Todo se quedó en silencio. La tensión entre ambos se podía palpar a distancia. No sabía qué quería, no sabía si debía correr o ellos se irían. Pero nada bueno podía salir de aquella conversación.
De pronto mi padre sonrió y aquel gesto rompió todos mis esquemas. No estaba enfadado ni sorprendido, estaba tranquilo y con su ego subido, como de normal.
—¿Así que... ahora eres una cazadora? —Preguntó sentándose en uno de los sofás.
—Qué más te da —Quise finalizar.
—Eres mi hija, quieras o no.
Le miré indecisa, no tenía ganas de hablar, y menos con él.
—Lo repetiré una vez más ¿Eres una cazadora?
—Eso dicen.
La respuesta no le gustó nada. Pero no sentía rabia por mí, sino por manchar su apellido.
—Los cazadores han matado a muchos de nosotros.
—Los cazadores protegen a los humanos, ya que vosotros no ponéis límites.
—Te están comiendo la cabeza, tú eres como nosotros, tarde o temprano acabaras matando a un humano.
Fui a asegurarle que nunca lo haría, pero ya era tarde para tal cosa, ya había matado a un humano tiempo atrás.
—Quizá, pero nunca seré como vosotros.
—Sí lo serás, lo veo en el rojo de tus ojos. ¿No te das cuenta? Estabas predestinada a ser un vampiro.
No quería oírle más, no quería ni siquiera seguir viendo su cara.
—Henry, debes irte.
Mi padre se levantó del asiento bruscamente.
—No lo entiendes ¿verdad? No vengo a hablar contigo.
—¿Qué? —Dudé retrocediendo.
Pensé que quizá había venido a hablar con el resto del grupo o a por ellos. Un escalofrío recorrió mi cuerpo, algo iba mal, algo no estaba bien.
—Vengo a llevarte conmigo.
Me salió reírme. Dentro de lo malo, eso era lo menos grave, nadie sufriría. Nunca iría con él.
—¡No iré contigo a ninguna parte!
—Sigues sin entenderlo, no pensaba llevarte a buenas, en ese caso hubiera venido solo.
—¿Raptarías a tu hija?
Sí, claro que lo haría. Es capaz de cosas mucho peores.
—Eres menor, si nos guiamos por la ley deberías vivir con tu tutor.
—Tú no eres mi tutor, nunca has ejercido como padre, y doy gracias por ello.
—Sea como sea, vendrás conmigo.
—¡Jamás!
Abrí la ventana que tenía en mi espalda, solo era un primer piso, aunque había unos cuatro metros hasta el suelo. Respiré y suspiré varias veces, era la única salida.
—¡Atrapadla! —aulló mi padre dando una orden a sus hombres.
Salté sin pensarlo, aquellos hombres se me echaban encima. En cuanto caí al suelo, me quedé un rato quieta, me dolía el tobillo. Pero pronto tuve que correr, tragándome mi dolor.
Me adentré en un callejón oscuro, intentaba despistar a los estúpidos esbirros de mi padre. Me desplacé por allí hasta encontrarme con una verja. Recé para que no me vieran, así no tendría que trepar aquel muro. Sin embargo, uno de ellos me vio y gritó tanto como pudo para que todos vinieran a donde nosotros.
—Ahora no tienes escapatoria —Se adelantó Henry caminando tranquilamente hacia mí, como si mi escapatoria hubiera sido en todo momento en vano.
Mi corazón latía muy rápido, pero no podía permitirme bajar la guardia. Retrocedí hasta chocarme con la verja y en un impulso comencé a subirla. No obstante, pronto me agarraron de la camiseta y me hicieron bajar tirándome al suelo.
Me retorcí de dolor desde el frío y húmedo suelo. No podía moverme, uno de los hombres me sujetaba el brazo colocándolo en mi espalda para que no me pudiera mover ni un centímetro. Traté de hacerlo, de soltarme, pero estaba muy bien sujeta, así que solo conseguí lastimarme más.
—Vámonos —Pronunció mi padre marchándose.
El hombre que me sujetaba me obligó a levantarme.
—¡Espera! —Dijo una voz femenina al fondo.
Todos miramos curiosos, y entonces un grupo de chicos encapuchados subieron por la verja como si fueran simios. Fue tan fascinante que deseé haber sido tan habilidosa, no estaría allí, atrapada, si hubiera sido así, sino huyendo.
David, Vanesa, Dylan, Jaime y Amelia.
Iban encapuchados, pero sabía quienes eran. Entendí que ocultaban su rostro para que mi padre no les reconociera, así se evitaban de problemas. Sin embargo, uno de ellos dio un paso adelante y se destapó, llevándose mi sorpresa.
—Vanesa— Susurré impresionada.
David, Amelia, Jaime y Dylan la copiaron, desvelando sus identidades y sacando unos palos de metal ligeros, pero duros.
—Que empiece el juego —Bromeó Dylan sonriendo y tirando el palillo que tenía entre los dientes.
Los hombres se les abalanzaron y comenzó una intensa lucha.
—¡Corre Lia! —Ordenó Jaime en cuanto el hombre que me sujetaba me soltó.
Le hice caso y corrí, no lo dudé, a pesar de preocuparme las vidas de mis compañeros, pero estaba segura de que sabrían arreglárselas.
Poco tardó en empezar a llover, aunque seguía corriendo por las calles, sin detenerme. No quería ir a casa, no podía. El pelo chorreaba y mi ropa había oscurecido. Mis ojos empezaban a humedecerse, mientras mi cuerpo se calentaba y mi corazón palpitaba.
Una doble altura me hizo caer formando una pequeña herida en mi rodilla que sangraba. Entonces una duda me hizo dudar.
¿Qué quería Henry de mí?
¿Por qué intentaba secuestrarme?
¿Por qué ahora?
No tuve tiempo de pensar una respuesta, ya que dos hombres respaldando a mi padre llegaron y se colocaron a siete metros de mí.
—Lia, dejemos de jugar.
Miré a todas partes, pero no había rastro del grupo que me había ayudado.
—¿Dónde están mis amigos?
—¿A eso le llamas amigos? ¡Son cazadores, tus enemigos!
—No te equivoques, papá. Tú eres mi enemigo, no ellos.
Lo ocultó bastante bien, sin embargo, sabía que aquello le dolía.
—Lia, todo ha acabado, ven y deja de arriesgar a tus amigos.
—¿Qué es lo que quieres? —Quise saber desesperada.
—Ven y lo sabrás —Respondió.
Me levanté cojeando con el pie en el que se me había creado la herida, aún dolía y sangraba.
—Todo acabara —Señaló.
Agaché la mirada, ¿servía de algo huir? De nuevo, estaba completamente confusa. No sabía si ir y acabar con todo, quizá no quería nada malo, o nada demasiado malo. O quizá debía huir tan lejos como pudiera. ¿Cuál era mejor opción? ¿Qué tenía que hacer? Solo me quedaban un par de segundos para decidir.
—¡Lia! —Aulló alguien dentro de un vehículo que paro entre mis padres y yo—. ¡Entra, corre! —Finalizó abriendo la puerta.
Yo conocía aquel vehículo, más bien, aquella limusina ya que era de mis hermanos. No reconocí aquella voz, pero tenía que ser de mis hermanos. ¿Y si les había pasado algo? ¿Y si necesitaban mi ayuda? Entré sin pensarlo, era mi mejor opción para alejarme de mi padre, aunque por lo que sabía, ellos hacían todo lo que él quería, por lo que podía ser una trampa, debía tener cuidado. En cuanto lo hice, en cuanto me senté dentro, cerraron la puerta y arrancaron dejando a mi padre y sus esbirros atrás. Lo último que vi era a mi padre tirando al suelo, con el gorro que llevaba en la cabeza. Viendo la escena, no parecía que estuviera planeado, por lo que me tranquilicé. Me habían salvado de él. Suspiré y miré hacia delante chocándome con un grupo elevado de miradas. Estaban todos mis hermanos, callados, observándome sin saber qué decir. Me miraban serios, aunque era capaz de diferenciar algo de preocupación en sus ojos.
Tragué saliva y suspiré, cerrando los ojos e intentando evitar lo inevitable.