Estaba caliente, estaba mojada y ¡qué vergüenza sentía!
Me quité el traje y lo primero que hice fue revisar la zona de la entrepierna. Estaba tan empapada que la humedad brillaba en mis dedos al tocarla, por suerte no se notaba a simple vista, porque el tipo de tela lo impedía.
Dejé salir el aire con alivio y me coloqué un albornoz justo cuando tocaron la puerta del camerino que me habían asignado.
Dakota entró sonriendo con gran orgullo.
Sabía que lo había hecho bien.
Maravillosamente, dijo Pierre cuando se apresuró a abrazarme una vez salí del escenario. Me prometió cosas que no escuché con claridad, pero que advertí que tenían que ver con las ganancias que ambos obtendríamos.
Yo estaba perdida, delirante, mareada por el deseo como nunca antes.
La mirada ardiente de aquel hombre me había poseído de mil maneras y me encendió de formas que desconocía.
Nunca he sido una mujer fogosa, es más, muchas veces he temido ser una frígida.
Nunca he deseado a nadie tanto como para sentir que me vuelvo loca, ni siquiera a Steve. Teníamos sexo como todas las parejas, pero sexo mediocre y era consciente de ello. Lo tenía idealizado, lo amaba, entonces no me importaba.
Él nunca me prendió y tampoco lo hizo nadie más. Sentía ganas, claro que sí, y era cuando recurría a mis propios dedos, pero jamás fantaseé con alguien al azar, como escuchaba que las chicas lo hacían.
Hoy lo había hecho. Había fantaseado con el hermoso y atractivo hombre que no despegó sus ojos de mi cuerpo, lo había disfrutado y aún sentía el calor que mi necesitada v****a desprendía.
¿En qué me había convertido?
Mi respiración seguía agitada, por las ganas que tenía de tener sexo, o por lo desconcertada que eso me dejaba.
Vi a Dakota y traté de sonreír.
—Estuviste fabulosa —dijo con su voz grave—. Parecías una diosa, mi dulce bomboncito.
—¿De verdad?
—Claro que sí. Ven, vamos a desmaquillarte.
Me dejé guiar por ella hacia la butaca y permití que mimara mi rostro mientras no dejaba de pensar en el hombre que esa noche había sacudido todos mis instintos.
Apreté las piernas, consciente del deseo no satisfecho y no pude evitar imaginarlo recorriendo mi cuerpo.
Me desconocí completamente cuando vi mis ojos brillantes y mis mejillas arreboladas en el espejo.
Recordé su cara de hombre seguro de sí mismo y también sus manos, grandes, masculinas y bien cuidadas, con las que sostenía su trago.
Deseé que sostuviera mi cintura, que apretara mis caderas, que amasara mis pechos y azotara mis nalgas.
Solté un gemido, de placer o de susto por las cosas que pasaban por mi cabeza.
—¿Te lastimé? —preguntó Dakota deteniendo sus movimientos.
Ostentaba unas uñas de escándalo y temía haberme lastimado, pero ella era una experta y no podía hacer un movimiento desacertado.
Sin embargo, me alegró que no intuyera mi estado.
—No… solo es mi mente divagando —la tranquilicé, entonces ella sonrió y vio mi reflejo en el espejo, achicando la mirada.
—¿En qué piensas, tontuela? Seguramente en abanicarte con el fago de billetes que tendrás dentro de poco.
Reí con ganas, olvidando por un instante al dios que esa noche me había convertido en una desconocida para mí misma.
Sin embargo, solo sucedió un segundo, y cuando paramos de reír y Dakota volvió a su empeño, la miré con curiosidad.
Ella tenía una relación con un teniente del cuerpo de bomberos, vivían juntos y él la adoraba, pero tristemente la ocultaba en su ambiente laboral. A ella no parecía importarle demasiado, porque entendía las dificultades que enfrentaría por estar en una relación de esas características. Sin embargo, todos nos alegrábamos cuando la escuchábamos insinuar lo bien que su amado bombero se lo daba.
—Oye, ¿alguna vez te has sentido atraída sexualmente por alguien que no conoces? —pregunté con cara de inocencia.
Ella parpadeó varias veces con sus grandes pestañas postizas y volvió a achicar la mirada.
—¿Hablas de ver a un tipo en la calle y desear comértelo con chocolate, o de desear a Jamie Dornan y masturbarte recordando las escenas de Cincuenta Sombras?
—Eso… lo primero… —confirmé y sentí que mis mejillas se calentaban, delatándome.
—¡Oh! —hace un gesto dramático con la mano—. A cada rato, mi pequeña palomita. En el metro, en el Starbucks, en la avenida y también aquí, no voy a negarlo. ¡Madre mía, hay hombres que están tan buenos! Pero ninguno como mi teniente —suspiró—, fue deseo a primera vista. Y no me arrepiento de nada.
Asentí. Eso me tranquilizaba. Comprendía que no podía martirizarme pensando en que ahora era una depravada.
—¿Cómo te sentiste con él cuando lo viste?
—Caliente. Muy caliente. Sentía que ardía cada vez que lo miraba. ¿Pero por qué me preguntas esto? —inquirió. La curiosidad le llenó la mirada de repente—. ¿Has visto a alguien? ¿Aquí?
Titubeé y no supe qué decir. Me miró, la miré, me puse roja y decidí confesarle mi verdad cuando la puerta se abrió de forma abrupta y Lucas entró, llenando todo el espacio con su energía, mientras se abanicaba con las manos y ya sabíamos que algo había pasado.
—¡Joder! ¡Joder! —chilló fuera de sí. Nos miró, los ojos le brillaban, la sonrisa se desbordaba por su precioso y delicado rostro. Se ahogaba en sus propias emociones y la hiperactividad que lo caracterizaba apenas lo dejaba hablar—. He conocido a los tipos más hermosos del puñetero mundo. ¡Oh, Dios! No sé si son ángeles o los malditos jinetes del apocalipsis.
Me quedé helada. ¿Sería mi Adonis uno de ellos?
—Basta de payasadas, ¡cuenta! —exigió Dakota y lo obligó a sentarse en una silla.
—Me toca cubrir su reservado —explicó, cruzando la pierna en una pose de diva—. Son tres, a cada cual más hermoso. Celebran el cumpleaños del moreno ¡Oh, me desmayo! Ha preguntado por mí, ¡por mí!
—¿Cómo era? —pregunté, porque no me había percatado qué tan oscuro era el cabello de mi Adonis. Necesitaba saber si era él.
—Cara de ángel o de demonio, te he dicho que no sé. Cuerpo maravilloso y tentador. Sonrisa encantadora, ojos ardientes… ¿qué más puedo decirte?
—¿Tenía barba? —pregunté. Dakota me dirigió una mirada inquisitiva, pero yo solo esperaba la respuesta de Lucas.
—Oh, no. Estaba bien rasurado. El que tenía barba era su amigo, el otro jinete del apocalipsis. ¡Pero qué bueno que está también!
—¿Su amigo? ¿Cómo se llama? ¿Sabes cómo se llama? —interrogué. Algo me decía que ese era mi Adonis. Recuerdo su barba perfectamente arreglada, sensual, arrebatadoramente masculina.
Lucas lo pensó y se puso uno de sus delgados dedos en los labios.
—El moreno se llama Dorian. Ese de la barba, el serio que no quiso pedir a ninguna chica, ese, me parece que le llamaron Fabrizio, así, con acento italiano.
—Fabrizio —pronuncié en un murmullo. Mis labios hormiguearon al decir su nombre.
—Preguntaron por ti, nena —soltó mi querido amigo y yo dejé de respirar.
—¿Por mí? —el corazón me empezó a latir con fuerza. ¿Sería posible que lo mirara otra vez?