La sangre fluía caliente a través de mis venas y se concentró en mi polla, haciendo que tuviera una erección de caballo que se volvió evidente bajo el pantalón. No recordaba cuándo fue la última vez que tuve que disimular en público mi excitación, pero estaba seguro de que fue antes de terminar el instituto.
Crucé la pierna en un intento por ocultar mi estado y me maldije por dejar que pasara más tiempo de lo común desde la última vez que follé.
No podía ser otra cosa, me lo repetí varias veces para intentar creerlo, porque no quería parecerme a todos esos patéticos que babean por cualquier puta que se contonea frente a sus ojos, necesitados por echar un polvo.
No quería pensar en que podía rebajarme a ser así de vulgar.
Pero mi v***a saltó, creciendo todavía más, cuando la mujer que no podía dejar de ver, abrió las piernas, como bailarina de ballet y arqueó la espalda, de cabeza, mientras se sujetaba de la barra con la fuerza de un solo brazo.
Debía admitir la belleza que envolvía cada uno de sus movimientos, y quizás pudiera atribuirle parte de mi excitación, porque jamás había visto un espectáculo parecido en este o cualquier otro club nocturno de los que había visitado con mis amigos de forma esporádica.
No se limitaba a ser la típica gata que se frota contra el tubo, sino que era una mezcla de erotismo y de una belleza artística digna de un teatro de talla mundial.
Sé reconocer las cosas cuando las veo.
Ella también era hermosa, no había razón para negarlo. Tenía unas piernas largas que podían ser la perdición de cualquiera y un cuerpo perfectamente tonificado, seguramente gracias a las prácticas constantes que ameritan en su oficio.
Pero había algo que no encajaba, y sabía que era eso lo que más traicionaba mis instintos.
Su rostro.
Donde las vieras, las mujeres de sitios tan exclusivos como el Paradis, tenían rostros exóticos, de harpías o diablesas, que te miran con la promesa de sacarte hasta la última gota.
Pero ella no tenía un rostro como esos, y era lo más desconcertante, porque tenía el rostro de una diosa, y no cualquier diosa, sino, una verdaderamente angelical.
Era increíblemente excitante verla contonearse de esa forma. ¿Quién sería? ¿Freya? ¿Lada? ¿Qetesh? Mi polla sabía la respuesta mientras la miraba, porque ella era Afrodita, la más hermosa de todas.
Una puta diosa, literalmente.
¡Joder! La tenía tan dura que si me rozaba un poco podía correrme en los malditos pantalones.
Intenté salir del embrujo en que sus movimientos me habían sometido. Traté de concentrarme en otra cosa, en mi trago, en la inexistente mota de polvo que había en mis pulcros zapatos. Pero su hechizo me atrajo de vuelta, y volví a caer hipnotizado.
Como si supiera que intentaba escapar, ella ladeó el rostro y me miró directamente.
Contuve un gemido de placer, porque mi pene parecía tener vida propia y se sacudió otra vez con la sola intensidad de su mirada.
Necesitaba urgentemente un agujero en dónde meterla.
Ella apartó la mirada cuando se aseguró de que era incapaz de escapar.
¡Qué patético!
Como un perro en celo me removí ansioso porque no logré advertir el color de sus ojos y necesitaba saber la imagen exacta que debía evocar cuando me corriera esa noche.
Me recriminé, excitado y furioso, por lo bajo que había caído.
—Es buenísima —escuché que Eric comentó a mi lado.
No lo miré, ni quería que la viera a ella. Ni él ni todos los demás imbéciles que había en el lugar. Soy egoísta y quería su encanto de diosa solo para mí.
El rumbo de mis pensamientos me tomó desprevenido. Había perdido la maldita cordura por una puta.
Lo que tenía que hacer era follar.
Antes de que el sol saliera necesitaba estar entre las piernas de cualquiera de mis amantes cotidianas y no pensado en una ramera que seguramente tendría un sinnúmero de gilipollas pujando por ella, al cual diera más.
Haciendo el mayor esfuerzo por minimizar mis anteriores pensamientos poco cuerdos, me di cuenta de que el show terminó. La música se apagó y la oscuridad la engulló sin darme la oportunidad de contemplarla un último instante.
Aparté la mirada del escenario, dispuesto a olvidar su existencia, pero mi polla aún palpitaba, aún rogaba por ella, por su toque, por sumergirse en la húmeda cavidad entre sus piernas.
Apenas era capaz de caminar con normalidad cuando nos movimos a nuestro reservado. No era el más grande, porque éramos solo nosotros, ni tan privado, porque mis amigos deseaban divertirse con cualquier oportunidad que se les presentara.
Yo sentía una extraña amargura en la boca del estómago. Sé que no soy el tipo más divertido del mundo, pero esa noche me sentía especialmente frustrado. Lo lamentaba por Dorian, pero a la mínima posibilidad, pretendía largarme.
Apenas nos acomodamos, gracias a una anfitriona de enorme trasero, cuando un chico apareció, llevando las cartas y el catálogo del día. A todas leguas era gay. Se movía con la gracia de un felino y sus ojos chisporrotean por una hiperactividad contenida. Era pequeño, rubio, de piel delicada y llevaba un piercing en el labio inferior.
—Bienvenidos, caballeros, soy Lucas y estaré encantado de atenderlos esta noche —nos saludó mientras dejaba la carta de los tentempiés sobre la mesa de centro—. ¿Ya saben qué beberán?
—Whiskey seco —dije sin mirarlo más.
—¿Tardarán las chicas? Tenemos un cumpleañero —dijo Eric, sin dejarlo anotar el pedido. No quería aburrirse ni un solo segundo.
—El señor… ¿Schneider? —preguntó el chico después de ver el apunte que seguramente llevaba con el nombre del cliente que había reservado. Mi amigo asintió—. Claro, en un instante ellas estarán aquí para su completo disfrute, señor. ¿Cuál de los caballeros es el cumpleañero? Nos aseguraremos de que tenga un trato del cual no va a olvidarse nunca.
—Dorian —lo señaló Eric. De los tres, Dorian era, podríamos decir, el tímido. Sonrió como un niño bueno y Lucas se sonrojó y bajó la mirada.
—¿Les gustaría ver el catálogo otra vez? —preguntó con amabilidad—. Dos chicas no serán suficientes para tres apuestos caballeros. Están de suerte y aún tenemos algunas disponibles. También contamos con… otras opciones, para todos los gustos —nos miró a uno y a otro, pasando la mirada por los tres.
—¿Está disponible la chica del show de hace un momento? —preguntó Eric y yo me atraganté y esperé inmóvil la respuesta. No sabía si prefería que dijera que sí o que dijera que no.
—Ah, ella… —desvió la mirada y me dio la impresión de que se había tensado, como si la pregunta de Eric lo hubiera tomado por sorpresa y no le agradara—. Ella es exclusiva, señor. Lo siento.
—¿Exclusiva? —inquirió Eric con una sonrisa—. Pagaremos lo que sea necesario.
—No. Me refiero… ella no está disponible, señor. Lo lamento —se disculpó otra vez y observé que había enrojecido de nuevo.
—Bueno. Entonces que elija Fabrizio —Eric me miró a mí, sabiendo lo poco que me gusta que una puta se me restriegue en la bragueta. Sonrió con malicia el muy hijo de puta. Lucas me dirigió la mirada y me ofreció el catálogo.
—Paso —los corté con mi mejor cara de amargado.
—Ni modo, entonces solo serán dos —Eric se encogió de hombros.
—¿Y tú? —Dorian se animó a preguntar y nosotros, como sus mejores amigos, lo vimos con interés.
Supimos que es bisexual en el segundo año de la universidad, cuando lo encontramos follando con chico en nuestro apartamento de estudiantes. Sin embargo, sabemos que su familia nunca lo ha aceptado y por eso se limita a salir con mujeres.
Los ojos azules de Lucas se abrieron por la sorpresa de la pregunta, luego volvió a sonrojarse, pero sonrió hacia mi amigo.
—Esta noche no estoy de turno —le respondió con tono de pena—. Pero estoy los jueves y cualquier otro día, bajo reserva.
—Anotado —se adelantó Eric, porque Dorian se había quedado embobado con el chico y sus encantos.
—Entonces, ¿Whiskey seco para todos?
Yo bebí, bebí y bebí, mientras miraba a mis amigos bailar y a las putas haciendo todo lo posible por tenerlos empalmados y como locos todo el maldito tiempo.
A mí me dolían los huevos, y no se me bajó la erección, porque nunca pude sacarla de mi cabeza.
Debía admitir, que en el fondo esperaba que ella estuviera disponible, que moviera el culo frente a mi cara, y, con tal de quitarme la maldita calentura, le daría una oportunidad a mi polla, y me la hubiera follado en el baño hasta quedarme seco.