Capítulo 5
REBECCA
Crecer. Cuando era niña me había planteado cientos de veces que cuando yo creciera sería diferente, que sí me esforzaba tanto en ser buena persona nadie podría herirme, ¿No es así cómo funcionaba la vida? Ser una buena persona... ¿No te hacía inmune a ser dañada? No. Esa era la respuesta.
Siempre tenía aquella sensación en el vientre de... De ser buena persona y que de ser así los problemas se alejarían, nunca habría errado tanto en la vida cómo cuando pensé en ello. Las personas buenas salían heridas y las malas rara vez tenían un escarmiento. Así funcionaba la vida.
Pero con el pensamiento que había tomado cuando era una niña, habría dado todo; desde niña habría sido todo lo que mis padres querían—y más—, pero nunca me habría funcionado, puesto que mi brillo jamás habría llegado a tener comparación ni cercanía al brillo de la gemela estrella; Renata. Ella se mofaba de mí a diario, en cada uno de los pequeños segundos que tenía el día ella se encargaba de hacerme dar a ver que las.cosas eran así, decía "Aún no entiendo como dos personas completamente iguales de pies a cabeza eran tan diferentes, una feliz y la otra... Tan lejana a la felicidad, ¿Cómo la vida puede ser tan diferente para ambas? ¿Cómo una podría ser estrella y la otra estrellada?". Tampoco lo sabía por mucho que me habría esforzado en entenderlo.
Corrí con la fuerza que mis piernas me dieron a la máxima velocidad posible que pude, el viento chocaba con mis lágrimas mezclándose en un modo tan desastroso, haciendo que me sintiera patética y de un modo... Él lo sabía y, creo que justamente era lo que quería lograr dentro de mí, quería disparar directamente en mi corazón, seguí corriendo con la vida hecha cachitos, subí las escaleras y me adentré a mi departamento con el alma en mis pies, helada, mi vida se habría roto en mil maneras posibles. Apenas me adentré me recargue en la puerta con un sollozo saliendo de mis labios, dejándome caer lentamente por esta sintiéndome una nulidad. El corazón me dolía, estaba pequeño y herido en mil millones de maneras posibles, era un fiasco. No me sentía bien y eso era tan, pero tan evidente. Yo habría comenzado a dar pena.
Me preguntaba cómo es que Zack... ¿Cómo habría encontrado las palabras exactas para herirme? Habría dicho lo exacto para herirme y generarme el dolor dentro de mi pecho con furia, respirar comenzaba a doler. Y, a pesar de que no quería darle el poder, no quería que él tuviera ese control sobre mí, pero lo tenía, no quería que sintiera que él ganó. Pero al final del día, fue lo que hizo.
Mis ojos chocaron con una fotografía, y ahí estaba el dolor a viva imagen, los quería pero a veces era tan difícil seguir en ello, seguirles el paso. Me levanté y limpié las lágrimas de mis ojos para sujetar entre mis dedos, éramos Renata, Zack, Esteban y yo, en algún universo nosotros habríamos sido felices, cercanos y no nos habríamos lastimado. En algún momento crecimos y dos de los que se encontraban en la fotografía habrían comenzado a brillar de un modo espléndido, opacando el brillo de los otros dos, a los ojos de los demás, yo creía que todos teníamos un brillo único, pero no todos se enamoraban de nuestro brillo, sino del de Renata y Zack, que parecían amar con fuerza esto, sobresalir.
Todo cambio para nosotros, para los cuatro. Las tonalidades de los colores, las estaciones y las posiciones de las estrellas, nada volvió a ser igual para ninguno de nosotros, y eso me dolía en el corazón porque en algún punto ellos eran buenos... No buscaban hacernos sentir mal, ahora las cosas eran así, ahora las heridas no eran raspones en las rodillas y golpes en el dedo chiquito del pie, eran palabras llenas de odio y acciones que no podrían tener reparo, no tendríamos una máquina del tiempo que cambiará el pasado.
Tiré con furia varias cosas, escuchando sonidos de cristales romperse, no pensaba, la tristeza me consumía como un cigarro, escuchaba los sonidos de los cristales, ni siquiera eso podía calmarme, noté cómo una de las cosas que caían era aquella fotografía al piso, me inqué de rodillas sin importarme mucho los cristales en el suelo y tomé la fotografía entre mis dedos con tristeza.
—¿Por qué es tan difícil ser feliz?—Solloce dejando caer la cabeza hacía atrás.
Me preguntaba si... En realidad era tan difícil esto, ¿En realidad valía la pena todo esto? ¿El dolor que se sentía en mi pecho algún día se iría?
Miré mi casa y el desastre que se había hecho, con los cristales, con la porcelana, con mis cosas... Hacía todo esto por Demian, era lo que tenía en mente o mínimo lo que quería recordar, tenía que recordar eso solamente; que aquí lo único que habría era un contrato, no amor. Un contrato que especificaba que me casaría con Zack, nosotros nos casaríamos y él me ayudaría a pagar el tratamiento de Demian, así él heredaria la empresa de su abuelo.
Me levanté para después caminar hacía mi habitación, tome una de las fotografías de nosotros cuatro, Renata, Zack, Esteban y yo, en algún momento los cuatro crecimos y el mundo cambio para todos nosotros, cambio en cientos de tonalidades y nada volvería a ser igual, y eso me pesaba en el corazón, porque ahora las heridas no eran raspones en las rodillas, eran palabras llenas de odio. Tire la fotografía al suelo y limpie nuevamente mis ojos, ¿En realidad valía la pena esto? ¿El dolor que sentía en mi pecho?
Caminé hacía mi habitación y saque una maleta a regañadientes tirando esta al suelo.
—Tu jodida muñeca la tendrás en tu puta casa—, susurré en un hilo de voz—, Con los accesorios que tu quieras, puedes cambiarle la ropa, ¿No te gusta el peinado? ¡Cámbialo!
Mis palabras eran en tono de comercial, pero llenas de furia y tristeza, metía mi ropa del mismo modo, como si quisiera herirla del mismo modo en el que me sentía herida yo. Mi mundo cada vez se hacía más y más pequeño, en mi corazón, mi cuerpo y mi vida, todo se sentía como pequeños pinchazos en el cuerpo. La ropa la habría metido tan mal que me preguntaba si la maleta podría cerrar.
Salí de mis pensamientos cuando el timbre comenzó a resonar chocando con las paredes, una y otra, otra vez. No me inmute, limpie las lágrimas de mis ojos y solté un sollozo.
Mi hermana. Renata tenía una buena vida, tenía todo lo que ella habría deseado—y más—se habría escapado de la boda espantosa con Zack y al haber fingido su muerte trágica, todo fue más fácil para ella. Ahora ella hacía todo lo que le nacía del... Mientras que yo, hacía al pie de la letra lo que mis padres querían, lo que todos querían. La bilis habría crecido en mi garganta recorriendo desde mi estómago, ya no sabía si era tristeza, era enojo... O en realidad todas mis energías se habrían agotado de mi cuerpo. Quería sacar el pensamiento de querer golpear a Zack de mi cabeza, gritarle lo furiosa que estaba, pero no tenía caso, ni Renata, ni Zack, ni nadie...
—¡Rebecca! ¡Abre! —la voz de ella resonó, fruncí las cejas. ¿Qué hacía Renata aquí?—, ¡Por favor, abre!
Cerré la maleta y por un par de segundos pensé en ello. No quería verla.
Se burlaría de mí, seguramente. Cómo lo a hecho toda la vida. Pensé.
Pensé en ignorar el timbre pero los golpes en la puerta y su voz resonando una y otra vez impedía eso por completo, por más que lo deseara. Rodé los ojos y con pasos molestos me dirigí a la puerta para abrirla con furia y un grito lleno de furia saliendo de mis labios.
—¡Que quieres Rena...!—, Abrí los ojos a par y mis palabras que atoraron en mi garganta.
No sabía que pensar; mucho menos en cómo podría completar la oración, me quedé callada. Los ojos de él me miraban con atención, sabía que la voz que habría escuchado era de Renata, ¿Cómo era posible que él no la viera? Me di cuenta que en sus ojos había cierto toque de culpa, quizá la sentía, pero no cambiaría nada, en realidad puesto que... Sus palabras ya me habrían herido por completo. Además seguramente me habría inventado la culpa yo. Él era un hielo de persona, no sentiría remordimiento, ni nada por nadie para ser honestos.
Seguramente disfruto el herirme.
Bendito idiota.
—¿Rena...?—, siguió esperando que continuará la oración—, ¿Qué ibas a decir?
—Nada. Estoy ocupada, ¿Puede irse?—, pedí con un hilo de voz.
Sus ojos miraron dentro de la casa, sus cejas se fruncieron ligeramente intentando entender que había pasado dentro de aquí, pero no había algo que yo quisiera decir.
—¿Paso un torbellino por tu casa?—preguntó. Recargué mi peso en la puerta y encogí mis hombros—, ¿Se metieron a robar?
—No. ¿Qué necesita?
Tomó las palmas de mis manos mirándolas, habían ligeros y pequeños vidrios incrustados en ellas, por el calor del momento quizá no me di cuenta, ni de la sangre que recorría estás.
—Te hiciste daño.
—Ya—, dije quitando mis manos. Para caminar al lavabo y abrir la llave, el agua se mezclo con el agua.
Solté un suspiro. Para ver mis manos llenas de heridas pequeñas. Seguramente en algún momento comenzaría a doler.
—¿Quieres ir a un hospital?
—Quiero dormir. ¿Puede irse?—, pedí en un hilo de voz.
—Nos iremos ambos—Ordenó. Solté un suspiro—¿Ya tienes tus cosas Rebecca?
—Sí. Ya están listas Sr. Bennet—, dije seca. Para caminar hacía mi habitación con la bilis aún en mi garganta. Me sentía una nulidad—, Dame un minuto.
—¿Señor Bennet?—preguntó con las cejas alzadas.
Quería responderle cada cosa que me decía y quería llorar nuevamente, pero me límite a mirarle por un par de segundos notando que estaba confundido. Pensé en la respuesta que quería darle pero me mordí la lengua y acalle mis pensamientos. Sus facciones se relajaron apenas notó que habría dejado de pelear. Mis facciones al contrario se relajaron por completo, solo pensaba en él burlándose de mí, y eso me dolía.
Tenía razón, nadie podría enamorarse de mí.
Y quizá eso era lo que dolía, no me amaba yo... ¿Cómo podría amarme alguien más?
—Ahora salgo—, me límite a decir.
Entré por mis cosas cerrando la puerta recargando mi peso en esta con tristeza. Ser buena persona en realidad dolía demasiado. ¿Por qué seguía esforzándome en serlo?
Miré por última vez mi habitación, esta casa era el único lugar en donde yo creía que estaba a salvo, donde los demás no podrían entrar a herirme. Ahora tenía yo que salir de aquí.
Tomé mis cosas y salí de la habitación sintiendo como el agarre a estas me dolía presionando las heridas de mis manos.
—¿Eso es todo?—cuestionó. Asentí ligeramente—, Perfecto. Vamonos.
Asentí. Vendría a limpiar después aquellos cristales o quizá los dejaría como la marca de que no solo se habría comenzado a destruir mi vida, si no también el exterior. Tenía siete cuando me enamoré de él, un amor puro... Y seguramente aquel sentimiento se iría. Eso esperaba.
Estuvo por tomar mis cosas pero no lo deje, no quería absolutamente nada de él.
Ambos caminamos en dirección de las escaleras bajando de aquel edificio en completo silencio, parecía que ninguno de los dos tenía algo que en realidad importará o fuera bueno terminar por decir.
—Ah, Rebecca... Sobre lo de hace rato...—Comenzó, pero lo interrumpí.
—Algo debe de quedar claro—carraspeo. Dejando la maleta en la cajuela—No tienes que hablarme todo el tiempo. No somos nada, tú necesitas un matrimonio para heredar la empresa. Y yo necesito dinero para salvar a mi hermano. Estamos juntos porque nos arreglaron un matrimonio. No porque nos llevemos bien, no por nada, que no sea laboral.
Nada real.
No deje que contestará. Salí casi corriendo del lugar subiendo al coche mordiendo nuevamente mi lengua acallando los pensamientos y las miles de palabras que llegaban a mí cabeza, no quería seguir pensando ni que el tuviera las de ganar. No quería seguir con esto.
Zack se quedó ahí, sin moverse por lo que fueron un par de segundos, para terminar por subir al coche, me preguntaba ¿Qué es lo que estaba pensando? ¿En realidad le afectaba lo que estaba sucediendo o solo quería fingir tener un corazón?
Pero sabía que en su cabeza no había pensamientos fuera de otra persona, sabía que él no sentía absolutamente nada por nadie.
Aun así deseaba que sintiera algo... Aunque sea un poco de culpa, pero eso no sucedería y no cambiaría absolutamente nada.
—Lo siento—dijo apenas subió al coche. Había un poco de culpa en su voz.
Quería fingir que lo entendía, pero en realidad no lo hacía. Le miré por lo que fueron un par de segundos esperando que esto cambiará aunque sea algo. Y en realidad... Pensé en aceptar sus disculpas pero no era así de fácil, aceptarlas no cambiaría nada.
Nada de lo que él dijera podría cambiar algo, porque el peso de las palabras eran fuertes y lo que sucedía era así, él ya me había dañado en miles de modos posibles.
Y ya había dicho con claridad lo que yo significaba para él.
—Da igual—, susurré.
ZACK
Ella no quería hablar conmigo y no lo podía hacer más evidente, era cómo si sintiera repulsión hacía mí, si sintiera que nada le podría cambiar lo que pasó.
No quise insistir en algo que yo no podía cambiar, así que me dedique a conducir en completo silencio, en algunas ocasiones miraba en su dirección, esperando que sus facciones se relajaran en algún momento. Pero no era así.
Ella se encontraba molesta con las mejillas coloradas y su pierna subiendo y bajando una y otra vez, esperando salir del coche. Se notaba a miles de kilómetros de distancia que ella estaba herida y en cierta parte la culpa llegaba a mí cuerpo a pesar de que no quería que fuera así. Sabía que no debí de comportarme del modo en el que lo hice, no debí haberlo hecho... Pero aquellas palabras habrían salido de mis labios con brusquedad, sin poder frenarlas; sabía que habría hecho mal...
Sabía que las palabras tenían el poder de curar... Pero también de herir y matar y yo habría dado directo a ella sin si quiera pensarlo. Siempre habría sido yo una persona que podía herir con las palabras con solo abrir la boca sin esforzarme.
Pero... Me habría molestado el hecho de que ella se encontrará tan cerca de Esteban, mirando directamente a sus ojos y coqueteando con discreción, Rebecca pensaba que estaba exagerando, pero no lo hacía, y ella no lo notaba.
No eran celos, era molestia con mi hermano, porque sabía lo que él quería, sabía lo que pensaba y lo que estaba planeando, sabía que no se detendría y que de un modo esperaba usar a Rebecca, en algo que ella no sabría si quiera en como poder enfrentarlo.
La relación con mi hermano de cierto modo siempre habría sido así, alguna vez llegamos a competir por chicas y ninguno de los dos se habría tentado el corazón en herir a la otra persona, por ello... Sabía que sus intensiones con Rebecca no eran las mejores.
—¿Entonces por qué te decidirás?—pregunté a lo que ella frunció las cejas ligeramente.
—¿Qué? —preguntó confundida. No me miraba y su mano sujetaba su cabeza—Ah... Yo, no quiero hablar con usted. Por favor.
En cierta parte me daba gracia que me hablará de usted, pero en otra me molestaba la frialdad con la que lo estaba haciendo en estos momentos, como si quisiera evitar por cualquier entrada en que pudiera entrar a su sentir, a ella.
Señor Bennet. Me quedé callado nuevamente presionado el volante con enojo, me enfureció que ella hablará de ese modo, que hablará así, que estuviera molesta. Pero en cierta parte también entendía porque me evitaba y porque no respondía mis preguntas.
Pero aquella frase "Nadie podría enamorarse de ti" me resonaba una y otra vez con fuerza, no debí de haberle dicho eso. No debí herirla.
Ella era guapa, bastante a decir verdad, espontánea y explosiva, tenía un carácter increíble.
Ella guardaba su personalidad en lo más profundo de su cuerpo mientras esperaba con fuerza ser otra persona, por el intentar complacer a alguien más, a su familia, a todos.
Recordaba como el brillo de sus ojos se habrían apagado apenas las palabras salieron de mis labios y como habría causado el daño necesario para que eso sucediera, recordaba como me pedía una y otra vez que parara, porque la estaba lastimando. Pero a pesar de ello no lo lograba.
Y no me detuve, no porque no quisiera parar, no quería lastimar a Rebecca pero de haber parado seguramente no habría lastimado del modo en el que lo habría hecho con Esteban.
Conduje lo que quedó del camino en completo silencio, no quería seguir presionando la herida que tenía, apenas apagué el auto ella bajo velozmente intentando escapar de mí, pero no le di el gusto, baje con ella tomando su muñeca frenando sus pasos, la acerqué a mí con un poco de fuerza haciendo que su cuerpo se estrellara a mí. Sus ojos se abrieron a par y una mueca llegó a sus labios casi instantáneamente.
—Por favor, suelteme—, pidió bajamente—, Ya... No me haga más daño, por favor.
—Rebecca...
—Seguiré el contrato solo... Paré.
—Deja de hablarme de usted, seré mayor que tú pero son pocos años—, le dije sin soltarle—, ¿Contrato? ¿Qué la niña dejó de estar enamorada de mí?
—Sí señor—dijo irónica. Para después mirar hacia otro lado—¿Por qué no lo admites?
—¿Admitir qué Rebecca?—, le atraje un poco más a mí mirando directamente a sus ojos—, ¿Qué quieres que admita?
Por un segundo pareció ser otra persona, casa cacho de ella cambió por completo y fue ahí cuando me di cuenta que quizá... Sí no cambiaba con ella, esta chica se haría fría, borde y otra... No como es ella, ni como Renata.
Simplemente todo lo que alguna vez fue ella cambiaría, dejaría de ser buena persona.
Me miro desafiante, se enderezó y una sonrisa borde iluminó su rostro, demostrándome que sentía que tenía las de ganar, quizá era algo diferenre... Ella miró hacía la casa para alzar las cejas.
—Podré ser patética. Pero se lo que siento, ¿Tú? —cuestionó, su mirada estaba llena de odio se acercó un poco más a mí—Necesitas que mami y papi te organicen tu boda. Me desprecias, yo hago esto por necesidad, ¿Pero tú? Hay cientos de chicas en esta ciudad, que amarían casarse contigo, pero tienes miedo.
Me sorprendió el uso de las palabras que uso, le miré con un poco de frialdad.
—¿De qué según tú? —le pregunté acercándola más, su mirada se oscureció—, ¿Yo de que podría tener miedo Rebecca? No seas absurda.
—Temes no poder tener controladas las cosas, así que te has buscado a una tonta que le han obligado a casarse—dijo enojada—, Una tonta, que quizá, la tendrías comiendo de tu mano... Pero tampoco soportarías eso, tú no conoces el amor Zack. No conoces nada que no se trate de ti. Jamás conocerás el amor.
—No colmes mi paciencia—le dije seco. Para mirar a sus ojos que estaban ligeramente cristalizados—Yo decidí que quería casarme contigo. Yo elegí con quien me casaría, yo elegí cuando. Tú serías mía, lo decidi y nada podría cambiar eso.
Sus cejas se arquearon con sorpresa por un par de segundos, como si aquello que dije fuera algo que ella no esperara por ni un solo segundo, quizá no lo hacía.
La acerqué a mí acorralándola entre el auto y yo, soltó un gemido ahogado ante la sorpresa y me miró con ambos ojos abiertos a par. Tomé su cintura y la acerqué a mí. Sus ojos me miraban confundida.
—¿Mami y papi me escogieron el matrimonio? —le pregunte. Me acerque a sus labios rozándolos, su piel se erizo y sus ojos me miraron con dolor—Creo que todos hicimos evidente lo obvio.
Rebecca me sonrió con cinismo y se apartó de mí. Para mirarme con un poco de enojo incrustado en sus ojos.
—Esta vez se equivoca, Señor Bennet. No hay nada evidente. Todo es laboral.
Rebecca salió de mi campo de visión tan rápido como llegó, por un momento pensé en que aquella oportunidad en donde tuve para salvar lo que habría hecho hace un rato la habría fracturado un poco más. Y no era algo que pudiera controlar, me esforzaba en hacerlo pero me resultaba difícil controlar mis palabras, mis acciones, me costaba mantenerme callado.
Me adentré a la casa notando cómo Nora me miraba con cierto toque de duda, esperando que dijera algo, no lo hice.
—¿Las cosas de la niña Rebecca en la habitación que le preparamos? —pregunto Nora. Negué las cejas de ella se fruncieron—¿Entonces?
—Rebecca va a dormir en mi habitación—Ordené, ella me miró con confusión esperando que dijera que bromeaba. No lo hacía.
—¿Esta seguro?
—Sí. Muevan las cosas a mi habitación ella estará ahí.
Ella asintió. Di un par de pasos caminando en direccion de donde se encontraba ella, viendo como Rebecca miraba la pared blanca. Nunca me había gustado tener cuadros ni cosas parecidas en las paredes. Había buenas obras de arte, sí. Pero ninguna me habría llamado para tenerla colgada. Tenía estatuas o cosas del estilo.
—¿En dónde dormiré? —preguntó con desdén.
Me posé a un lado de ella y le miré con frialdad. Para después seguir caminando en dirección de la cocina.
—En mi habitación.
Hubiera amado ver su rostro hecho un poema ante lo que le había dicho, seguramente esta se habría iluminado en algo tan gracioso. Ella me causaba eso, ese tipo de emociones.
—¿Quieres jugar? Vamos a jugar. Imbécil—susurró en voz baja
Rebecca y yo. Ella y yo siempre nos habríamos llevado así, durante un tiempo con menos intensidad, sabía que le gustaba en el momento que la vi acercarse a mí en son de paz, esperando que estas cosas fueran un poco más tranquila e intentando que no fuera un desastre, pero las cosas nunca habrían sido así de fácil.
Comenzamos a llevarnos bien, teniendo un par de gustos parecidos y las cosas parecían ir tomando una marcha positiva, hasta que algo cambió, comencé a salir con Renata y cualquier cosa que tendríamos juntos se fue al caño. Chocabamos tanto que parecía que habría una explosión en cualquier segundo a causa de nosotros. A causa de una química que no podíamos controlar..
Quizá sería así.
Quizá el desastre nos alcanzaría tarde o temprano...
—Que gane el mejor, perdedora.