Capítulo 8

1056 Words
—Todavía estás a tiempo —Nati tomó mi mano y me miró con ojos de preocupación. Mis tres amigos estaban en el camerino conmigo. —Podré reparar el auto con esto —le dije a mi amiga. Tenía que buscar un propósito aceptable para convencerla a ella y también a mí misma de que aquello era buena idea. —A ver, recuerda lo que te enseñamos —dijo Lucas, vestido con su uniforme de mesero—, si levanta las manos, da un paso atrás, niega y aléjate sin olvidarte de tu trabajo. Le haces comprender que lo castigarás si rompe las reglas. Si insiste, sales de ahí de inmediato. —Lo entiendo —dije, aunque el solo hecho de pensar en que él querría tocarme me nublaba los sentidos. —Si te toca, iré ahí y le romperé la maldita cara —prometió Dakota, dejando atrás su eterno papel de diva. —Los quiero —les dije, conmovida por sus cuidados. Nos fundimos en un abrazo grupal que me hizo sentir que nunca estaría sola. —Quizás tú sí puedas tocar un poco —Lucas dijo elevando las cejas cuando se retiró—. Tantea su paquete y luego me cuentas. —¡Lucas! —Dakota lo riñó y él sonrió como un pillo. Besé sus mejillas y salí hacia la parte posterior de los camerinos. Ahí tomé el ascensor que me llevaría a las salas Premium VIP. Ya lo había visto hacía media hora. Se presentó a mi show, en la misma mesa y tan guapo como lo recordaba. Baile para él sin temor, pero mientras salía del ascensor no sabía cómo sentirme. Tal vez solo debía ser la chica que tenía que salir al mundo y comprobar que había mucho más de lo que un cobarde me había ofrecido. Abrí la puerta trasera de la sala asignada, entré y le vi. Ahí estaba el mundo, sensual, perfecto, con un habano entre los labios y yo quería comérmelo. *** Después del show donde Afrodita había bailado como nunca, y que me hizo tener una erección que no le envidiaba nada a las anteriores, fui guiado hasta mi sala privada. Esa semana me la había jalado como desquiciado. Después de comprender que debía darle a mi cuerpo lo que me exigía, fantaseé con ella una y otra vez. Me corría abundantemente con su imagen en mi cabeza, pero tampoco me era suficiente. Ya sabía que otra mujer no funcionaría, porque mi obsesión había llegado a niveles insuperables. La quería a ella, la necesitaba a ella, así que decidí llamar al Paradis y solicité hablar directamente con el propietario. Se negó en rotundo durante toda la llamada telefónica, a pesar de que insistí de todas las formas posibles. No me di por vencido y me acerqué personalmente al Paradis. Haría lo que fuera necesario para obtener lo que quería. Volvió a negarse. ¿Por qué? No lo entendía. ¿Qué tenía una puta para que yo no pudiera tenerla? Nunca había querido una, pero por ella haría todas las excepciones posibles. ¿A caso tenía un dueño? Me habían dicho que era exclusiva, así que decidí apostarlo todo para superar lo que fuera que ese sujeto pagara. Si ella era exclusiva, entonces lo sería para mí. Y al final, obtuve solo una parte de lo que quería. Baile privado, pero no podría follarla. Era la única opción que el francés aceptaba. Acepté, sabiendo que no me habían derrotado. Ella era mi objetivo y yo obtenía todo lo que deseaba. Afrodita sería mía, esa u otra noche. No importaba. Solo quería tenerla para poder deshacerme de esa obsesión que me estaba volviendo loco. La sala era cómoda, con luces menos estridentes y un seccional grande de cuero italiano. La música tenía el volumen correcto y la privacidad era absoluta. Frente a mí tenía una mesa de centro, ancha y resistente. Ahí me habían puesto una botella de whiskey y un cenicero. Agradecía poder fumar. Esperé pacientemente, con mi habano entre los labios. Me explicaron que ella debía prepararse para verme después del show que había dado. Yo tenía la vista fija en la barra que tenía en frente. Me moría por verla moverse en aquel tubo, exclusivamente para mis ojos y mi polla. De pronto, una puerta del fondo se abrió y la vi entrar. Afrodita se detuvo y me miró fijamente. Yo no pude contener el gemido que salió de mis labios al ver cómo iba vestida, mi pene saltó y le juré que faltaba poco. No existía nada más caliente que el culotte de cuero que llevaba puesto y que me dejaba apreciar la forma de sus caderas y su exquisito abdomen. Sus pechos estaban cubiertos con un corsé corto que los apretaba y los elevaba. Mi boca se llenó de saliva por el deseo que tenía de probarlos. No llevaba unos tacones como los de antes, sino que unas delicadas sandalias de tacón de aguja, anudadas en los tobillos. Nunca había sido un fetichista, pero me moría por follarla sin quitarlas. Caminó lentamente mientras una nueva canción empezaba a sonar por las bocinas, se paró junto a la barra y me saludó con una suave inclinación de cabeza y una caída de ojos, que más que seductora, me pareció tímida. Por increíble que pareciera, eso me prendió más. Empezó a bailar, y yo me serví más whiskey. No había forma de que saliera de ese lugar sin hacerla mía. Su baile era lento, sensual y magnífico. Me miraba cada vez que podía hacerlo, pero no lo hacía con la lascivia provocadora de una puta, sino, con un deseo que parecía anhelante. Después de las tres noches en que la había visto bailar, sabía que ella también me deseaba. Lo había visto en sus ojos desde el primer día y que fuera mutuo, solo había incrementado mi deseo por ella. Tres canciones después de estarla mirando, apagué mi habano en el cenicero. Estaba que reventaba y necesitaba tenerla cerca. Con un gesto de mi mano, la llamé. Afrodita detuvo sus movimientos, soltó la barra y me miró fijamente por un instante que me pareció eterno. Solo dos posibilidades existían en ese momento. O ella se iba y me dejaba solo con mi calentón, o iba a mí y no pararía hasta que fuera mía.
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