El calor de la chimenea me golpeó el rostro apenas cruzamos el salón. Kael avanzó un paso delante de mí, con el porte erguido de siempre, y yo lo seguí de cerca, obligándome a mantener la barbilla en alto y la respiración controlada, repasando por dentro cada palabra de advertencia que él mismo me había susurrado apenas unos segundos antes.
Ahí estaban. Cordelia y Kalen, sentados en el sofá más cercano al fuego, con copas de vino tinto entre las manos, exactamente como los recordaba desde la conferencia en la universidad, aunque ahora el peso de su presencia se sentía distinto, mucho más cerca, mucho más real, sin el auditorio entero de por medio para diluir la intensidad de sus miradas. El aire del salón parecía doblarse discretamente hacia ellos, como si cada objeto y cada persona presente girara alrededor de su voluntad.
Sentí que la guardia se me afilaba por dentro, esa parte fría y calculadora que había aprendido, buscando cualquier grieta detrás de la cordialidad que ya empezaba a insinuarse en sus rostros. Kai se adelantó entonces, apareciendo desde algún rincón de la sala con esa sonrisa amplia que tanto lo caracterizaba, y me rodeó la cintura con un brazo firme, atrayéndome hacia su costado con una naturalidad posesiva que no dejaba espacio para ninguna duda sobre a quién pertenecía yo esa noche frente a sus padres.
—Aquí está —anunció él, con un orgullo que se le desbordaba en cada palabra—. Mamá, papá, ella es Mila.
Cordelia se puso de pie casi de inmediato, dejando la copa sobre la mesa auxiliar con un gesto ágil, y caminó hacia mí con los brazos ya abiertos, envolviéndome en un abrazo cálido que olía a un perfume dulce y anticuado.
—Por fin puedo conocerte en persona, querida —exclamó, apartándose apenas para sostenerme por los hombros y examinarme de arriba abajo con una devoción que resultaba perturbadora precisamente por lo genuina que parecía—. Eres incluso más hermosa de lo que Kai me había contado, y eso que ya me había dejado sin palabras solo con describirte.
—Gracias —murmuré, dejando que una sonrisa tímida se me dibujara en los labios, sintiendo todavía el calor de sus manos sobre mis hombros—. Es un placer conocerla también.
—El vestido te sienta como si lo hubieran cosido pensando únicamente en ti —añadió ella, deslizando los dedos dobre mi hombro, con un cariño que parecía sincero hasta la última fibra—. Espero que la ropa que mandé hacer haya sido de tu agrado. Le di instrucciones muy precisas a mi asistente sobre tus medidas, aunque confieso que no dejaba de preguntarme si el color n***o terminaría por sentarte tan bien como me lo imaginaba.
—Todo ha sido perfecto, de verdad —respondí, obligándome a sostenerle la mirada sin que ni un solo destello de la repulsión que sentía se filtrara entre mis palabras—. No tenía que haberse molestado tanto por mí.
—Nada es una molestia cuando se trata de la familia —replicó ella, tomándome de la mano con una firmeza cariñosa mientras me guiaba de vuelta hacia el sofá—. Ven, siéntate con nosotros. Cuéntame sobre tus estudios, Kai me ha dicho que pintas con un talento excepcional para tu edad.
Kalen no se levantó del sofá, pero sí giró la cabeza hacia mí con un movimiento pausado, recorriéndome con esa mirada evaluadora que ya le había conocido en la conferencia, la misma que me hizo sentir, por un instante, como una pieza sometida al escrutinio de un comprador antes de decidir si merecía un lugar en su colección.
—Mila LeBlanc —dijo, con esa voz grave que llenaba el espacio sin necesidad de alzar el tono, como si cada palabra suya llevara implícito un peso que nadie se atrevería jamás a cuestionar—. Había escuchado hablar mucho de ti estas últimas semanas, aunque debo admitir que ninguna descripción te hace justicia del todo.
—Gracias, señor Sokolov —respondí, inclinando apenas la cabeza con una cortesía medida, sintiendo el peso de su mirada como algo físico sobre los hombros.
Él esbozó una sonrisa breve, apenas perceptible, y desvió la mirada hacia sus hijos con un gesto lento que parecía cargado de significado.
—Veo que hicieron una buena elección —comentó, dirigiéndose a Kael y Kai con un tono de aprobación tranquila, la clase de comentario que se pronuncia entre quienes comparten un entendimiento que no necesita explicarse en voz alta—. La familia va a estar orgullosa de ustedes dos.
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda entera ante esas palabras, la confirmación helada de que todo aquello, mi presencia en el salón, el vestido, el escrutinio silencioso, no era más que la validación de una tradición que ya conocía demasiado bien gracias a las palabras de Kael el primer día. Mantuve, sin embargo, la sonrisa en su lugar, dejando que Kai me apretara apenas la cintura con orgullo renovado ante el comentario de su padre, mientras Kael, desde un costado de la sala, se limitaba a observar la escena con esa media sonrisa torcida que nunca terminaba de revelar del todo lo que pensaba.
Nos sentamos poco después alrededor de la mesa del comedor, donde Yelena había dispuesto una cena elegante de varios tiempos, con copas de cristal fino que un hombre de traje oscuro se encargaba de mantener siempre llenas de vino tinto apenas bajaban un poco de nivel. Cordelia se sentó a mi izquierda, insistiendo en conocer cada detalle de mi vida en París, de mis estudios en la École, de mi madre y su floristería, y aunque cada mención de mi hogar me apretaba el pecho con un dolor sordo, respondí a cada pregunta con una calma cuidadosa, sin que ni un solo rastro de mi verdadero dolor se filtrara entre mis palabras.
Kalen, desde la cabecera, participaba en la conversación con comentarios breves y medidos, preguntando en un momento sobre las técnicas que empleaba en mis bocetos, y en otro, sobre qué pintores admiraba más, siempre observándome de reojo con esa atención evaluadora que no terminaba de desaparecer del todo, como si cada respuesta mía fuera apenas un dato más que sumar a un archivo que llevaba tiempo construyendo sobre mí.
Bebí más vino del que debía. Cada vez que la copa bajaba de nivel, unas manos discretas volvían a llenarla, y yo, buscando desesperadamente algo que suavizara el peso entero de la noche sobre mis hombros, terminé aceptando cada nueva copa sin oponer ninguna resistencia. El calor del alcohol empezó a subirme por el pecho poco a poco, aflojando el nudo tenso que llevaba días cargando, difuminando los bordes filosos de mi propia guardia hasta convertirlos en algo mucho más blando, más manejable, más peligroso, mientras la risa se me escapaba con una soltura que ya no intentaba controlar del todo cada vez que Kai me susurraba algún comentario al oído.