No despegué mis ojos de los suyos, haciéndole saber que no podía evitar lo inevitable. Nuestros cuerpos se llamaban, se necesitaban, y se encontrarían, más temprano que tarde. No descansaría hasta obtenerlo.
Dio un paso y luego otro, con la duda aún reflejada en su mirada.
¿Por qué dudaba?
Ciertamente no había pagado para tenerla, pero si ella lo pedía, duplicaría su precio.
O era otra cosa. ¿Tal vez un sentido de pertenencia a su dueño anterior?
No debía preocuparse. Ella sería mía y pagaría todas las veces que fueran necesarias para que se olvidara del otro.
La llamé de nuevo y entonces caminó, decidida hacia mí.
Mi corazón se aceleró con cada uno de sus pasos. Mi cuerpo ardía de deseo. Sus piernas largas me parecían más preciosas a medida que se acercaba, y su piel, cubierta por una fina capa de sudor por el baile, más tentadora.
Llegó a un metro de mí y empezó un sensual baile que me secó la boca.
Aprecié su cuerpo, esbelto y de curvas justas y delicadas, tal y como a mí gustaban. Luego su rostro. Su divino rostro. Si de lejos ya me había parecido hermoso, de cerca, me resultaba sublime. Sus labios eran una tentación, rosados, llenos, apetecibles, y sus ojos… ¡Sus ojos! Al fin podía verlos, eran del color del chocolate y brillaban por el deseo que yo le despertaba.
No lo soporté más. Ella se giró de espalda moviendo sus caderas para mí y yo me olvidé de todo.
Me puse de pie y corté la distancia hasta que me pegué a su cuerpo, rodeé su cintura, presionando su vientre para apretarla contra el mío
Su dulce aroma me sacudió y a punto estuve de rugir cuando ella continuó su baile, con el culo pegado contra mi polla.
Me moví con ella, mostrándole mi deseo y mi dureza, y entonces la escuché gemir y echó la cabeza hacia atrás, disfrutando de mi aliento contra su cuello.
—Dea… —murmuré en mi lengua materna con la voz ronca por la excitación, muy cerca de su oreja. Ardía y solo ella podía calmarme— per favore…
Nunca había rogado nada, pero estaba dispuesto a hacerlo en aquel momento. No deseaba nada más en el mundo en ese instante, que ella me permitiese tocarla.
Sin esperar una respuesta, deslicé la mano por su plano vientre, sosteniéndola con la otra, entonces me adentré debajo de su prenda inferior y cubrí su sexo con ella.
Gimió y yo enloquecí.
Estaba completamente empapada y caliente, tersa, lisa, tierna… y mi polla palpitaba como nunca antes lo había hecho.
Enterré la cara en su cuello y comencé a besarlo, perdido por el placer de tocarla.
El baile se detuvo, pero sus piernas se abrieron ligeramente y su trasero se presionó sobre mi m*****o completamente duro. Rotó sus caderas, mostrándome que lo quería tanto como yo.
Era lo único que necesitaba para continuar. Deslicé mis dedos entre sus pliegues y empecé a masturbarla al compás de sus movimientos.
Iba a volverme loco.
Mis dedos se deslizaban contra su abultado clítoris aumentando la velocidad a cada segundo, sus gemidos también lo hicieron y el fuego entre nosotros se convirtió en una hoguera.
Podía sentir en mis dedos que ella estaba cerca. Me deseaba tanto que cuando la había tocado ya estaba a punto para mí. Eso me complació, pero necesitaba desnudarla, ver cómo su precioso y suave coñito palpitaba de necesidad por mí.
Saqué mi mano y ella gimoteó por la ausencia de mis caricias.
No debía preocuparse, esa noche no quedaría tramo de su piel libre de ellas.
La llevé al seccional y la tumbé en él.
Era preciosa, tenía los ojos cerrados y sus espesas pestañas rozaban sus pómulos, sonrosados por la calentura que tenía.
Pero solo me detuve un segundo a observar su cara de diosa, agarre el culotte y se lo bajé sin miramientos, hasta sacarlo completamente.
No había otra palabra para describir su sexo, era maravilloso. Le abrí las piernas y dejé a la vista aquella preciosidad; brillaba por la humedad, y lucía rosado e hinchado por la excitación.
La boca se me hizo agua. Quería probarla, saborear sus jugos y degustar su tierna carne, estaba seguro de que sabrían a ambrosía y al mejor banquete de mi vida.
Iba a hacerlo, pero me detuve.
No deseaba poner la boca en lugares donde otros habían puesto la polla. Primero debía revisar a conciencia sus analíticas, y limpiarla por completo de los rastros de aquellos que la habían poseído.
En cambio, y sin perder el tiempo, me arrodillé a su costado y volví a mi tarea de masturbarla. Ella se entregó, abriendo las piernas y gimiendo para mí.
Estaba como un burro dentro de los pantalones y solté un gemido cuando sentí que su mano comenzaba a acariciarme por encima. No había agarrado mi v***a, sino que la rozaba con los nudillos, con cierta timidez.
—Te deseo tanto… Dea… —le confesé, disfrutando de su toque, aunque fuera evidente. Ella me había dejado ver cuánto me deseaba, entonces yo quería que ella supiera cuánto lo hacía yo también—. Desde el primer día en que te vi.
Metí uno de mis dedos y ella arqueó la espalda en respuesta.
¡Joder! Estaba tan apretada que sentía sus paredes apretando mi dedo y su aterciopelada carne succionándolo más profundo.
Iba a correrme con solo imaginarme cómo iba a sentirse eso en mi v***a.
Quería más, así que con la otra mano liberé sus pechos de aquel corsé de cuero. Tiré de la prenda hasta que tuve sus montículos expuestos.
¡Virgen del cielo! ¿Es que toda ella era preciosa?
Me topé con un par de magníficas tetas, perfectas, con el tamaño apropiado para caber dentro de mis manos, coronadas por unos pequeños pezones color canela que en ese momento estaban erectos y encogidos, pidiendo a gritos que tirara de ellos.
Apreté uno de sus pechos. ¡Sorpresa! Eran naturales, suaves, apretados, pero al mismo tiempo blandos y exquisitos por la ausencia de silicona. Me encantaban.
No me demoré en tomar el más cercano en mi boca, porque de ellos no me iba a privar.
—Sí… sí, por favor —ella habló al fin. Arqueaba la espalda para dejarme mamar de ella y movía las caderas para obtener más placer de mi implacable dedo. Chupé, mordisqueé y tiré de su pezón con los dientes, mientras la escucha gemir y la sentía retorcerse.
Ella quería más y yo también, así que introduje otro dedo. Dejé su pecho para mirar cómo su sexo engullía mis dedos. Palpitaba, hinchado y brillante, con el clítoris expuesto y duro como una pequeña piedra preciosa.
Mierda, mierda, mierda. ¿Cómo podía estar tan malditamente apretada? No era que no estuviera dilatando, sino que sus músculos vaginales eran tan fuertes que envolvían mis dedos como un maldito puño.
Sus jugos comenzaron a gotear fuera de su v****a, su carne cedía para mí y yo empujé, la follé con mis dedos, la hice gemir a cada segundo más alto. Encontré su punto G y lo convertí en mi objetivo, rozando y empujando, una y otra vez. Con mi otra mano estimulé su clítoris, fascinado con lo que veía. Se tensó y me apresó por completo.
Entonces ella gritó y lo más hermoso sucedió. Empezó a correrse a chorros, con gritos y convulsiones como jamás lo había visto. Me quedé anonadado, observando como su v****a se sacudía y me empapaba la manga de la camisa con su corrida.
¡Espectacular!
Squirting.
Así era como se llamaba aquello. Había leído sobre ello, pero jamás lo había visto en vivo. Ninguna de mis amantes había llegado a ese punto de placer. Ahora Afrodita, mi Dea, lo había hecho, tan solo con mis dedos, y yo quería más, más y mucho más.