—¿Y usted dice que no lo conocía? —preguntó el oficial por tercera vez en los últimos diez minutos. Tuve que usar todas mis fuerzas para no poner los ojos en blanco del hastío que me generaba aquello.
Me encontraba en la estación de policía, dentro de la oficina del comisario, mientras Franz me esperaba afuera. Se suponía que esto sería rápido y sencillo, ya estaban al tanto del suceso de la noche anterior, e inclusive aún tenían al sujeto que me agredió bajo custodia, pero el hombre frente a mí era un vejestorio que parecía estar enfrascado en demostrar que me agredieron por alguna otra razón, una que, según él, yo no estaba confesando.
—No, oficial. Jamás había visto a ese hombre en mi vida. Y la única razón por la que me acerqué a él fue porque la chica pidió ayuda —agregué antes de que lo preguntara nuevamente.
—Claro, la chica desconocida que preguntó por Agatha.
—Ángela, sí. Solo sé que se llamaba Lena.
—¿Y luego se desvaneció? —Apreté los dientes y rogué por paciencia, recordándome una y otra vez que si me ponía en plan agresivo ahí, terminaría tras las rejas.
—No se desvaneció, oficial. Mi compañero y yo la llevamos hasta la puerta trasera del bar para que pudiera irse a salvo en el taxi que pedimos para ella.
—¿Y el hombre no sabía de Angélica?
—Ángela. Y no sabría decirle. Eso es un protocolo popular. Muchos establecimientos lo utilizan actualmente; incluso se emplean variantes. En Bavarian's se les indica que pidan un coctel Safe Heaven, pero eso solo lo saben las clientes frecuentes, o las chicas que se han dirigido a alguno de nuestros baños. Ahí tenemos carteles que lo dicen. Pero esa chica, Lena, era la primera vez que la veía, apostaría todo mi dinero a que recién había cumplido la mayoría de edad. Por suerte, supo qué hacer pese a los nervios.
—Y entonces... Repítame por qué el señor Zimmerman la golpeó.
—El motivo no lo sé con exactitud. Quizás porque llamé zorra a su abuela, después de que él me llamara zorra por decirle que Lena había abandonado el bar. Tal vez se enojó porque perdió la oportunidad de abusar de una chiquilla indefensa… No sé, quizás solo no le gusta que una mujer se crea más lista que él, algunos hombres parecen obsesionados con salirse con la suya siempre —terminé encogiéndome de hombros.
—Bueno, lo que dice son solo suposiciones.
—Ciertamente, pero yo no puedo hablar por las motivaciones de otra persona. Solo puedo responder su pregunta con suposiciones. Para el motivo real tendrían que interrogarlo a él, ¿no cree? Pero el hecho es que el señor Zimmerman no me golpeó. No, fue un poco más que eso; él me tomó del cabello como un salvaje y luego estampó mi cabeza contra la barra. Eso lo vieron todos mis compañeros de trabajo y todos los clientes de anoche, y lo podrían corroborar con las tomas de seguridad, si es que no confían en mi testimonio. Vine hoy solo a hacer la denuncia, pero por cómo van las cosas, cualquiera pensaría que me interrogan como culpable y no como víctima; que es justo el comportamiento por el que muchos hombres siguen creyendo que pueden hacer con nosotras lo que les plazca, sin sufrir ninguna consecuencia, porque en efecto... entre ellos se encargan de que no existan tales consecuencias.
Lo miré con resentimiento; ya bastante había tenido con el tipejo anoche, como para soportar también el acoso de un policía con mente retrógrada que creía que siempre que un hombre agrede a una mujer, esta lo tiene merecido.
—No, no... No es así, señorita Mason; solo queremos conocer todos los matices de la verdad. No pretendo insinuar que fue usted culpable de nada.
—La verdad ya se la dije, varias veces, de distintas maneras. Solo quiero que quede registro de lo que me hizo ese hombre y de la actitud que mantuvo con su acompañante durante la noche, para que cuando lo vuelva a hacer, porque créame que lo volverá a hacer, la ley se le aplique como se debe, por el peso de su expediente, que parece ser lo único que obtendrá… Una mancha en su expediente. Porque voy a asumir que todo lo que estoy diciendo quedará archivado, ¿correcto?
—Claro, esto quedará en el expediente de Zimmerman, y si vuelve a hacer algo parecido, estará perdido.
—¡Fantástico! Sólo necesitamos que vuelva a agredir a otra chica para que vaya preso definitivamente. —Alcé las manos en falso gesto de alabanza, y el hombre abrió la boca para decir algo, pero lo interrumpí. Ya estaba cansada de ese anciano machista. —. ¿Puedo retirarme?
—Sí, claro. Ya tenemos todo lo que necesitamos, solo debe firmar la declaración. El oficial Weiz, allá afuera, le entregará el acta cuando la termine de imprimir.
—Vale, muchísimas gracias por su... apoyo, comisario.
Me levanté de la silla y salí de la oficina a zancadas, queriendo arrugar el estúpido papel que llevaba en la mano. ¿Una orden de alejamiento? ¿Acaso eso me protegería cuando me lo encontrara en la calle unos meses después, cuando saliera de la cárcel? En momentos así recordaba que apestaba ser mujer bajo un régimen policial dominado por hombres anticuados.
Al llegar a las bancas donde había dejado a Franz noté que estaban vacías. Lancé una mirada de reconocimiento por la comisaría y lo encontré charlando con un hombre cerca del dispensador de agua; me acerqué y cuando pretendía hacerme notar, escuché hablar al otro hombre.
—Como te dije en aquel entonces, Franz. Es complicado buscar un vehículo guiándonos solamente por el color. Y al declararla una búsqueda de segundo plano. No es que tenga muchos recursos disponibles. Trato de hacer lo que puedo, he ido descartando lugares, y cada tanto interrogo a un par de sujetos, pero...
—Lo sé, tranquilo. Sé que has hecho todo lo que has podido, Cass. Y en serio te lo agradezco —respondió Franz en el mismo tono lúgubre en el que hablaba el otro hombre.
Yo no me consideraba a mí misma una persona chismosa. Odiaba a las que lo eran, pero no pude evitar que la curiosidad invadiera mi ser en ese momento. El alto rubio tenía toda la pinta de ser policía, y hablaba como si le estuviese dando explicaciones a Franz, pero ¿por qué tendría que darle parte de sus investigaciones a mi jefe?
—Señorita Mason, aquí está su acta.
«¡Joder!». Me sobresalté al escuchar la voz de uno de los policías tras de mí, pero el hombre me miraba como si no me hubiese dado un susto de muerte.
—Necesito su firma.
Sonreí nerviosa y tomé el papel que me tendía, sin saber dónde meter la cara de la vergüenza, pues tanto Franz como el fulano Cass se habían girado hacia nosotros, y seguramente habían concluido que yo había estado escuchando.
—Ehm... ¿Tiene una pluma? —le pregunté al inoportuno oficial, pero este negó luego de tocarse todos los bolsillos.
—Tenga, use este —dijo el acompañante de Franz, ofreciéndome el suyo.
Le di las gracias en medio de un par de balbuceos y me dispuse a firmar. Cuando le entregué el papel al oficial, este arrancó la copia y me la dio de vuelta, despidiéndose con un gesto educado. Y cuando se dio la vuelta, yo me quedé inmóvil en mi sitio, no queriendo girarme para hacerle frente a Franz, pero tuve que hacerlo cuando él me habló.
—¿Todo en orden, Allison?
—Sí, sí. De maravilla.
—¿Hace mucho que saliste? —preguntó como si nada, y supe que solo quería saber si había estado escuchando.
—Ehm... No mucho. Acabo de llegar —mentí mientras le devolvía la pluma a su compañero—. Tenga, muchas gracias.
—A su orden.
—Allison, él es el detective Cassiano Badstuber. Hermano de Bárbara —le presentó Franz.
—¡Ah! Mucho gusto. Allison Mason. —Sonreí y le estreché la mano mientras dos cosas ocurrían en mi interior.
La primera era la vergüenza. Era una pena conocer a un hombre apuesto cuando un hematoma gigante adornaba tu rostro y lo convertía en un espectáculo… en el mal sentido. La segunda fue la curiosidad.
¿Detective? Eso era mucho más que un simple policía, ¿no? Entonces, ¿por qué hablar sobre su trabajo con mi jefe?
Y, por otro lado, una vez dicho eso, era bastante obvio que era familiar de Bárbara. También era rubio y de tez clara y perfecta; sus ojos eran igual de azules y, aunque sus rasgos eran más marcados, sí que se parecían mucho. Si ella era una Barbie, él sin duda sería un Ken... Si Ken fuese extraordinariamente masculino, claro está; porque aquel era un hombre en todo el sentido de la palabra. Franz también era apuesto y masculino, sí; pero se notaba en su aura su actitud jovial, incluso cuando no estaba hablando. El detective Badstuber, en cambio, solo emanaba seriedad y firmeza, e inspiraba un poco de miedo.
—Es un placer.
—¿Todo en orden, entonces? ¿Ya terminaron con lo de tu denuncia? —preguntó Franz volviendo al tema.
—Ehm... Sí. El sujeto que me atendió es un maldito imbécil machista, pero sí, todo en orden. —Hablé sin pensar, solo respondiendo con sinceridad a su pregunta, pero olvidé por completo que frente a nosotros había otro oficial... Un compañero del imbécil en cuestión.
Vi la expresión incómoda de Franz, que mantuvo los labios apretados mientras se aclaraba la garganta, apartando su mirada de mí, y de nuestro acompañante.
—Ay, no. Lo siento, yo no... —Intenté excusarme, pero ¿qué iba a decir? Ya había dejado bastante clara mi opinión.
—No se preocupe, sé que es un patán. Me disculpo en nombre de todos aquí.
Sonreí apenada; y aunque él no parecía molesto en absoluto, yo quería salir corriendo de ahí.
—¿Y ese otro papel, qué es? —preguntó Franz en un intento de cambiar de tema rápido, cosa que yo agradecí.
—Pues, una orden de alejamiento. —Agité el papel en el aire—. Ya sabes, para que, cuando lo suelten en unos meses y él, enfadado como de seguro está por todo esto, venga a terminar lo que empezó conmigo; yo pueda apretar aquí donde dice "Orden de alejamiento" y ponerme un escudo mágico protector para que no me vuelva a golpear en la vida. Otra más de las fabulosas acciones policiacas del siglo XXI.
Franz volvió a apartar la mirada mientras se rascaba la parte baja de la barbilla, porque yo indiscutiblemente estaba en llamas ese día; todas mis quejas y chistes malos sobre la policía las estaba descargando frente al detective Badstuber, que mantenía los labios apretados, igual de incómodo que yo.
—Lo siento, Cass. Ella... está afectada por el golpe todavía —intentó mediar Franz.
—Comprensible. —Hizo una inclinación de cabeza hacia él antes de mirarme—. Pero le aclaro, señorita Mason, que, aunque tristemente, la orden no va a impedir que la agredan, sí ayuda, y mucho, para condenar al sujeto luego, si llegase a continuar con sus actividades violentas. Lo único que puedo hacer por usted, en vista de que le tiene tan poca fe a la policía, es que me llame tan pronto eso llegue a pasar; y le aseguro que el destino de su agresor estará sellado. —Me tendió una pequeña tarjeta de presentación donde estaba su número de extensión en la comisaría y el de su teléfono personal.
—De acuerdo. Gracias, lo siento otra vez. —Me guardé la tarjeta en el bolsillo trasero de mis jeans y miré hacia la calle por el ventanal que había a mi izquierda, rogando por salir de ahí. Por suerte, Franz pareció leer mis pensamientos.
—Bueno, es hora de irnos. Cass, debo llevar a Allison a casa para que descanse. Yo estaré esperando noticias de ti.
—Lo sé. Te llamaré... tan pronto tenga algo para ti.
Por encima de mis pensamientos avergonzados y mi incomodidad, pude notar que esa despedida también estaba siendo incómoda. En sus tonos se notaba que ninguno parecía a gusto con el comentario del otro, pero ambos mantuvieron una expresión cordial y educada al estrecharse las manos y despedirse. Eso solo me dejó más intrigada que antes.
Mientras salíamos de la comisaría y caminábamos hacia el auto, podía sentir cómo el poderosísimo espíritu de la cotilla se apoderaba de mí; pero al mismo tiempo, más que chisme, me sentía en serio intrigada; antes de ese día jamás me imaginé que Franz pudiera tener algún asunto pendiente con la policía; en todo el tiempo que tenía conociéndolo jamás supe que tuviera algún problema que ameritara intervención policiaca; pero pese a esto, la expresión taciturna que mantuvo durante la caminata, me decía que había algo más, y que era un asunto serio.
El recuerdo de mi conversación con Bárbara el día anterior volvió a pesar y a dejarme el mismo sabor amargo. ¿Por qué sabía tan poco sobre él, si se suponía que éramos amigos?
—¿Llevas mucho tiempo conociendo al detective Badstuber? —pregunté sin poder contenerme cuando estuvimos dentro del auto. Él no apartó la mirada de la vía mientras nos poníamos en marcha.
—Cinco años.
Su respuesta tan concisa solo me generó más dudas. Había algo en ella que me generaba inquietud; algo me decía que "hace un par de años" hubiese sido la respuesta esperada.
—Y... ¿cómo lo conociste? —Franz torció el gesto por un segundo y pareció regresar a la realidad, aclarándose la garganta antes de responder.
—En el bar. Él atendió un llamado cuando recién estábamos comprando el local. —Al escucharlo, me arrepentí de no haber pensado mejor mi estrategia.
Su respuesta había sido una mentira, tanto una como la otra. Que tuviera que mentirme, me dejaba claro dos cosas: la primera era que entre él y Cassiano había más de lo que me estaba diciendo; y la segunda era que me estaba dejando fuera del tema; por lo visto era algo que no pretendía hablar o compartir conmigo.
—Ya veo…
Miré por la ventanilla otra vez, tratando de ignorar el incómodo silencio que se había generado. Sintiendo una extraña sensación de vacío en el estómago. Vale, era normal que me causara intriga todo el asunto de un posible secreto en mis narices, pero después de todo, ¿por qué tendría que importarme tanto si él no me quería contar sus secretos?
La respuesta a esa pregunta no la tenía, pero era un hecho que me importaba más de lo que imaginé alguna vez, y que me hirió un poco el orgullo de que no me tuviera la confianza suficiente para eso.
—¿Pasa algo? —preguntó un rato después.
—No, nada. —Yo también podía mentir.
—Estás inusualmente callada, eso me pone nervioso. ¿Te sientes mal?
—No. Solo estoy algo cansada.
—¿No dormiste bien anoche?
—Sí que lo hice. De hecho, dormí tan bien que no dormí, morí durante un par de horas, y reviví esta mañana cuando sonó el teléfono con tu llamada —comenté, poniéndole un poco de humor a la situación. Odiaba un ambiente tan tenso entre nosotros.
—Lo lamento, pero había que hacer esto. En mi defensa... dediqué todas mis energías en controlarme y no llamarte antes. Esperé hasta el mediodía, que fue todo lo que pude resistir.
—Tranquilo.
—De verdad, tuve que apartar el teléfono de mis manos, porque sentía el impulso de llamarte a cada instante, y no quería hacerlo tan temprano, pensé que debías estar exhausta.
—¿En serio estabas tan preocupado? ¿Por qué?
—Porque necesitaba saber cómo seguías. Si estabas bien… —Su tono hacía parecer que era algo obvio—. La imagen de lo que te hizo ese desgraciado se repitió en mi mente una y otra vez durante la noche. No me dejó dormir. Me sentía tan culpable. Aún lo hago.
—No seas tonto, Franz. Nada de eso fue tu culpa. Tampoco podías evitarlo, martirizarte por eso es...
—Fue mi culpa, y sí que pude evitarlo —me interrumpió—. Te conozco, y sabía que no te ibas a mantener al margen. Lo sabía. Y aun así te dejé volver a la barra. Debí bajar e intervenir en cuanto vi que el hombre se levantaba de la mesa… —Respiró hondo y empezó a parecer enojado—. Debí matarlo a golpes cuando…
Dejó la frase al aire. La tensión en sus brazos y la fuerza con la que se aferraba al volante me preocuparon. Franz parecía estar seriamente afectado por el asunto, incluso más que yo, que era quien llevaba el vendaje en la frente. Su actitud me hizo entender que él no solo se preocupaba por nosotras, sino que se sentía responsable de lo que nos pasara. Sentí lástima por él, porque parecía estar llevando esos sentimientos de culpa al extremo. Acerqué mi mano y la puse sobre su hombro, dándole un ligero apretón amistoso.
—No fue tu culpa, no es tu trabajo predecir cada estupidez que yo vaya a hacer. Mucho menos evitarla. —Me miró en silencio pero intensamente, y eso, sumado a la pequeña conexión física que manteníamos, hizo de ese el momento más íntimo que habíamos tenido jamás.
—No puedes culparme por tratar. Siempre lo haré. —Se encogió de hombros, haciéndome recordar que aún lo estaba tocando.
A regañadientes alejé mi mano de él y me incorporé en mi asiento, frunciendo el ceño ante las emociones que ese momento generó en mí, lo cual me hizo quejarme del dolor. Aún no estaba para hacer muchos gestos con la cara. Me llevé una mano hacia la ceja, que era donde más me dolía, y me masajeé un poco.
—Odio verte así —comentó con voz ronca. La vergüenza me invadió.
—¿Qué puedo decirte? ¿Crees que a mí me gusta verme así de horrorosa? —Intenté ponerle humor a la situación otra vez. Era mi sello siempre que algo me incomodaba.
—No me refería exactamente a eso, pero vamos. ¿Horrorosa? —bufó—. ¿Crees que un hematoma en la cara te hace horrorosa? ¿Te has visto alguna vez en el espejo, Allison? Hace falta más que un corte en la frente y una mancha en tu rostro para eso.
Esta vez, me aguanté el dolor cuando fruncí el ceño por aquel inusual pero igualmente halagador comentario. Sin embargo, no tuve oportunidad de responder nada; en ese momento me di cuenta de dos cosas: una era que ya habíamos llegado a mi edificio y yo no me había dado por enterada, igual que la noche anterior; y la segunda era que una alarmada Erika me estaba mirando desde la entrada, mientras que Björn, a su lado, sólo parecía extrañado.
Dejé escapar un suspiro de resignación; hubiese preferido pasar todo esto sin tener que contárselo ni preocupar a nadie, pero por lo visto no iba a tener la oportunidad.