Sentí el pulso latiéndome furioso en las sienes, la respiración entrecortada raspándome la garganta, y por un segundo eterno no supe qué hacer con toda la rabia que aún me quemaba por dentro. El corazón me golpeaba el pecho con una fuerza descontrolada, y a pesar de eso, algo cambió en mi cabeza, algo se abrió paso entre la ira, como si una parte de mí, más lista que el resto, hubiera despertado de golpe para susurrarme que gritar no me iba a devolver a mi madre ni me iba a sacar de esta casa.
—Suéltame —dije, con la voz mucho más baja que antes, casi serena, sorprendiéndome a mí misma con el tono que logré sacar de algún rincón desconocido.
Kael arqueó una ceja, y una sonrisa torcida, burlona, se le dibujó despacio en los labios, sin aflojar del todo el agarre, como si mi arranque de calma repentina le pareciera lo más divertido que había visto en toda la mañana.
—Vaya, qué cambio tan repentino de humor —dijo, ladeando apenas la cabeza, con ese tono socarrón que parecía disfrutar cada palabra que soltaba—. Hace un minuto querías arrancarle el cuero cabelludo a mi prima y ahora me pides que te suelte con esa carita de santa. Dame una razón para creerte, Mila.
Tragué saliva, sintiendo el sabor amargo de las lágrimas todavía secándose sobre mis labios, y elegí mis palabras con el mismo cuidado con el que mi madre elegía las flores más frescas para sus arreglos, sabiendo que un solo tallo mal cortado podía arruinar el conjunto entero.
—Voy a portarme bien —dije, sin que me temblara la voz, sin bajar del todo la mirada—. No voy a intentar escapar, ni a atacar a nadie más en esta casa. Solo suéltame.
No pedí perdón. No pensaba pedirlo, ni por Chloé, ni por el jarrón, ni por el golpe que le había dado a Kai en pleno rostro; ni una sola disculpa salió de mi boca, y no pensaba dejar que saliera. Kael soltó una risa corta, casi divertida, como si mi terquedad fuera el mejor chiste que le habían contado en semanas, y algo en sus ojos azules brilló con un interés que no supe interpretar del todo.
—Mira nada más —dijo, aflojando por fin el agarre de mi mandíbula, aunque sus dedos se demoraron un segundo de más sobre mi piel antes de retirarse del todo—. No pides perdón, pero prometes portarte bien. Me gusta tu estilo, pequeña fierecilla. Vamos a ver cuánto te dura esa promesa.
—Me vas a soltar o no —insistí, sin apartar los ojos de los suyos, sintiendo que cada palabra que lograba pronunciar sin quebrarme era una pequeña victoria en medio de todo lo que había perdido esa mañana.
—Ya te solté —respondió él, dando un paso atrás con las manos alzadas en un gesto burlón de rendición, como si toda la escena le pareciera un espectáculo montado solo para su entretenimiento—. Aunque debo admitir que verte tan calmada de un momento a otro me da más curiosidad que confianza.
Kai se acercó entonces, con esa misma fascinación de siempre brillándole en los ojos, la mejilla apenas enrojecida por el golpe que le había dado minutos antes, sin que el gesto pareciera afectarlo en lo absoluto. Chloé seguía de pie junto al sofá, con el cabello despeinado y una expresión entre el resentimiento y el asombro, pero ninguno de los dos hermanos pareció darle mayor importancia a su presencia en ese instante; toda su atención estaba puesta en mí.
—Yo la llevo arriba —dijo Kai, dando un paso hacia mí con una suavidad que contrastaba por completo con el tono burlón que Kael acababa de usar—. Vamos, Mila.
Kael soltó otra risa baja mientras nos veía alejarnos, cruzándose de brazos con el mismo aire divertido, como quien ya adivina el final de una película que acaba de empezar.
—No te confíes tanto con tus modales, hermano, que a esta fierecilla también me la debes compartir a mí —le dijo a Kai, sin bajar la voz, sin ningún cuidado por si yo lo escuchaba—. Aunque algo me dice que todavía tiene las uñas bien afiladas debajo de tanta miel.
Kai ni siquiera se giró a responderle, se limitó a posar la mano sobre mi espalda baja y guiarme hacia la salida del salón, como si las burlas de su hermano fueran apenas ruido de fondo, un murmullo constante al que ya estaba acostumbrado desde hacía años. No respondí a ninguno de los dos. Dejé que la mano de Kai se posara sobre mi espalda baja, guiándome hacia la salida, y aunque cada fibra de mi cuerpo quería apartarse de ese contacto, me obligué a caminar sin resistirme, sin dar ninguna señal de la repulsión que me subía por la piel cada vez que sus dedos se movían apenas, como si quisiera recordarme que estaban ahí. Salimos al pasillo, dejando atrás los pedazos rotos del jarrón desperdigados sobre la alfombra y la mirada furiosa de Chloé clavada en mi espalda.
Caminamos en silencio hacia la escalera principal, con la mano de Kai firme sobre mi espalda baja durante todo el trayecto, guiándome con una delicadeza que no pedí y que tampoco quería. El pasillo se sentía interminable, cada cuadro dorado y cada mueble antiguo parecían observarme con la misma indiferencia elegante de la casa entera, como si supieran perfectamente que yo no era más que otra pieza más agregada a esa colección privada. Al llegar al pie de los escalones, me detuve un segundo, sin poder evitarlo, y giré la cabeza hacia la puerta enorme de madera que había intentado cruzar apenas un rato antes. La luz del exterior seguía filtrándose por la rendija bajo el marco, una promesa tan cercana y a la vez tan imposible de alcanzar, y sentí que el pecho se me apretaba de nuevo con esa mezcla de rabia e impotencia que ya empezaba a conocer demasiado bien.
Kai notó mi mirada. Lo sentí en la forma en que su mano se tensó apenas sobre mi espalda, en el segundo de silencio que se instaló entre los dos antes de que él pudiera decir cualquier cosa al respecto, subí el primer escalón, obligándome a apartar los ojos de la puerta y a concentrarme en el camino hacia arriba, con Kai siguiéndome un paso más atrás, todavía con la mano rozándome la cintura.
Mientras subía los escalones uno por uno, con el sonido de nuestros pasos amortiguado por la alfombra gruesa, mi mente empezó a trabajar a toda velocidad, armando una idea que se sentía tan repugnante como necesaria. Si gritar y pelear solo conseguía que me encerraran con más fuerza, si atacar a Chloé solo terminaba conmigo inmovilizada contra el pecho de Kael o el de Kai, entonces tenía que encontrar otra manera de sobrevivir dentro de éstas paredes. Tenía que fingir. Tenía que convertirme en alguien que ellos quisieran creer que existía, alguien dócil, alguien manejable, mientras por dentro seguiré luchando por mi libertad. Fingir no era rendirse. Fingir era, quizás, la única arma que me quedaba en un lugar donde todo lo demás me lo habían arrebatado. Pensé en mi madre, en la firmeza con la que se había interpuesto entre el peligro y mi cuerpo, y sentí que le debía al menos eso: sobrevivir, aunque tuviera que hacerlo mintiendo cada segundo del día.
Llegamos al final del pasillo, frente a la puerta de mi habitación en la que desperté, y Kai extendió el brazo para abrirla, dejando que la madera se deslizara hacía adentro sin el menor chirrido. Entré primero, sintiendo el aire tibio de la estancia envolverme de nuevo, con la bandeja del desayuno todavía intacta sobre la mesita de noche, ya fría desde hacía rato. Kai se quedó parado en el umbral por un momento, observándome con esa mezcla de ternura y hambre que tanto me erizaba la piel, como si no supiera del todo si debía entrar o quedarse ahí, esperando alguna señal de mi parte.