CAPÍTULO | 20

1213 Words
—Esto es lo que se pondrá esta noche, señorita LeBlanc —dijo Daria, señalando con cuidado hacia los complementos dispuestos con precisión sobre el tocador: unas sandalias negras de charol con tacón dorado grabado en un patrón geométrico, un reloj de oro amarillo con brazalete flexible, un collar delgado con un dije en forma de trébol de cuatro hojas y unos aretes a juego. Junto a todo aquello, un frasco de perfume esperaba, ya destapado, dejando escapar una fragancia suave y fresca que se mezclaba con el aroma de la habitación entera, envolviendo cada rincón con una dulzura discreta. —Gracias, Daria —respondí, acercándome despacio a examinar cada prenda, pasando los dedos sobre la tela fría del satén con una mezcla de asombro genuino y un nudo apretado en el estómago que no lograba disolver del todo por más que lo intentara. Ella asintió con su cortesía habitual y salió de la habitación sin decir nada más, cerrando la puerta con un chasquido suave a su espalda. Me quedé sola un instante, observando el vestido extendido sobre la cama, antes de caminar hacia el baño y empezar a desvestirme despacio, todavía con la advertencia de Kael resonándome en algún rincón de la cabeza. El agua caliente de la ducha me golpeó los hombros con una fuerza reconfortante, ayudándome a soltar apenas un poco de la tensión que llevaba acumulada desde la conversación en el comedor. Me lavé el cuerpo y el cabello con calma, dejando que el vapor llenara el espacio entero y empañara por completo el espejo colgado sobre el lavabo, y cerré la llave solo cuando sentí que el sopor del agua caliente había hecho su trabajo sobre mis músculos entumecidos. Envolví mi cuerpo con la toalla grande y usé otra más pequeña para escurrir el exceso de humedad de mi melena, antes de sentarme frente al espejo del tocador con la secadora en mano, dispuesta a dedicarle a mi apariencia todo el cuidado que la ocasión parecía exigir. Sequé mi cabello mechón por mechón, cuidando que el rubio recuperara ese brillo suave que tanto me gustaba, y lo dejé caer liso sobre los hombros con la misma caída perfecta que solía llevar en mis mañanas parisinas, antes de que mi vida entera se hubiera partido en dos la noche del asesinato de mi madre. Me vestí despacio, subiendo la cremallera lateral del vestido con cuidado, sintiendo la tela fría deslizarse sobre mi piel como una segunda naturaleza silenciosa que nadie más que yo sabía que llevaba puesta. Me calcé las sandalias, ajusté el broche del reloj alrededor de mi muñeca y terminé de colocarme el collar y los aretes frente al espejo, observando el reflejo de una mujer que apenas reconocía como propia, envuelta en satén n***o y oro, preparada para un escrutinio que no había pedido ni deseaba. Me maquillé con manos firmes, aplicando una base ligera, resaltando mis pestañas con rímel hasta acentuar el contraste entre mis dos ojos, y coloreando mis labios con un tono oscuro que combinaba con el vestido a la perfección. Terminé de peinar mi cabello dejándolo caer natural sobre los hombros, y me rocié el perfume sobre el cuello y las muñecas, dejando que la fragancia se asentara sobre mi piel como el último detalle de una obra que no había elegido representar. Me quedé un instante frente al espejo, respirando hondo, repitiéndome una vez más que solo tenía que sostener la máscara unas horas más, que la noche terminaría igual que todas las demás, encerrada detrás de una puerta que ya no cerraban con llave pero que seguía siendo, en el fondo, tan infranqueable como el primer día. Un golpe suave resonó contra la puerta apenas unos minutos después, sacándome de golpe de mis propios pensamientos. —Adelante —dije, girándome despacio hacia la entrada, con la barbilla en alto y la respiración ya controlada. La puerta se abrió y Kael cruzó el umbral, vestido con una camisa negra de botones, entallada al cuerpo, con las mangas remangadas a tres cuartos y los primeros botones superiores abiertos, dejando ver apenas el inicio de una cadena delgada de oro que colgaba sobre su pecho. Llevaba un pantalón de sastre en un tono beige claro, y calzaba unos mocasines negros pulidos que completaban el conjunto con esa elegancia natural que parecía acompañarlo siempre, sin ningún esfuerzo aparente de su parte. Se detuvo a mitad de la habitación, recorriéndome con la mirada de arriba abajo con una lentitud que no intentó disimular en lo absoluto, y una sonrisa lenta, casi orgullosa, se le fue dibujando en los labios mientras terminaba de examinarme de pies a cabeza. —Te ves espectacular —dijo, con una sinceridad que se filtró a través de su tono neutro habitual, sorprendiéndome un poco por lo genuina que sonó—. Mis padres van a quedar encantados con la impresión que causes esta noche, Mila. Forcé a mis mejillas a encenderse, dejando que un ligero rubor teñido de vergüenza fingida me subiera por el cuello hasta las orejas, y bajé la mirada apenas un segundo antes de volver a sostenerla frente a él con una timidez cuidadosamente calculada. —Gracias, Kael —murmuré, sonriendo con la misma calma cuidada que ya había perfeccionado, aunque por dentro cada palabra suya se sintiera como un peso más añadido a la mentira que llevaba cargando sin ningún descanso. Él extendió el brazo hacia la puerta, indicándome con un gesto simple que lo siguiera, y caminamos juntos hacia la escalera principal, con el eco suave de mis tacones resonando contra la madera del pasillo mientras dejábamos atrás la habitación que, por unas horas más, había servido de refugio. Bajamos los escalones uno por uno, y justo antes de llegar al final, cuando el murmullo distante de voces provenientes de la sala de estar empezaba a filtrarse con más claridad entre las paredes, Kael se detuvo de golpe, obligándome a frenar también a su lado sin previo aviso. Levantó la mano y me sostuvo la mejilla con firmeza, sus dedos fríos presionando apenas contra mi piel recién maquillada, girando mi rostro hacia él para que lo mirara de frente sin ninguna posibilidad de esquivarlo ni de apartar los ojos. —Escúchame bien —dijo, con la voz baja y pausada, cargada de esa frialdad letal —. No intentes nada estúpido esta noche. Mis padres no van a tener la misma paciencia que Kai y yo hemos tenido contigo durante estos días. —No pensaba intentar nada —respondí, sosteniéndole la mirada con una firmeza que me costó cada gramo de calma que me quedaba, sin permitir que ni un solo temblor se filtrara en mi voz ni en la expresión de mi rostro. —Eso espero —murmuró él, soltando por fin mi mejilla con la misma lentitud con la que la había tomado, sin apartar sus ojos azules de los míos ni un instante. No respondí nada más. Me limité a asentir despacio, sintiendo el corazón latiéndome desbocado contra el pecho mientras Kael retomaba el paso hacia la sala de estar, dejando que el murmullo de voces desconocidas se hiciera cada vez más claro con cada paso que dábamos hacia el encuentro que llevaba horas temiendo desde que había escuchado la noticia.
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