Brown.
Soy Olivia Brown. Color marrón.
Mi vida siempre ha sido color marrón, como la caca.
No triste y dramática para ser gris, ni apasionante para ser roja. Hubiera preferido un verde, por eso de la esperanza, o por lo menos un amarillo como… O mejor dorado. Golden… como el oro. Olivia Gold, sonaría mejor.
Tal vez así podría pagar mis deudas.
Pero soy Brown y lo odio.
¿Qué ha sido de mí en la vida? Estaba bien con mi rutinario existir mientras fui estudiante. ¿Qué podía hacer además de obtener buenas calificaciones? ¡Ah sí! Enamorarme de un patán y antes de graduarme, irme a vivir con él.
Pensé que entonces sería Pink, color de rosa, pero no lo fue.
Sentí que podríamos conquistarlo todo cuando él fue aceptado para su primer trabajo en una agencia de publicidad y yo conseguí quedarme después de las prácticas en el departamento de administración de un club nocturno.
Teníamos veintiuno y nos sentíamos lo suficientemente maduros para irnos a vivir juntos. Un año después me pidió matrimonio. Dos años después compramos nuestro propio piso. Tres años después se quedó sin trabajo, pero yo fui ascendida y creímos que podríamos soportarlo. Tres años y medio después, me dejó.
Cuatro años y medio después, sigo siendo Brown. Hasta el cuello de deudas, mías y de Steve, porque se fue sin dejar rastro, dejándome a mí como aval. Estoy a punto de perder mi piso, y mi auto apenas arranca por falta de mantenimiento.
Es verdad que mi trabajo es bueno, que logré ascender hasta el puesto de jefe del departamento de administración, pero los intereses de las tarjetas de crédito consumen un porcentaje considerable de mi salario.
A veces, cuando decido ir a pie al supermercado, veo los billetes de lotería pensando en un milagro, pero si los compro desajusto para el pan de la semana.
Entiendo que no es de esa forma que saldré de mi situación, pero la soga que tengo en el cuello me impide pensar con claridad.
A pesar de eso, algunos colores alegres rodean mi vida.
Nati, mi chica bonita, sufre, como si ella fuera Black, pero es de un azul celeste tan lindo como el cielo.
Luego Lucas, mi dramático y adorable Lucas. Él es verde fluorescente. Una completa nenaza de labios rojos y sonrisa sufrida.
Y Luego Dakota, ella es la que jala nuestras orejas y nos obliga a vivir. Antes se llamaba David, pero ahora es una drag, tan plateada, tan hermosa y reluciente que te deslumbra con su presencia.
Ellos son mis mejores amigos, las pinceladas de color que mi vida necesita para ser tolerable.
Primero conocí a Nati, porque es una de las chicas más antiguas del club. Ella fue mi amiga de inmediato y fue la que me ayudó a soportar la desaparición de Steve. Me llevó a la academia de pole dance y ahí descubrí que, aunque de niña quería ser bailarina de ballet clásico, el pole dance también podría servirme para despejarme de los problemas y huir de una posible depresión.
Estoy mejor ahora, al menos en ese aspecto, pero si no actúo, el Brown pasará a ser color de hormiga.
Y ahora estoy a punto de actuar, no de la forma en que se podría creer, sino, literalmente, actuar.
Hace un par de meses hice una apuesta en el club con los chicos de recursos humanos. Son así, siempre haciendo apuestas sobre cualquier tontería con tal de divertirse. Entonces me vi tentada por la propuesta y los quinientos dólares que había en juego.
Nunca debí atreverme a competir con la capacidad de Micaela para tragar tequilas. Perdí miserablemente y a punto estuve de caer en un coma etílico.
¿Y los quinientos dólares? No los tenía, así que tuve que echar mano del famoso seguro de apuestas que a mis compañeros tanto les encantaba, porque ante todo, era una mujer de palabra.
¿Y de qué se trataba? Todo aquel que no pagara una apuesta debía participar en alguno de los shows que se presentaban en el club. Era un circo para los demás, asistían todos y las anécdotas se contaban por semanas y semanas sin dejarle al perdedor ningún chance para olvidar.
Lo hice. Por supuesto, en un día de poca clientela. Nati, Rebeca y yo, hicimos table dance y, al final, no fui la burla de nadie, gracias a mi año completo en la academia de pole dance.
¿Qué pasó después, además de que todos me mostraran su admiración? Que Pierre, el francés que regenta el Paradis y que es el mismísimo dueño, entró a mi oficina, sudando como un cerdo, y me hizo una propuesta que jamás olvidaría.
Tener mi propio show una vez a la semana.
Casi escupo el corazón por la boca, pero el hombre se apresuró a informarme sobre las ganancias que obtendría en caso de aceptar. Y después, a explicarme el tipo de espectáculo que daría. Hombre sabio.
Me dijo que estaba interesado en que pusiera todas mis aptitudes en el pole dance, que no usaría vestuario que me resultara incómodo y que, en mi caso, prefería el arte que podría ofrecer, en lugar del morbo, aunque sí exigía que fuera lo más sensual posible.
Debo admitir que, después de que mencionara que podría ganarme un salario extra con las mismas cifras que el que ya tenía, mi mente se llenó de imágenes de mi cuerpo moviéndose en el tubo.
Casi no escuché lo demás, pero le dije que lo pensaría. Sin embargo, el siguiente día estaba reuniéndome con el coreógrafo después de mi jornada laboral.
Ahí estuvieron mis amigos, Nati, Lucas y Dakota, apoyándome todo el mes de prácticas para afinar mi show por completo. Corrigieron cada pose junto al coreógrafo, me enseñaron a ver a mi público imaginario, y también a poner un alto a los posibles clientes que pretendieran propasarse.
Siempre serían los pilares de mi vida, y más ahora, ante la expectativa de cualquier otro color que pudiese pintar mi futuro.
Mis manos sudaban por los nervios y no era posible si quería sujetarme bien al tubo. Me limpié un poco en las cortinas de la puerta de salida y me obligué a dejar los nervios atrás.
Llevaba unos tacones enormes, de esos con glitter, y que hacían ver mis piernas más largas de lo que ya son. Permití un conjunto n***o de una sola pieza, como esos trajes de baño que los une una tira de tela en el abdomen. Todo repleto de glitter y con la espalda transparente. Una coleta en el pelo y con la cara muy bien maquillada.
Me paré en las sombras, justo sobre la pequeña equis que había en el suelo, el reflector se encendió, respiré profundo, la música estalló, empecé a bailar y mi mirada fue atraída como un imán hasta unos ojos que me veían.
Un escalofrío me recorrió, porque de inmediato nadie más existía en todo el lugar. Solo estaba ese hombre que me miraba desde la mesa más exclusiva del área, y yo, que no me detuve e hice mía la barra.
Era un hombre color granate, de esos que hacen que las bragas de todas se mojen, pero tan importante y altivo que no le importa un pepino. Su cara era la de un ángel del sexo y su postura en la butaca, la del demonio de los excesos. Tan imponente que todo se difuminaba en su entorno, tan atractivo que mis ojos apenas pudieron apartar la mirada.
Lo desnudé en mi mente, como una harpía necesitada, y descubrí que era un dios, que era Adonis, que vino desde el Olimpo, a buscar a su Afrodita.
Yo quería ser Afrodita, entonces me volví sensual como nunca antes, y bailé para él.