Me desperté empapada en sudor y lágrimas. No pude contener el gritó que salió de mí en forma de yanto. Agarré la almohada para poder silenciarlo y no despertar a los vecinos; pero no logré gran cosa. El grito fue inevitable, me salió de dentro, como la tos. Tarde un rato en lograr tranquilizarme. Unos minutos después comencé a respirar más despacio, aunqueel corazón aún me iba a toda velocidad.
—Ha sido un sueño, solo un mal sueño —Me convencí sin mucho éxito.
Pero imaginarme el rostro de mi hermana con aquella sonrisa inocente, dándome las gracias, partía mi corazón en mil pedazos, trozos tan pequeños como la gota que caía por su mejilla. Cachos que no serían fácil de unir de nuevo. LA muerte de mi hermana me destrozaba cada día.
Me volví a tumbar, dispuesta a quedarme dormida y olvidar aquella pesadilla que aún perduraba mi mente rondando sin cesar. No obstante, sin desearlo, cada vez que cerraba los ojos se me venía a la cabeza, entre aquella oscuridad, la cara de mi hermana, sonriendo. Decidí no cerrarlos, miraría a la oscuridad mientras escuchaba los pocos ruidos que se formaban en la noche y me concentraba en la luz fugaz que provocaban los coches al pasar por la carretera de al lado. De pronto, me pareció que algo en la habitación se movió. Deje de respirar y me quedé totalmente quieta, haciéndome la dormida. Esperando descubrir que era, quién estaba ahí, o, sino, que se fuera sin saber que yo estaba allí. En el fondo sabía que no funcionaría, en el fondo sabía que si estaba allí no era casualidad. En el fondo sabía que era a mí a quién buscaba y que no se iría sin su objetivo.
Pronto se escuchó un aullido que provenía de algún lugar cercano. La tensión y el ruido provocaron que corriese a encender la luz. Si debía luchar al menos sería cara a cara, mirando a los ojos aquel ser. Curiosamente, no encontré nada, nada inhumano, ni algo humano. Por lo que me tranquilicé, pero un mal presagio surgió en mi mente.
¿Y si ya no estaba en mi habitación?
Me dejé deslizar por el pasillo, no sin antes agarrar el cuchillo más afilado que tenía en la cocina. Lo más probable era que no sirviese para nada, si estaba allí, buscándome, no sería humano. Pero al menos me sentía más segura.
Soledad, frio y oscuridad. Eso fue lo máximo que encontré, no había nadie ni nada fuera de lo normal. Aun así, algo en mi interior me decía que algo no iba bien. Me acerqué a la cocina y dejé el cuchillo en su lugar.
—¡Ayuda! —Gritó alguien desde el portal, una voz que yo conocía por Gabriel.
—¡Oh, no! —Solté corriendo hacia la puerta y abriéndola.
Al apoyar mis pies desnudos en el suelo de piedra todos los músculos se bloquearon dejándome inerte, no obstante, pronto logré vencerlo y corrí escaleras abajo rezando por la vida de mi nuevo amigo y al mismo tiempo muerta de miedo.
Salté las últimas escaleras y miré hacia donde se encontraba su mesita con las llaves, y en frente el ascensor. Al mismo tiempo que una brisa cálida acariciaba mi espalda advirtiéndome de que el peligro acechaba en el lado contrario. Me di la vuelta lentamente, temiendo el monstruo que me daba la espalda. Pero pronto mis ojos se chocaron con nueve siluetas, nueve vampiros, nueve asesinos, nueve hermanos. Mis hermanos.
—Lia... —Tartamudeó Lance soltando el brazo de Gabriel, quien yacía muerto.
—¿Eres una cazadora? —Dudó Caleb.
Pero mis ojos no se podían creer lo que veían, una sensación me dejo débil y mi instinto me hizo correr, correr escaleras arriba, casi a cuatro patas ya que no tenía mucha fuerza en mis pies como para sujetar todo mi cuerpo.
—¡Lia espera! —Aulló Nolan.
—¡Lia! —Le acompañó Mathias.
Pero no quise mirar atrás, no pude. Cerré la puerta dándoles con ella a Harry, Arthur y Zack, quienes habían salido corriendo mientras el resto estaba paralizado por aquella sorpresa inesperada.
Me dejé caer al suelo insegura. No quería verles, no estaba preparada, ¿o quizá sí?
Estaba demasiado confusa, deseaba estar con ellos, eran mis hermanos, pero una parte de mi les temía, me habían hecho demasiado daño, y otra parte de mi les quería.
Aun así, sabía que no tardarían en entrar en aquel piso, era fácil para un humano, por lo que para un vampiro sería mucho más fácil. Lo cual me hizo darme cuenta que quizá había llegado la hora de enfrentarme a ellos, enfrentarme al presente y asumir el pasado.
Mientras unos puñetazos golpeaban mi puerta, hasta que despertaron a un vecino que salió a ver lo que ocurría, por lo que salieron del edificio.
Tal como pensé, algo rompió uno de los cristales de la ventana de la habitación. Me levanté y acerqué a la ventana del salón, cual estaba en frente de mí.
En cuestión de segundos estarían delante de mí, mi corazón latió mientras escuchaba una manada de pasos corriendo por los pasillos hasta llegar al salón.
Cerré los ojos y esperé a que alguno pronunciara mi nombre, mientras una brisa azotaba mi cabello señalándome de que ya estaban detrás. Suspiré indecisa, ya no había marcha atrás, no podía escapar, no quería. Dejaría de huir, dejaría de temer a mi sombra.
—Lia —Llamó al fin uno de ellos.
Rápidamente mis ojos se abrieron como platos, aquella voz... no era de ninguno de mis hermanos, aquella voz era de...
—Henry.
Me salió el nombre del corazón. No le había visto la cara, pero sabía que era él. Me di la vuelta, seria, quería verle la cara a mi padre. Quería que viera que ya no era la niña asustada que secuestró, ahora era diferente, era fuerte. Y se lo demostraría. Sus ojos rojos me apuntaron y yo fijé los míos en él.