. Tenía esa mirada de furia contenida, los ojos brillando de rabia al ver la escena: Matteo acariciándome la cara, y yo, bien abrazada a su cintura. Sentí cómo Matteo se tensaba. Me soltó, dio un paso y le escupió las palabras a Lorenzo como si nada: —Solo nos estábamos despidiendo. No hay por qué ponerse tan imbécil, Lorenzo. ¿Pero este tipo por qué se pone así? Doy un paso al frente, me planto frente a él y le sostengo la mirada. —Matteo era mi prometido antes de que me obligaran a casarme contigo. Solo me estoy despidiendo, no estés de estúpido. Y él, con ese desdén que le brota por los poros, me dice que eso es irrelevante, como si mi vida no valiera ni un peso. —No pienso casarme con otra Lesbia. Vamos ya. Tenemos que hablar de lo nuestro. No me gusta que me hagan esperar, Livia. Y se voltea como si yo fuera un perro que tiene que seguirlo sin chistar. Lo veo caminar con ese paso pesado y arrogante, y me hierve la sangre. ¿Quién carajos se cree? Estoy por irme detrás de él cuando unas manos firmes me detienen. Me giro y ahí está Matteo. No aguanto, lo abrazo de nuevo, con todo, como si fuera la última vez porque sé que lo es. —¡Perdóname, Matteo!— le grito, mientras me acaricia el pelo como si aún pudiera protegerme. —Shhh, tranquila, mi amor. Todo va a estar bien. Eres fuerte, sé que vas a aguantar todo esto. Yo te espero, lo prometo— me dice, como todo un caballero de los que ya no hay. Lo suelto con el alma hecha trizas. —No puedo pedirte que me esperes... —le digo bajito, negando con la cabeza. —Entonces hagamos esto: si en seis años todavía sientes algo por mí, búscame. Yo a ti te voy a querer siempre. No creo que eso cambie. —¡Livia! Ay, mierda. Se me olvidó por un segundo que el CEO arrogante aún me está esperando. Matteo me mira, como aceptando el final. —Ve, ya te está esperando. Te amo, Livia —me dice, y me planta un beso en la frente que me quiebra. Lo veo alejarse y siento que el alma se me va con él. ¿Cómo puede decir que me va a esperar cuando sabe que le estoy partiendo el corazón? El sol se está poniendo, tiñendo los jardines de ese color cálido que solíamos compartir. Siempre tomábamos el té a esta hora. Ese momento era solo nuestro. Y ahora me espera una vida al lado de un tipo que me ve como poca cosa. Me doy la vuelta y camino hacia la mansión. Apenas cruzo los arbustos, alguien me empuja y me estrella contra la pared. —¡¿Qué carajos…?! Es Lorenzo. Pone las manos a los lados de mi cabeza, encerrándome como si me pudiera meter en una jaula. Su cara está tan cerca que si se acerca un poco más, me besa. Huelo su perfume caro. Me encorvo, tragándome el miedo. —¿Qué haces, Lorenzo? —le digo, la voz me tiembla. Lo miro y sus ojos están llenos de una mezcla rara: tristeza y rabia. Inclina la cabeza, cierra los ojos. Cuando los abre otra vez, su cara está de piedra. Pero la furia sigue ahí, vibrando. —Livia, tú sabes lo que hizo tu hermana. No me hagas arrepentirme de esto. Lo miro, confundida. —Pensé que ya te habías arrepentido —le respondo con el ceño fruncido. Se ríe, pero es esa risa que duele. Me levanta la barbilla con los dedos. —Obvio que sí. Cambiar a una belleza por una copia gordita no es precisamente lo que soñé. Me quemó. Me prendí en llamas. Lo empujé con toda la rabia del mundo. Él se ríe, como si le causara gracia. Qué basura. —¡¿Cómo te atreves, Lorenzo?! Sé que mi hermana te dejó mal, pero eso no te da derecho a estarme insultando cada vez que respiras. Yo no te he hecho nada. Siempre te he tratado bien. Las lágrimas me corren por la cara ¿Qué hice para merecer a este tipo? Me le acerqué directo, con la rabia explotándome en los ojos. —¿Qué carajos te hice yo, eh? ¿Por qué sientes la necesidad de molestarme todo el tiempo? ¿Es porque tengo la misma cara de mi hermana y así sientes que la estás castigando a ella? —le grité sin pensar. Y cuando dije eso último, Lorenzo se quedó helado. Me di la vuelta con un giro seco y empecé a caminar hacia la mansión con paso firme, sin mirar atrás, aunque sí lo alcancé a ver de reojo. Estoy segura que no está acostumbrado a que lo manden a la mierda. Bien. Que se vaya acostumbrando. Subí las escaleras muy rápido, entré a mi cuarto y cerré la puerta de un portazo. Tenía los ojos llenos de lágrimas, pero no eran de tristeza, eran de pura furia. Cada vez que trato de entenderlo, de darle un mísero beneficio de la duda, va y comete una estupidez. Cuando medio empiezo a resignarme a esta farsa, él mismo se encarga de recordarme por qué lo odio. No sé qué le vio mi hermana a este idiota con traje caro, pero yo, honestamente, ni en mis pesadillas. Hundí la cara en la almohada, deseando regresar a esos días donde Lorenzo Bellandi no era parte de mi vida. Muchas estarían encantadas con tenerlo de prometido, pero yo no. Yo lo detesto con cada fibra de mi ser. Tocaron la puerta. —¿Livia, puedo pasar? —era mi mamá. Qué raro. Nunca pide permiso para nada. Medio ahogué un "sí" y me limpié las lágrimas con un pañuelo que estaba en la mesa de noche. Entró sonriendo, se sentó a mi lado en la cama como si nada. —Livia, sé que tú y Lorenzo no se llevan bien, pero quiero contarte algo de cuando me casé con tu papá —y ahí me atrapó. Su tono cambió. Ya no sonaba a esa señora perfecta de sociedad, sino a mujer que ha vivido. —Mira, tu papá y yo nos llevábamos como perros y gatos antes de casarnos. Eran pura discusiones, gritos, todo por las apariencias. Pero con el tiempo... nos fuimos entendiendo, y hasta nos enamoramos. Hoy si que soy feliz. Un matrimonio arreglado no es una sentencia de muerte. Aprovecha este tiempo, aprende, viaja, haz contactos. En seis años vas a estar lista para lo que tu quieras, para tu vida. Por fin decía algo que tenía sentido. Sonreí y la abracé fuerte. Me sentía segura por un momento. Cuando me soltó, tenía una mirada rara. —Gracias, mamá. Te prometo que voy a hacer lo mejor que pueda con esto. Hay que sacarle jugo a lo que toca —le dije con sinceridad, y eso la hizo sonreír mientras se levantaba. —Gracias, Livia. Lorenzo me pidió que te avise que te está esperando abajo. ¿Otra vez con esto? La miré y le di una sonrisa tranquila. —Ya bajo —le dije. Y en cuanto salió, solté un suspiro largo. Me acerqué al tocador para arreglarme un poco. Pero entonces caí en la realidad de las cosas. ¿Lorenzo seguía abajo... esperándome?
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