CAPÍTULO | 01

1680 Words
VIERNES 13 DE MARZO DE 2020 PARÍS, FRANCIA MILA Estaba detrás del mostrador con el delantal verde puesto, atando un ramo de hortensias azules para un pedido de última hora; mamá terminaba a mi lado un arreglo de lirios blancos que saldría a primera hora de la mañana hacía una cena de gala. El teléfono de la tienda no había parado de sonar en todo el día, y la libreta de encargos tenía tantas páginas marcadas que ya casi no cabía otra. —Cuando termines con ese, cariño, pásame las tijeras de podar, que las dejé junto a la ventana —dijo mamá sin levantar la vista. —Ya voy, mamá. Terminé el lazo, me sequé las manos en el delantal y di media vuelta; justo entonces sonó la campanilla de la puerta. Alcé la cabeza esperando a algún cliente de última hora, pero quien apareció fue Chloé. —¡Mila! ¡Deja lo que estás haciendo ahora mismo! Entró con una sonrisa de oreja a oreja. Por el cristal alcancé a ver el coche n***o de siempre, detenido frente a la puerta, con el chófer esperando de pie en la acera. —Buenas tardes, señora LeBlanc —saludó, y le plantó un beso en la mejilla a mamá. —Buenas tardes, Chloé. Cuidado con el ramo, que me lo vas a tirar —respondió mamá, riéndose. —Tengo algo que te va a cambiar el día —me dijo, apoyando los codos en el mostrador—. Hoy inauguran la sede nueva de las galerías Sokolov aquí en París. Es una apertura privada, solo para prensa, compradores y artistas invitados, y mi tía Cordelia me dijo que podía llevar a quien yo quisiera. Así que te elegí a ti, obvio. Conocía ese apellido de sobra, porque en la facultad no se hablaba de otra cosa desde hacía semanas: los lienzos de Kai, las esculturas de Kael, una familia rusa con más dinero del que cabía en cualquier museo de Europa. —La galería de tus tíos —dije, alzando una ceja—. Kalen y Cordelia. —Esos mismos. Y mis primos son los artistas de la muestra, así que no pienso ir sola, tontita. Lo sabía, claro que lo sabía. Chloé me lo había contado el primer año de carrera, entre risas y cafés fríos: que su familia por parte de madre vivía entre Moscú y Europa, y que sus primos gemelos pintaban y esculpían como si hubieran nacido con el pincel en la mano. Yo nunca los había visto en persona; solo en fotos, y en las revistas que ella dejaba abiertas sobre mi escritorio con cualquier excusa. —Yo soy estudiante, no coleccionista —insistí —. Me van a mirar como a una intrusa. —Te van a mirar porque vas conmigo, y porque pintas mejor que nadie en nuestra clase —replicó—. Además, entramos antes que el público, con champán y los cuadros solo para nosotras. Ah, y lo mejor. —Se volvió hacia mamá con una sonrisa educada—. Mis tíos también los invitan a ustedes, señora LeBlanc, a usted y al teniente. Mi tía conoce su floristería de nombre; dice que todas sus amigas la recomiendan, y que quiere conocer a la mujer que hace esos arreglos. Mi tío, por su parte, tiene ganas de saludar al teniente LeBlanc. Mamá soltó el lazo y levantó las cejas, divertida. —Vaya, me alegra saber que las flores llegaron tan lejos. Dile a tu tía que será un gusto. —Mandaron un segundo coche para ustedes; ya viene en camino. —¡Henry! —gritó mamá hacia la escalera que subía al departamento—. ¡Henry, baja un momento! Papá bajó con la camisa azul del uniforme, la placa todavía en el cinturón y la chaqueta colgada del brazo. Había llegado de la comisaría hacía unos minutos. —¿Qué pasa? ¿Se murió alguien? —bromeó, y entonces vio a Chloé—. Ah, hola, Chloé. —Hola, teniente. Vengo por usted y por la señora; mis tíos los invitan a la inauguración de su galería. Papá dejó la chaqueta sobre el mostrador, con esa calma de quien está acostumbrado a que lo reconozcan por la calle. —¿Los Sokolov? He oído hablar de ellos en la comisaría; dicen que compran media ciudad. —Sonrió de lado—. Pues no los hagamos esperar. Dime a qué hora, que me cambio de uniforme. —Tienes diez minutos —sentenció mamá, y nos reímos las tres. —Y yo tengo que bañarme —dije, mirándome las manos manchadas de verde—. No puedo ir a una galería oliendo a tierra. —Para eso vine —anunció Chloé, tirando de mi brazo—. Arriba, ahora mismo. Yo te arreglo; el chófer puede esperar. Colgué el delantal detrás de la puerta y subimos al departamento, que ocupaba todo el piso encima de la tienda, con mis padres detrás de nosotras discutiendo sobre qué corbata le iba mejor al traje de papá. Chloé entró a mi cuarto como si fuera suyo, lanzó el abrigo sobre la cama y abrió mi armario con las dos manos. —No, no, no… —murmuraba, apartando camisas—. Esto no. Esto tampoco. ¡Aquí está! Sacó un saco cruzado color café claro, una blusa negra de cuello alto de manga larga y una minifalda plisada que casi nunca me ponía, y fue tendiéndolo todo sobre la cama. —Chloé, la falda es muy corta —protesté. —Es perfecta —respondió, poniéndomela contra la cintura—. Eres una artista, Mila, tienes que verte como una. Pero primero a la ducha, que yo busco los accesorios. Obedecí entre risas y quejas. Me tallé las manos bajo el agua caliente hasta que no quedó ni rastro de verde bajo las uñas; después me lavé el pelo, me envolví en la toalla y salí al cuarto goteando. Chloé ya había sacado mis aretes de aro, el collar con el corazón n***o y mis anillos dorados, y los había alineado sobre el tocador. Chloé estaba sentada en la cama, con una pierna balanceándose y la vista fija en su teléfono. —¿Pasa algo? —pregunté. Ella levantó la cabeza de golpe con una sonrisa en su rostro. —Nada, es mi tío. Quiere saber a qué hora llegamos; ya sabes cómo es de pesado con la puntualidad. Vístete, que luego te seco el pelo y te maquillo. Me puse la blusa y la falda con un cinturón de hebilla dorada, me subí las medias con cuidado para que no se corrieran y me senté frente al espejo. Chloé se colocó detrás de mí con el secador en una mano y mi barbilla entre los dedos de la otra; me secó el cabello despacio, mechón por mechón, y dejó que mis ondas rubias me cayeran sueltas sobre los hombros. Después me pintó los labios de un rojo oscuro, casi vino, y me delineó los ojos, el azul y el verde, con tanta calma que por un momento el reflejo me pareció de otra persona: alguien mayor, más segura. —Mírate —susurró, apoyando la barbilla en mi hombro—. Si Kai y Kael te ven así, no te sueltan en toda la noche. —¡Chloé! —me reí, dándole un manotazo—. Que no voy a conquistar a nadie; solo quiero ver los cuadros. —Claro, claro —canturreó—. Los cuadros. Me ajustó el cuello de la blusa, me acomodó el collar y retrocedió un paso con las manos en la cintura. —Perfecta. Ahora yo. Se cambió en mi cuarto sin pudor alguno, con un vestido blanco de seda que sacó de su bolso y que, según ella, llevaba toda la semana esperando esta noche. Yo me puse el reloj de correa negra y me abroché los zapatos de charol con plataforma, mirándola por el espejo, y sentí esa cosa tibia que siempre me daba su compañía. Tres años de apuntes compartidos, de óleos mal secados, de madrugadas en la biblioteca y de confidencias que no le había contado a nadie más. Chloé era mi mejor amiga, la hermana que mis padres nunca me dieron. Del otro lado de la pared se oía a papá quejándose de la corbata y a mamá riéndose de él; esos dos llevaban veintidós años de matrimonio y todavía se peleaban por tonterías como si fuera su deporte favorito. —¿Lista? —preguntó Chloé, con el bolso al hombro. —Lista. —Tomé mi bolso de cuero n***o y me colgué el saco en el brazo. Bajamos con los tacones resonando en cada escalón. En la puerta de la tienda nos esperaban mis padres: papá con un traje gris oscuro hecho a medida, tirando del cuello de la camisa como si le apretara, y mamá con un vestido azul marino de corte elegante y el pelo recogido. Ella me miró de arriba abajo con una sonrisa enorme. —Estás preciosa, mi niña. —Mamá, que solo es una galería —respondí, riéndome. —Pues la galería tiene suerte —intervino papá, y me guiñó un ojo—. Y yo tengo a mi hija más guapa que todas las obras juntas. Frente a la puerta esperaban dos coches negros, uno detrás del otro; el segundo, el que habían mandado para mis padres, tenía los cristales tan oscuros que no se veía nada del interior. —Mis tíos no hacen las cosas a medias —dijo Chloé, con esa risa suya de siempre. Me puse el saco mientras caminaba hacia el coche. Un chófer abrió la puerta para mis padres, que subieron todavía discutiendo por la corbata; el otro abrió la mía, y Chloé me empujó con suavidad hacia los asientos de cuero. —Vas a ver —me dijo, apretándome la mano cuando arrancamos—. Esta noche va a ser inolvidable. Le devolví el apretón y me acomodé en el asiento, con el segundo coche siguiéndonos de cerca por las calles de París.
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