El beso con hambre

1696 Words
LIVIA Me eché una última mirada en el espejo, me retoqué el maquillaje y bajé las escaleras con paso firme. Esta era mi oportunidad, ni loca la iba a desperdiciar. Las palabras de mi mamá todavía me retumbaban en la cabeza: ¿y si yo podía ser para Lorenzo lo que ella fue para mi papá? Lo vi de espaldas, y en cuanto escuchó mis tacones, se dio vuelta. Y qué te digo… el tipo estaba del carajo. Esa barba de tres días, bien prolijita. Alto, ancho, con ese cuerpo que parecía sacado de una película. Como si Chris Evans se hubiera metido en su cuerpo. Me clavó la mirada y vi que algo raro se le cruzó por la cara. Yo me mantuve con cara seria ¿Qué, iba a venir otra vez con sus jueguitos de hacerse el malo o a lanzarme alguna tontería? Me planté frente a él. —Lorenzo —dije firme. Él me extendió la mano, la palma hacia arriba, formal. —Acompáñame, Livia. Creo que tenemos que hablar de algunas cosas, pero esta vez como la gente —dijo. Fruncí el ceño, pero le tomé la mano igual. Le entrelacé los dedos como si no me importara, aunque por dentro tenía muchas preguntas. Caminamos por el jardín de atrás. Lorenzo miraba todo el jardín recortado como si de verdad lo disfrutara. Y de pronto se paró frente a un banco. —Primero que nada, Livia, quiero pedirte perdón por todas las veces que te insulté. Me porté como un idiota o un grosero. Ahora lo veo. Ojalá podamos darle vuelta la página y encarar este matrimonio arreglado con madurez. Lo quedé mirando, en shock. ¿Estaba pidiendo disculpas de verdad? ¿Y hablaba en serio? ¿Qué pasa? ¿Lloverá fuego? Asentí despacito. —Claro. Mejor sacarle el jugo a esta unión, ¿no? Acepto tus disculpas. Lorenzo sonrió, aunque evitó mirarme a los ojos. —Genial. Tu papá me contó lo de la promesa que te hizo de seis años, que querías estudiar en Stanford. Estoy de acuerdo. Tener un título además del apellido es clave. Se me heló el cuerpo. ¿Mi papá le dijo lo de los seis años? ¿Y él aceptó? —Me sorprende que lo haya mencionado, la verdad… Sí, quiero estudiar Derecho. Ya me aceptaron, pero mi papá está pidiendo que me espere seis años —le solté. Y él, como si le hubieran prendido una lucecita en la cabeza, se le iluminó la cara. —¿Sabes, Livia? Creo que te juzgué mal antes —dijo, y siguió caminando. Yo fruncí el ceño. No sabía si me estaba tirando un palo o un cumplido. —¿Y qué era eso tan importante que querías hablar? —le pregunté, recordando que había dicho que necesitábamos hablar. Se dio vuelta. —Nuestro matrimonio va a ser público, así que vamos a tener que fingir que somos la pareja feliz cuando estemos fuera de la casa. Obvio. Ya mi mamá me lo había dicho también. —Pero dentro de esta casa es otra historia. No hace falta que durmamos juntos ni que estemos pegoteados, salvo que vengan nuestros padres a visitarnos. ¡Gracias al cielo! Nadie esperaba que me lo tuviera que coger. Por fin algo bueno. Asentí como si nada: —Me parece perfecto. Gracias por aclararlo. La verdad, me estaba haciendo la cabeza. Fingir una relación puede ser problematico porque no me gusta mentir, pero voy a hacer el intento. Él levantó una ceja, como procesando lo que acababa de decir, con una mirada rara. Luego reaccionó de golpe. —Aunque —dijo, y me dio un vuelco el estómago— si en algún momento nuestras familias exigen un heredero… ahí habría que replantearse el trato. ¡No! ¡Ni loca! ¡Que no! Tragué saliva, incómoda. Lo quedé mirando. Un heredero… claro, para ellos éramos una inversión, una extensión de sus apellidos. —Lo entiendo —respondí, sin saber qué más agregar. Entonces mete la mano en el bolsillo del saco y saca una cajita de terciopelo n***o. —Se lo di a Lesbia cuando le propuse casamiento. Creo que ahora te corresponde a ti —dijo, y la abrió. Adentro había un anillo de compromiso hermoso. Un diamante central, de esos con corte princesa, rodeado de piedritas más chiquitas. Lo sacó y me lo puso en el dedo. —Te queda perfecto —murmuró, con una sonrisa media nostálgica, y me miró directo. En ese segundo, pasó algo raro entre los dos. No sé qué fue. Me miró diferente. Luego carraspeó, como para romper el momento, y señaló con la cabeza hacia la casa. —Entremos antes de que te mueras de frío. Está empezando a hacer mas frio —dijo mientras volvía a agarrarme la mano y me guiaba de nuevo a la mansión. Me miré el anillo. Brillaba en mi dedo y sentí que me subía el color a la cara. El cabrón tenía un gusto exquisito, eso sí. Llegamos a la puerta principal y él se giró hacia mí. —Me tengo que ir por ahora, Livia —dijo, serio. Le sonreí, tranquila: —Claro, nos vemos en nuestra boda —empecé a decir, pero algo me hizo fruncir el ceño. —Por cierto, ¿qué hacías hoy en la tienda de novias? —le pregunté, acordándome del showcito de la mañana. —Iba a invitarte a cenar para hablar de lo que pasó… pero el ego me ganó. Perdón —respondió. Y yo, no sé cómo, terminé sonriendo. El tipo me había pedido disculpas otra vez. Increíble. —Sabes que ver a la novia con el vestido antes de la boda trae mala suerte, ¿no? —le dije, intentando restarle peso. Pero Lorenzo se encogió de hombros, con una risita amarga: —Yo ya soy mala suerte, ¿no te parece? Y se dio vuelta, dejando esa frase. Me quedé ahí, mirando el anillo otra vez y suspirando. Lesbia, si que eres una estúpida. Destrozaste a un hombre que te habría dado el mundo. * Pasaron dos semanas y decidí tener un gesto amable: pasar a visitar a mi prometido en el trabajo. La sede de Bellandi INC estaba en pleno centro de Manchester, así que también planeaba ver a un par de amigos. Aunque anoche, mientras me cepillaba los dientes, me puse a pensar de que no tenía damas de honor. Mi mamá había dicho que los Bellandi ya lo tenían todo resuelto. Cuando llegamos, me bajé del auto frente al edificio y apenas entré, todas las miradas se me clavaron encima. Qué rayos miran tanto. Fruncí el ceño y caminé directo a recepción. —Busco a Lorenzo —le dije a la recepcionista. Me escaneó de arriba abajo con cara de "quién carajos eres", y luego hizo una mueca burlona. Tremenda maleducada. —¿Perdón? —le pregunté, con cara enojada. —Señorita Lesbia Moretti, el señor Bellandi no quiere verla —me dijo y siguió escribiendo. ¿QUÉ? ¿Pensaban que era Lesbia? —No soy Lesbia. Soy Livia Moretti —le dije y levanté la mano con el anillo bien visible—. Y Lorenzo es mi prometido. Quiero hablar con él, por favor. La mujer se atragantó con su propio aire y se le desfiguró la cara de la impresión. —¡Señorita Livia! ¡Mil disculpas! —balbuceó toda roja. —El señor Bellandi está en reunión, pero puede subir al último piso, ya la dejarán pasar cuando esté libre. La miré con veneno en la mirada y me fui al ascensor sin decir más nada. ¿De verdad esta gente quería tanto a Lorenzo? ¿O era que él no era el ogro que aparentaba? Sacudí la cabeza justo cuando se abrieron las puertas del ascensor. Salía una mujer de lo que claramente era su oficina. Ella se dio vuelta en la puerta, y ahí apareció Lorenzo. La rodeó con el brazo y le encajó un beso que parecía que se estaba muriendo de necesidad. Me quedé de piedra. ¿Ese era el mismo hombre que casi se prende fuego porque Matteo me abrazó? Carraspeé fuerte, lo justo para llamar la atención. Las cabezas se giraron. Ella me clavó la mirada, se despegó rápido de él y salió corriendo. Yo la seguí con la vista, negando, y después me volví hacia Lorenzo. Él se quedó helado, sorprendido. Caminó hacia mí, me agarró de la muñeca y me arrastró adentro de su oficina. Me empujó contra la puerta, apoyó las manos a cada lado de mi cabeza y me encerró. —Lorenzo… —Shhh, ni se te ocurra hablar, Livia —me cortó seco. El aliento le olía a vainilla. Lo miré a los ojos. Estaba furioso. ¿Tanto le molestaba que estuviera ahí? —No sé qué hiciste, pero se están filtrando cosas a la prensa sobre Lesbia y sus cuernos. Alguien lo está soltando todo —dijo con los dientes apretados—. Ya sé que casarte conmigo no era tu sueño dorado, pero no hacía falta armar este problema. ¿Perdón? ¿Todos pensaban que fui yo? —¿Y por qué seguiría con esta farsa si hubiera mandado a volar todo? —le respondí, levantando la mano con el anillo. —Yo no juego así, Lorenzo. —Claro, porque tu eres la hermana buena, ¿no? —me escupió, acercándose. Me puse colorada, pero no me moví. Y entonces pasó. Lorenzo me besó. Así de una. Su lengua buscaba la mía con hambre. Y yo, en vez de apartarme, me perdí en ese beso. En su boca, en su olor, en su calor. Sus brazos me rodearon la cintura, los míos fueron directo a su cuello. Pero algo hizo clic. No sé qué fue. Lo empujé de golpe, sin aire y con la cara roja como tomate. Él me miró, sonrió. —Ya no eres tan buena chica, ¿eh? Y yo, sin pensarlo dos veces, salí corriendo de esa oficina. No paré hasta llegar al parqueo. Le dije al chofer que me llevara a casa. En el asiento trasero, llevé los dedos a mis labios.
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