Su mente viajaba a kilómetros de distancia, pensando en cómo dar con el responsable de la vergüenza de ese día, cuando el sonido del teléfono rompió el silencio a través de las paredes. Puso los ojos en blanco mientras sacaba el móvil de su bolso. ¿Andréi? Frunció el ceño al ver el nombre de Andréi en la pantalla. ¿Por qué la llamaba? —¿Hola? —¡Camila! ¿Dónde estás? ¿Sabes qué hora es? —Su voz grave disipó sus preocupaciones al instante. Si no le estuviera gritando por teléfono, probablemente estaría saltando de alegría, reprimiendo una risa genuina. —Sí, jefe. Estoy en casa ahora mismo. ¿Necesita algo? —respondió, recogiendo la ropa del suelo y tirándola en la bandeja de lavandería mientras hablaba. Era extraño. Ese día era domingo, su día libre, y no se le ocurría ninguna razón para

