Por mucho que quisiera hacerme la sorda e ignorar su orden, no puedo ser tan descarada cuando estoy en el trabajo. —Sí, jefe. Estoy en eso —respondo, resignada. Suspirando, me alejo de Natan y le doy las bolsas con una sonrisa sin vida. —Quiere que le haga otro mandado. ¿Adivina qué? Puedes llevar todas estas comidas a su oficina. Volveré —le dije antes de poner los ojos en blanco hacia el cielo. —¿Estás bien? —pregunta Natan, con cara de preocupación. Estúpido Natan. ¿No es obvio? No estoy nada bien. —¿No puedes verlo? Ja. Vuelvo enseguida. Quizá cuando termine la pausa para el almuerzo, sí —agito la mano sin mirarlo y me dirijo hacia la salida. Si no quiero que otros me vean escabulléndome al estacionamiento y reuniéndome con el jefe en secreto, podría usar el ascensor, pero no. Ya t

