—¡Perra, respóndeme! ¿Por qué mi mujer se ha acostado con un imbécil? ¡Joder! La traté como lo más sagrado, y ella resulta ser solo una maldita traidora. ¡No pienso soportarlo más!
Lucían sonrió con una mezcla de rabia y placer mientras le apretaba la barbilla antes de besarla.
Pero, a diferencia de Alaric, su aliento a tabaco le provocó a Selene un rechazo visceral. Le repugnaba solo pensar que acababa de salir de la cama de Ivy.
—¡No me toques, Lucían! ¡Me das asco! —gritó Selene, empujándolo con fuerza mientras lo miraba con frialdad.
—¿Asco? ¿Yo te doy asco? ¿Y no te lo daban esos otros? —espetó él—. Eres una cualquiera que no sabe estar sin un hombre. Ya te casaste conmigo, Selene. ¡Eres mía, solo mía! ¡Puedo tomarte cuando quiera y como me dé la gana!
Lucían se lanzó hacia ella con violencia, y Selene, desesperada, agarró la regadera metálica de la ducha.
—¡Por favor, no te acerques, Lucían!
—¿Me vas a golpear ahora? ¿Quién te crees que eres?
Lucían siguió avanzando sin miedo. Estaba a punto de tocarla cuando una voz interrumpió desde fuera.
—Señor Lucían, el señor Gerardo lo busca.
Lucían se detuvo. Miró a Selene con una amenaza silenciosa y le susurró con seriedad:
—Hoy te salvas, pero no te lo voy a perdonar.
Cuando se marchó, Selene se desplomó, pálida y temblorosa. No sabía qué le esperaba después.
En el estudio, Gerardo lo esperaba, observándolo con la frialdad propia de un patriarca. Su trato era muy distinto al afecto que mostraba por Selene.
—Abuelo —saludó Lucían, intentando sentarse.
—¡Quédate de pie!
Lucían frunció el ceño, molesto, pero obedeció.
—¿Qué sucede? —preguntó con impaciencia.
—¿Y todavía me lo preguntas? —respondió Gerardo con decepción—. ¿Qué ha pasado entre tú y Selene?
—¿Qué podría pasar? —bufó Lucían, quitándole importancia.
—¿Y con Ivy? ¿Qué clase de relación tienes con esa chica?
—Solo es una diversión —dijo con frialdad. No le gustaba hablar de Ivy. A pesar de odiar lo que consideraba una traición de Selene, la humillaba usando a Ivy como venganza. Ella no significaba nada en comparación.
Ivy era sumisa e inteligente. Lucían la mantenía cerca porque sabía cuál era su lugar.
—Pues es mejor de lo que dices —resopló Gerardo.
Selene creía que Gerardo ignoraba la situación, pero como líder de los Lancaster, sabía perfectamente lo que pasaba. Aunque apreciaba a Selene, no consideraba inapropiado que su nieto tuviera amantes. Para él, los hombres nacen para ser “depredadores”. Mientras no cruzara ciertos límites, no pensaba intervenir.
Pero su objetivo hoy no era regañar, sino advertirle.
—Alaric va a volver —dijo con seriedad.
Lucían frunció el ceño de inmediato.
—¿Alaric? ¿Por qué volvería? ¿Solo para visitarnos?
Lucían frunció el ceño. No lo veía a menudo, pero por influencia de Gerardo le tenía una antipatía casi automática. Además, el éxito de Alaric en el extranjero siempre le había resultado irritante. Aunque él era el heredero oficial de los Lancaster, sabía que si Alaric no hubiera pasado tanto tiempo fuera del país, podría haber sido un fuerte candidato a quitarle el lugar. Su linaje no era inferior: era hijo del hermano mayor de Gerardo, aunque no tuviera peso en la familia.
—Me temo que su regreso no es por nostalgia —dijo Gerardo con tono neutral—. Parece que quiere establecer negocios aquí.
—¿Y qué piensas hacer al respecto? —preguntó Lucían, serio.
—Esperar. Veremos cómo se mueve. Por tu parte, compórtate, trabaja con más enfoque y no me hagas quedar mal. No olvides que es mi sobrino… y tu tío.
—Entendido —respondió Lucían, con una seriedad más calculada. Si había algo que tomaba en serio, era la cuestión de la herencia.
—Mañana quédate en casa y ayuda a Selene con los preparativos del banquete. Es para recibir a Alaric, y quiero que todo esté impecable. No quiero que digan que lo hemos tratado con frialdad.
—No se preocupe, abuelo. Me haré cargo. Si no hay nada más, me retiro. Descanse.
—Una última cosa —dijo Gerardo, antes de que saliera—. Selene sigue siendo tu esposa. No cruces ciertos límites.
Lucían se detuvo por un segundo al escuchar la advertencia, pero no dijo nada. Se marchó.
Del otro lado de la casa, Selene escuchó pasos y se tensó, temiendo que Lucían entrara en la habitación. Pero pasó de largo. Al confirmar que se había ido, soltó un suspiro aliviado. Cerró con llave, se tumbó en la cama y por fin, descansó un poco.
A las seis de la mañana, aún somnolienta, se levantó para acompañar a Gerardo en su rutina de ejercicios. Era su costumbre, y también una forma de ganar su aprecio.
Un rato después, llegó la hora del desayuno.
—Abuelo, tenga cuidado —dijo Selene, ayudándole a sentarse antes de tomar asiento frente a él.
Jaime entró con los sirvientes, llevando las bandejas. Cuando colocaron cubiertos en el asiento junto al suyo, Selene frunció el ceño.
¿Lucían aún está aquí?
—Jaime —dijo Gerardo—, ve a buscar a Lucían. Si no baja, se queda sin desayuno.
Jaime asintió y se dirigió hacia la escalera, pero apenas dio unos pasos, vio a Lucían bajando.
—Buenos días, abuelo —saludó él con indiferencia.
—¡Ya es muy tarde! —le respondió Gerardo, con firmeza.
Lucían encogió los hombros y se sentó al lado de Selene, aparentando buena conducta.
—Después de comer, ayuda a Selene con la organización de la cena. ¡Y no te hagas el vago! ¿Me oyes?
—Entendido —respondió Lucían, conteniendo el fastidio.
Gerardo asintió, conforme, y se dirigió a Selene:
—Selene, este banquete es principalmente para dar la bienvenida al tío de Lucían, Alaric. Ya mandé arreglar su habitación. Lo que deberías hacer ahora es invitar a algunas señoritas decentes. Alaric sigue soltero, y a sus treinta y tantos, ya es hora de que piense en formar una familia. Como su tío, deseo verlo felizmente casado cuanto antes.
—Sí, lo entiendo —asintió Selene con respeto, aunque por dentro reflexionaba:
Así que todo esto es para recibir a ese insoportable Alaric. Si no me equivoco, tiene treinta y dos... Supongo que ya se le puede decir “señor” sin ofender.
—¿Hay que preparar su dormitorio para esta noche?
—No es necesario. Su vuelo llega mañana por la mañana.
—¿Mañana...?
¿Entonces con quién estuve hace dos noches? ¿Alaric mintió sobre la fecha para regresar antes? ¿Pero por qué...?
Mil preguntas se agolparon en la mente de Selene.
—Lucían, mañana ve tú al aeropuerto a recogerlo.
—Vale —dijo Lucían, sin ocultar su disgusto. Odiaba que lo trataran como chófer.
Después del desayuno, Gerardo se marchó a la empresa. En cuanto desapareció, Lucían se desentendió por completo.
—Eres mi esposa, esto es tu obligación —dijo con sarcasmo antes de marcharse sin siquiera mirarla.
Selene soltó un leve suspiro de alivio. La sola presencia de Lucían le provocaba tensión.
Ya no lo reconocía. No entendía cómo aquel hombre al que había amado tanto podía haberse transformado en alguien tan cruel, tan distante.
Se había casado con la ilusión de una vida dulce, tranquila, compartida. Pero lo único que le quedaba ahora era dolor. Un sufrimiento que parecía no tener fin.
El tiempo se paso volando y llegó el día del banquete.
—Jaime, ¿Alaric ha avisado su llegada?
Lucían había ido al aeropuerto a recoger a Alaric esa mañana, pero Alaric se fue a otro lugar a mitad de camino y Lucían regresó solo. Preguntándose donde diablos podría haberse metido.