CAPÍTULO | 15

1508 Words
DOMINGO 15, MARZO, 2020. El segundo día de mi cautiverio comenzó de la misma forma que el primero, con el peso pesado del sueño todavía instalado en mis párpados y el sonido metálico y frío del cerrojo abriéndose desde el otro lado de la puerta antes de que yo siquiera hubiera terminado de despertar por completo. Me quedé quieta sobre el colchón durante varios minutos, con la mirada fija en las molduras del techo, escuchando el silencio absoluto que envolvía cada rincón de la habitación, mientras intentaba reunir el valor necesario para enfrentar otro día entero dentro de éstas cuatro paredes. Daria entró poco después, con la misma bandeja cargada de té caliente y algo de pan recién horneado, y me dejó sola de nuevo sin decir mucho más que un saludo breve y cortés. Comí apenas un par de bocados antes de apartar el plato, sintiendo que el apetito seguía sin regresar del todo, y me levanté despacio de la cama, caminando descalza sobre la alfombra suave hasta llegar a la ventana alta que ocupaba buena parte de la pared frente a mi cama. Corrí las cortinas pesadas con un gesto lento, dejando que la luz gris de la mañana entrara de golpe hacia la habitación, y me quedé un instante parpadeando contra el resplandor antes de fijar la vista en lo que se extendía al otro lado de la ventana. Desde ahí alcanzaba a distinguir apenas una fracción del jardín trasero, un fragmento de senderos de piedra y arbustos podados con precisión que se perdían hacia un costado de mi campo de visión, junto con la silueta borrosa de un árbol grande y desnudo cuyas ramas se mecían despacio con el viento. No podía ver mucho más desde ese ángulo, pero fue suficiente para que algo dentro de mi pecho se apretara con una mezcla extraña de anhelo y desconfianza, la misma sensación que llevaba sintiendo desde que había despertado en está habitación. Me quedé ahí parada varios minutos, con la frente casi rozando el frío de la ventana, preguntándome cuánto tiempo más tendría que pasar antes de que me permitieran pisar ese pedazo de tierra que se veía tan cerca y, al mismo tiempo, tan completamente fuera de mi alcance. Finalmente aparté la mirada y decidí meterme a bañar, buscando en el agua caliente algo parecido a un consuelo que no encontraba en ninguna otra parte. Dejé que el chorro me golpeara los hombros durante mucho más tiempo del necesario, con los ojos cerrados y la mente perdida entre recuerdos de mi madre, del aroma de las flores en su tienda, de la risa de mi padre en las mañanas de domingo, todo eso que ahora se sentía tan lejano que dolía como una herida abierta. Cerré la llave del agua cuando sentí que los dedos empezaban a arrugárseme, y tomé la toalla grande del perchero para envolverme el cuerpo, usando otra más pequeña para escurrir el exceso de agua de mi cabello. Salí del baño todavía absorta en mis pensamientos, frotando los mechones húmedos con movimientos distraídos, sin prestarle demasiada atención a nada de lo que me rodeaba, hasta que una voz grave y pausada me habló directamente al oído, tan cerca que sentí el aliento cálido rozándome la piel. —Te ves preciosa así, recién salida del agua. Pegué un salto que me sacó el aire de los pulmones de golpe, girándome con el corazón desbocado contra las costillas, encontrándome de frente con la mirada azul y fría de Kael, parado justo frente de mí, con esa media sonrisa torcida que ya empezaba a reconocer demasiado bien. —¡Kael! —exclamé, llevándome una mano al pecho, sintiendo el pulso golpearme con violencia bajo la palma—. No te escuché entrar en absoluto. —Eso no habla muy bien de tus reflejos —respondió él, sin ninguna prisa por explicarse más, recorriéndome con la mirada de una forma lenta y descarada que me hizo apretar la toalla con más fuerza contra el cuerpo—. Vas a tener que aprender a estar más alerta, bonita. Sentí que el calor me subía por el cuello, una mezcla incómoda de vergüenza y algo más que no quería nombrar del todo, mientras él seguía parado ahí, sin ninguna intención aparente de apartar los ojos de mí. Recordé entonces la lección que había aprendido apenas el día anterior: gritar no servía de nada en esta casa, y la rabia solo terminaba conmigo inmovilizada contra el pecho de alguno de los dos. Respiré hondo, obligándome a sostenerle la mirada con una calma que no sentía en lo absoluto, y dejé que una sonrisa pequeña, casi juguetona, se me dibujara en los labios. —Deberías avisar antes de aparecerte así detrás de una mujer —dije, ladeando apenas la cabeza, con un tono que buscaba sonar más coqueto que ofendido—. Vas a terminar provocándome un infarto uno de estos días, Kael. Algo cambió en su expresión al escucharme, un destello de sorpresa genuina que cruzó sus ojos azules antes de que la media sonrisa se le ensanchara un poco más, esta vez con un dejo de aprobación que no supe si me tranquilizaba o me asustaba todavía más. —Me gusta que ya no me tengas tanto miedo —dijo, dando un paso hacia mí, reduciendo la distancia entre los dos con esa elegancia depredadora que lo acompañaba—. Aunque debería advertirte que un infarto sería lo menor de tus preocupaciones si sigues mostrándote tan bonita frente a mí con solo una toalla encima. —Entonces tal vez deberías dejarme vestir en paz —respondí, dando un paso hacia atrás con una risa suave, sintiendo que el corazón todavía me latía demasiado rápido, aunque por razones que ya no lograba distinguir del todo bien. —Tienes razón —concedió él, sin borrar esa sonrisa torcida de los labios—. Vístete. Tenemos algo que enseñarte hoy. No dijo nada más al respecto, simplemente se quedó ahí parado, observándome con esa paciencia inquietante mientras yo caminaba hacia el armario, todavía envuelta en la toalla, buscando cualquier excusa para alejarme un poco de su mirada. Abrí las puertas de madera de par en par, y me quedé completamente congelada frente a lo que encontré adentro. El armario estaba lleno por completo de ropa nueva, decenas de prendas colgadas con cuidado, dobladas en los estantes o guardadas en cajas con moños delicados, todas ellas, sin ninguna duda, exactamente de mi talla. —¿Qué es todo esto? —pregunté, girándome hacia Kael con una expresión de auténtico desconcierto, pasando los dedos sobre las telas suaves de algunas blusas que colgaban frente a mí. Kael se encogió de hombros, con ese aire de indiferencia que usaba siempre para las cosas que consideraba sin importancia, caminando despacio hacia la ventana mientras hablaba. —Mi madre mandó a comprar todo esto para ti —respondió, con un tono aburrido, casi como si estuviera hablando del clima—. Le dio tus medidas a su asistente ayer mismo, y esto es lo que llegó esta mañana temprano mientras dormías. Va a seguir llegando más con el paso de las semanas, así que acostúmbrate. Asentí despacio, sintiendo un escalofrío recorrerme la espalda al imaginar a Cordelia Sokolov, una mujer que todavía no conocía del todo, ordenando ropa nueva para mí como si yo fuera una muñeca a la que había que vestir según su propio gusto. Sin embargo, mantuve la sonrisa en su lugar, dejando que Kael creyera que la noticia me parecía halagadora en vez de aterradora. —Es un gesto muy generoso de su parte —dije, pasando los dedos por una chaqueta de cuero que colgaba cerca del centro del armario, buscando entre las prendas algo que pudiera ponerme sin sentir que estaba jugando un papel demasiado obvio frente a Kael. Terminé escogiendo una camisa tipo polo, corta y de manga larga, con un patrón de rayas gruesas en blanco y n***o y el cuello en un blanco contrastante, junto con unos vaqueros negros desgastados de tiro alto y pierna ancha que colgaban en una percha cercana. Añadí unos botines de tacón medio en cuero n***o, con la punta afilada y la caña ajustada al tobillo, y reuní todo el conjunto entre mis brazos antes de girarme de nuevo hacia Kael, que seguía observándome desde la ventana con los brazos cruzados sobre el pecho. —Voy a cambiarme —anuncié, caminando hacia la puerta del baño con el conjunto apretado contra mi cuerpo. —Te espero aquí —respondió él, sin ningún indicio de moverse de su lugar. Cerré la puerta del baño detrás de mí con un alivio silencioso, dejando escapar el aire que llevaba conteniendo desde que su voz me había sorprendido en el oído minutos antes. Me vestí con rapidez, ajustando el cinturón de los vaqueros y abrochando los últimos botones de la camisa frente al espejo, y me tomé un momento adicional para peinarme el cabello, dejándolo caer liso sobre los hombros tal como me gustaba.
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