~* Capítulo 02: Llamado De Atención *~

3022 Words
Corría por el bulevar Leopoldstraße a toda prisa, pero aquella condenada calle parecía no acabar nunca, ya me estaba quedando sin aire y aún me faltaba casi una manzana. El bus se había retrasado por alguna misteriosa razón, o quizás solo por arruinarme más el día. Al universo le gustaba joderme así algunas veces, pero al final no me había quedado otra opción más que caminar hasta el trabajo. El trecho era relativamente corto, pero gracias a las fabulosas botas de tacón de aguja que había decidido usar aquel día, el camino empedrado se me estaba haciendo un infierno, por lo que pese a todos mis esfuerzos, me tomó veinte minutos poder llegar hasta la puerta del bar donde trabajaba desde hacía dos años. Era un lugar relativamente nuevo, lo habían inaugurado apenas unos meses antes de yo empezar a trabajar ahí. Una chica de la universidad me había mencionado que buscaban personal, y en mi desesperación por conseguir dinero extra, había ido corriendo a la entrevista aunque no sabía nada de ese mundo; y por algún maravilloso golpe de suerte me habían contratado pese a mi falta de experiencia; algunos argumentaron que se debió a mi aspecto físico, que vendería bien en un sitio así; pero yo quería pensar que fue gracias a mi buena actitud y entusiasmo. Pero el hecho era que, independientemente de lo que pensara mi madre, aquella había sido una gran oportunidad para mí, me permitió dejar los otros asquerosos y esclavizantes empleos, y gracias a las jornadas nocturnas me generaba incluso más que todos aquellos combinados. “Bavarian’s Bar” consistía en un gran local con losetas de piedra gris en las paredes y una pequeña terraza techada en el exterior, aparentando ser un bar como cualquier otro, de esos que abundaban ahí en el distrito Schwarbing. Sin embargo, el interior era un mundo totalmente diferente, que resultaba ser la atracción principal del lugar. Con la totalidad de sus paredes en un tono gris humo, lámparas cromadas colgando del techo, estanterías en metal y madera clara, y respetando todo el movimiento de concepto abierto, el lugar tenía un aire Chic Industrial que enamoraba nada más entrar; nada que ver con los bares simplones de esa zona, que parecían trasportarte al siglo XVIII con todo el interior cubierto de madera y escasas fuentes de luz. Franz y Benn habían apostado a lo moderno y no a lo clásico, como solían hacer los dirigentes de ese sector comercial en particular; más que un simple bar, este lucía como un restaurante de la zona adinerada de la ciudad, sin llegar a ser ostentoso y con unos precios de ensueño para cuando te gusta el lujo, pero no eres rico, lo cual le convertía en el lugar de encuentro más visitado para los adultos jóvenes de Múnich. El local se estaba convirtiendo en un éxito, y yo estaba orgullosa de trabajar ahí. —¿Tarde otra vez, zanahoria? ¿No te parece un poco masoquista de tu parte? —me saludó Viktor en la entrada. —Métete en tus asuntos, Blancanieves —gruñí en respuesta, pasando de largo sin prestarle mucha atención, pero sí oí su risota ante mi comentario mientras me alejaba. Viktor era uno de los chicos de seguridad del bar, un grandulón de casi dos metros de altura y brazos que podían aplastarte como a una nuez. Estaba confinado a la puerta exterior debido a su intimidante aspecto; sin embargo, aunque su físico parecía una novela de terror, su personalidad era un cuento para niños. Era un hombre muy atento, y un bromista nato; ¿su pasión? Hacer chistes sobre pelirrojos, lo que se traducía a que el objetivo predilecto para sus tonterías era yo, de ahí que me llamara “zanahoria”, haciendo alusión a mi vibrante cabello rojizo. Sin embargo, para su deleite, porque vaya que le encantaba buscarme pleito; yo era fácil de encender e igual de ingeniosa que él. Yo, por mi parte, solía llamarle Blancanieves, burlándome del hecho de que Viktor era pálido de pies a cabeza, su piel era de un color crema muy claro y su cabello casi blanco. Cualquiera podría pensar que era albino, pero no lo era. Era bastante usual que nos molestáramos entre nosotros, sin embargo, ese día yo no estaba para bromas, no solo por culpa de mi madre, sino porque, como bien había dicho él, estaba llegando tarde… Otra vez. Al cruzar la segunda puerta y entrar al amplio salón principal, vi que ya varias de las mesas estaban listas para la apertura, mientras que otras aún tenían las sillas encima. Karla y Laura limpiaban las mesas faltantes, mientras que Tom trapeaba la zona VIP, una amplia mezzanina ubicada al extremo derecho del local, debajo de la cual había otra zona un poco menos exclusiva pero más privada, dedicada a reservaciones de parejas. Todos alzaron la vista al verme llegar, y cada uno, a su modo, me dedicó algún burlón gesto de “estás perdida”. Maldije al ver que ya todos parecían tener un buen rato en la labor y yo aún tenía que ir a cambiarme. Corrí hasta la habitación que estaba destinada a sala común, en la parte trasera de la barra, y luego de dejar mis cosas en el pequeño casillero con mi nombre, me dispuse a ir al baño para cambiarme de camisa y ponerme el polo n***o con el emblema del bar. Cinco minutos después, ingresaba al área de la barra central, mientras me ataba el pequeño delantal n***o a la cintura. —Vaya… Pero miren quién decidió aparecer. —Me giré al escuchar la voz de Manuel a mi espalda. —Lo sé, lo sé… Es culpa del estúpido bus retrasado, tuve que venir corriendo por todo el jodido bulevar, ¡arruiné mis botas! —Alcé mi pie derecho para que viera la raspadura que le había hecho al cuero al dar un pequeño traspié. Cuando me fijé en que iba cargando las cajas de suministros, me apresuré a ayudarle con los paquetes. Puse las cajas en el mesón, las abrí y empecé a colocar las cestas de limones, fresas, kiwis, cerezas y aceitunas en el extenso refrigerador ubicado bajo la barra. Al abrirlo, noté que mi compañero ya había llenado gran parte de este, lo que me hizo maldecir otra vez. Lo único que faltaba era que me apareciera un cartel de neón que dijera: “La que no ha colaborado hoy”. Era nuestro trabajo conjunto, surtir diariamente la barra y asegurarnos de tener todos los ingredientes necesarios para preparar los tragos durante la noche sin tener que ir a la despensa a media jornada; sin embargo, hoy él se había encargado de todo. Manuel y yo éramos los encargados de la barra, mientras que a los demás les competía atender las mesas y servir las bebidas no alcohólicas, que se encontraban en el refrigerador y las máquinas a las afueras de la barra principal. Al ser contratados, a todos los novatos nos habían hecho participar en varios cursos intensivos de coctelería para que aprendiéramos a preparar tragos, a todos salvo a Manuel, quien ya era un experto en el tema. Los dos trabajábamos como bartender, pero en realidad él era el mixólogo del bar, es decir… Él creaba los tragos nuevos, yo solo aprendía a prepararlos con velocidad. Mi trabajo se limitaba a preparar algunos cocteles, shots, junto con los infaltables tarros de cerveza. Me eligieron como su compañera por ser la más sobresaliente del grupo durante los cursos, y por haber demostrado mayor velocidad a la hora de servir, lo cual venía de maravilla cuando el bar estaba hasta el tope. —Claro, el bus retrasado… De seguro haberte quedado esperando los resultados en la universidad, no tiene nada que ver —comentó dejando una caja de naranjas bajo la barra. —Pues en realidad sí fue el bus, la lista ya estaba publicada cuando salí de clases. —Hice una mueca burlona al ver que él sonrió ansioso. —¿Y? ¡Habla, mujer! ¿Cómo te fue? —Apretó ligeramente mi hombro para que terminara de soltar la sopa. —Pues… —Hice una pequeña pausa para ponerle más ansioso, sonreí al verle poner los ojos en blanco —¡Me aprobaron! ¡Por fin he terminado la universidad! —exclamé alzando las manos al aire. Manuel sonrió con alegría y me abrazó. —¡Genial! Muchas felicidades, Allie. —Me alzó en vilo, y al ponerme otra vez en el suelo, extendió su puño cerrado hacia mí. —Gracias, gracias… Estoy que no quepo en mí de la alegría —respondí a su gesto de camaradería sin dejar de sonreír. —Imagino que sí, no es para menos, pero es hora de ponernos serios, y de verdad lamento ser yo quien rompa tu burbuja y todo eso… pero Franz quiere verte en su oficina. —Al terminar de hablar, sus labios se volvieron una línea tensa, en un gesto de “lo siento”. Arrugué la cara al oírle, eso no se escuchaba nada bien. —¿Tan mal así? —pregunté haciendo un gesto asustado. Nadie quería ser llamado a esa oficina a solas, nunca era para nada bueno. Manuel ladeó la cabeza de un lado a otro ante mi pregunta. —Algo, preguntó por ti al llegar… Se impacientó luego de quince minutos. Hoy no andaba de buen humor y… Había reunión. —Me miró con pesar, cosa que me hizo cerrar los ojos y dejar caer la cabeza. —¡Maldición! —gruñí, sabiendo que estaba perdida. Por supuesto que hubo reunión, era viernes. Los viernes siempre había reunión. A Franz le gustaba ponernos al día de los servicios esperados para el fin de semana, las promociones y cualquier cambio en los precios, y no le gustaba que el personal faltara a esas charlas. Franz Bauer era uno de los dueños del bar. Él, a diferencia de su socio, que solo iba de vez en cuando, se encargaba de la administración del negocio. Era un tipo afable y buena onda, tan solo un par de años mayor que yo, pero dirigía con mucha firmeza el lugar. Todos éramos amigos ahí, pero para él aquello no era ningún juego, había reglas y no le gustaba que las rompieran. Una de esas reglas era ser puntual, otra era no faltar a las reuniones… Yo había roto las dos ese día. —Bueno… Fue lindo mientras duró. —Me encogí de hombros mientras hacía un puchero—. Al menos logré mantener el empleo hasta acabar la universidad, si no, me hubiese tocado prostituirme en alguna plaza. —No seas dramática, sabes tan bien como yo, y como todos aquí, que Franz no va a despedirte… Eres su favorita. —Manuel puso los ojos en blanco otra vez y sacudió su mano. Todos siempre bromeaban diciendo que Franz nunca era tan severo conmigo como lo era con los demás; pero eso era una mentira ridícula. Yo era tan propensa a recibir sus sermones y su mirada castigadora como los demás, inclusive más que ellos, ya que solía ser quien más problemas le daba. —Eso no le impidió dejarme limpiando mesas hasta tarde la semana pasada —argumenté mientras rodeaba la barra y me dirigía hacia las escaleras del lado izquierdo del salón. Las chicas me lanzaron miradas de ánimo mientras me veían subir. Era bien sabido para el grupo que siempre que alguien subía esas escaleras era para recibir un riguroso llamado de atención, pues cuando eran buenas noticias, Franz bajaba y las anunciaba al finalizar la noche. Pero aunque me encontraba subiendo los escalones sintiéndome como cerdo camino al matadero, tenía que reconocerle algo a mi jefe: Él era fiel practicante del “reprender en privado y felicitar en público”, jamás te daba uno de sus sermones frente a los demás, pues su intención siempre era corregir, no humillar, pero se encargaba de dejarle claro a todos lo que ocurriría en su oficina cuando el alegado se parara frente a él. Toqué la puerta de mala gana, odiaba que me reprendieran, yo ya no era una niña y era vergonzoso tener que ir a sentarme frente a su escritorio como si estuviese en la oficina del director de la escuela. —Adelante. —Le escuché decir desde el otro lado y me dispuse a entrar. Al abrir la puerta, Franz fue lo primero que llamó mi atención… Como siempre, y no por el hecho de ir justamente a verlo a él, no porque fuese la única persona ahí, sino por el hecho de que si él se encontrara en una habitación cualquiera vistiendo ropa vieja y agujerada, y junto a él hubiese un par de sexis bailarines exóticos, con sus cuerpos bañados en aceite, bailando enérgicamente, vistiendo diminutas tangas de lentejuelas… Aun así, Franz se robaría todas las miradas, incluso aunque solo estuviese ahí parado sin hacer nada durante el espectáculo. Como prueba de ello era el hecho de que el hombre se encontraba detrás de su escritorio, sumergido en una montaña de papeles, vistiendo un sencillo suéter de punto color mostaza, con sus gafas de pasta negra ligeramente inclinadas sobre el puente de su nariz, y era, sin lugar a dudas, la cosa más ardiente que yo había visto en todo el día… Y hubiese podido decir que en toda la semana, si él mismo no hubiese vestido su fabulosa camiseta negra de algodón el martes por la noche, aquella prenda me hacía hervir la sangre cada vez. —Allison… Por fin llegas. —Su tono pesado me hizo encoger un poco, obviamente estaba enfadado—. Pasa y siéntate —ordenó, señalando la silla frente al escritorio. Y mientras obedecía, en mi interior hubo sentimientos encontrados. Por una parte, odiaba cuando me hablaba así, nosotros no éramos íntimos, pero sí éramos buenos amigos y nos llevábamos muy bien, pero siempre que teníamos estas conversaciones la cosa se ponía un poco tensa e incómoda entre los dos, cosa que detestaba con el alma, disfrutaba de nuestra buena relación. Pero, por otro lado, su tono autoritario provocaba hormigueos en varias partes de mi cuerpo que no deberían despertar cuando mi jefe me llamaba la atención por llegar tarde. El asunto era un tanto vergonzoso; pero tampoco es que alguien pudiera culparme por eso, cualquier fémina heterosexual con algo de sangre en las arterias se derretiría ante la voz autoritaria de Franz; y sí, tenía que admitirlo... Cumpliría gustosa sus órdenes. —Lo siento mucho, Franz. Perdí la noción del tiempo, yo… —Empecé a decir, pero él me interrumpió. —Hola, Allison. —Alzó una ceja en actitud desafiante, cosa que provocó una punzada en la parte baja de mi vientre, aunque sabía que esa no era su intención, por lo que crucé las piernas para frenarla y sonreí. —Ah, sí… Hola… Lo siento —respondí con una risita tonta, los nervios estaban haciendo de las suyas conmigo. —¿Te acuerdas de que ayer les recordé a todos que hoy había reunión del personal? —Asentí, aunque no me miraba en ese momento. Sin dejar de trabajar, estaba alternando su vista entre la pantalla del ordenador y mi rostro. —Sí. —Me limité a responder con actitud dócil, sabía por dónde venía el comentario, y también sabía que me lo merecía. —Recuérdame lo que tan bruscamente me respondiste al escucharme —pidió usando su tono desafiante otra vez. Yo no pude hacer más que bajar la cara de vergüenza. —Que dejaras de molestar, que ya todos sabíamos que habría reunión. —Torcí la boca al hablar, lamentando mis palabras de entonces. Aquello era cada vez más vergonzoso. Recordé cómo le corté la inspiración la noche anterior mientras hablaba con nosotros, ya por completo agotada y desesperada por irme a casa. Que tuviera hoy que reconocer en voz alta que mi rudeza fue innecesaria y de paso desvergonzado al no estar presente en la bendita reunión… Era en serio incómodo. —Bien, gracias por repetirlo, ahora solo te diré dos cosas… Se puso de pie; esto redujo gran parte del espacio en la oficina, ya que Franz era un tipo bastante alto y considerablemente corpulento. Era parte de su atractivo, nunca le había preguntado, pero supuse que debía medir casi dos metros, yo medía uno ochenta y él era más alto aún; y aunque no se podía decir que fuese musculoso en exceso… ¡Vaya que estaba en forma! Su espalda era un deleite, y sus firmes brazos cubiertos de tatuajes eran un sueño. —La primera es que la próxima vez que sientas el impulso de desafiarme y llevarme la contraria… Te controles y mantengas la boca cerrada. —Empezó a rodear el escritorio mientras continuaba con su regaño, sacándome de mis inapropiados pensamientos. —Me parece justo —respondí torciendo la boca, y pese a su tono mandón, sabía que solo estaba bromeando conmigo... Burlándose de mí. Sin embargo, por lo que pasó a continuación, supuse que él no me había escuchado. Jadeé de sorpresa cuando giró mi silla de un tirón, dejándome con la respiración agitada y viendo hacia él. —¿O acaso debo recordarte quién manda aquí? Su voz grave y sugerente me golpeó como un tren a toda velocidad, y activó cada partícula de mi cuerpo mientras se inclinaba sobre mí, apoyando sus manos sobre el escritorio a mi espalda, dejando su rostro a escasos centímetros del mío. Sonrió con gesto seductor mientras su mirada se deslizaba despacio sobre mí hasta llegar a mis pechos y volver a mi rostro. Sentí mi cuerpo sacudirse con aquel familiar cosquilleo que solo él era capaz de provocar, y entonces fue mi momento de sonreír, recordando que, después de todo, no era tan malo terminar en su oficina para un merecido castigo. —Quizás sí necesito que me lo recuerden —respondí en un susurro ronco, y la sonrisa ladeada que me dedicó me confirmó que eso era justo lo que él esperaba oír.
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