Capítulo 7

1469 Words
Faltaba menos de una hora para el comienzo del banquete y el invitado principal aún no había llegado. Selene tenía el número de teléfono de Alaric, pero no quería llamarlo. —Señora Selene, no se preocupe, yo llamaré al señor Alaric —dijo Jaime, girándose para hacer la llamada. Después de que Jaime hablara con Alaric, le dijo a Selene: —El señor Alaric menciona que tiene un compromiso pendiente, pero llegará antes de que comience el banquete. Selene asintió y se dirigió a revisar las comidas y bebidas para la noche. —¿Está todo listo, Selene? —Sí, abuelo —respondió Selene sin dejar de ocuparse de sus tareas. Luego, mirando a los sirvientes, dijo con firmeza: —Recuerden lo que les he dicho: si hacen bien su trabajo, tendrán vacaciones este mes. —Sí, señora Selene. Con un gesto de la mano, Selene dispersó a los sirvientes y se dirigió rápidamente hacia Gerardo. —Abuelo, no te preocupes, todo está bajo control. Voy a saludar a los invitados, descansa un rato —dijo Selene con una sonrisa, tomándole del brazo. —Tómalo con calma —respondió Gerardo, dándole una palmadita en la mano antes de ser acompañado hasta el área de descanso. Selene asintió y, apresurada, se dirigió hacia la puerta para recibir a los invitados, que llegaban uno tras otro. Había intentado contactar con Lucían, pero no obtuvo respuesta. Jaime, también ocupado saludando a los invitados, la miró preocupado y preguntó: —Señora Selene, ¿no ha encontrado al señor Lucían? —No pasa nada, puedo manejarlo todo sola. Jaime, aunque preocupado, sabía que su deber era atender primero a los invitados. A medida que los invitados llegaban, la sonrisa de Selene se iba tornando cada vez más rígida por mantenerla durante tanto tiempo. Llamó varias veces a su esposo, pero él solo la ignoraba y colgaba. A pesar de todo, Selene disimulaba su tristeza y continuaba atendiendo a los presentes con una sonrisa. Ya casi era la hora de comenzar el banquete, pero ni Lucían ni Alaric se habían presentado, y Selene comenzaba a sentirse ansiosa. —Señora Selene, el señor Gerardo ha hablado con el señor Lucían, dice que está en camino —dijo Jaime, acercándose y susurrando. —Vale —respondió Selene, ya algo fatigada. Lucían llegó finalmente, pero lo hizo acompañado de Ivy. Selene estaba conversando con unas señoritas de la Ciudad Pacífica, quienes comentaban sobre su relación con Lucían: —¡Qué suerte! La señora Selene y el señor Lucían se conocían desde pequeños, ¡es un matrimonio ideal! Señora Selene, ¡qué suerte has tenido! «¿Suerte?» pensó Selene, sonriendo amargamente por dentro sin saber cómo responder. En ese momento, alguien vio a Lucían y tiró del brazo de Selene. —Vaya, es el señor Lucían... —pero las palabras y la sonrisa de esa persona se apagaron de inmediato. Selene siguió su mirada y vio cómo Lucían rodeaba la cintura de Ivy, ambos mostrándose como una pareja feliz y amorosa. Las sonrisas de las señoritas que antes habían felicitado a Selene se volvieron forzadas y muchas de ellas comenzaron a fingir que hablaban con otros, pero sin dejar de observar a Selene de reojo. Selene notó el cambio de actitud, pero no permitió que se reflejara en su rostro. Pocos sabían que Ivy era su media-hermana. Su origen humilde y su comportamiento siempre discreto y modesto habían mantenido su relación en secreto, algo que Selene agradecía. —Lo siento, debo irme, señoritas. —No se preocupe, debe haber muchas cosas que atender en el banquete. —Con permiso —dijo Selene, despidiéndose con una sonrisa elegante antes de dirigirse hacia Lucían. —Lucían. Se acercó a él como si no hubiera visto a Ivy, que estaba en sus brazos. —Gracias por acompañar a Ivy. Nunca ha asistido a un banquete como este, siempre ha vivido en el campo. Seguro que está nerviosa —comentó Selene, manteniendo una amable sonrisa. Al escuchar esto, las señoritas que querían conocer a Ivy se dispersaron educadamente. Ivy, mirando a Selene con fiereza, fingió estar agraviada como si Selene la hubiera maltratado, alejándose intencionadamente de Lucían. —Selene... qué mujer tan hipócrita —pensó Ivy, casi entre dientes. Selene, burlándose por dentro, le dirigió una mirada fría a Ivy y dijo a Lucían: —El abuelo nos está esperando. Por mucho que eches de menos a tu pequeña amante, primero tienes que saludar al abuelo. Lucían, queriendo avergonzar a Selene, se dio cuenta de que ella no se veía triste en absoluto. Su sonrisa elegante le resultaba cada vez más irritante. —¿Me amenazas con el abuelo? ¡Selene, qué astuta eres! —Si funciona, ¿por qué no lo haría? —respondió Selene, ampliando su sonrisa. Lucían intentó que Selene quedara mal, pero ella no estaba dispuesta a ceder. —¡No creas que siempre podrás amenazarme con el abuelo! —Pues lo veremos —contestó Selene. A Selene no le importaba la amenaza de Lucían, y, mientras él se alejaba, le dijo sin inmutarse: —El abuelo ha dicho que vayamos juntos y que tengas cuidado con tu comportamiento. Aunque Lucían estaba claramente descontento, no tuvo más opción que acercarse a Selene, abrazarla y mostrar una sonrisa forzada mientras se dirigían a buscar a Gerardo. —Abuelo. Gerardo se giró, fulminando con la mirada a Lucían, como una advertencia. Al verlo, los invitados que charlaban con él comenzaron a buscar excusas para marcharse. —¡Maldita sea! No has hecho nada para organizar la cena, y encima te presentas con otra mujer. Lucían, ¿has tomado mis palabras en serio o no? —Claro, abuelo, le tengo mucho respeto a usted —respondió Lucían, frunciendo el ceño y cambiando rápidamente de tema—. ¿Y Alaric? ¿Aún no ha llegado? Justo en ese momento, como si el destino lo hubiera convocado, Alaric apareció por la puerta. Con su traje n***o perfectamente ajustado, su altura imponente y su presencia magnética, atrajo la atención de todos al instante. Parecía acostumbrado a ser el centro de todas las miradas y, con una sonrisa tranquila, se acercó a Gerardo. —Buenas noches, Gerardo —saludó Alaric con una sonrisa despreocupada. —Mis disculpas por la demora, había un atasco en el camino. Traje algunos regalos de paso. Al decir esto, el asistente de Alaric le entregó los obsequios. —Esto es para usted —dijo Alaric, entregando una caja a Jaime, quien estaba al lado de Gerardo—. Sabía que le encanta el té, así que le he traído un juego de teteras de arcilla violeta que conseguí en la subasta. —¡Qué cortés eres! —respondió Gerardo, sonriendo. Al menos, en apariencia, parecía que su relación era cordial. —No es nada —dijo Alaric con humildad, antes de dirigir su mirada hacia Lucían y Selene—. Lucían, Selene, también tengo regalos para ustedes. Para ti, Lucían, he traído un reloj mecánico manual de edición limitada, el modelo más reciente. Estoy seguro de que te gustará. Alaric colocó una lujosa caja con reloj en las manos de Lucían y se giró hacia Selene. Selene, algo incómoda, bajó ligeramente la cabeza para evitar cruzar la mirada con él. —No sé qué le gusta a Selene, así que traje una pulsera. Investigé que es el modelo favorito entre las chicas —explicó Alaric, mientras tomaba la última caja del asistente. Era una pequeña caja azul de terciopelo. Alaric tomó la mano de Selene con naturalidad y dejó la caja sobre su palma, luego pellizcó levemente su mano en un gesto oculto. Selene se sobresaltó y lo miró de reojo, sorprendida. El hombre sonreía con calma, como si nada hubiera sucedido. «Qué maldito… ¿Qué se cree, seduciéndome?» Selene lo maldijo por dentro, retiró su mano con discreción y lo fulminó con la mirada, asegurándose de que nadie lo viera. —Gracias, Alaric. —No hay de qué, somos familia —respondió él, sonriendo con esa calma suya. —Bueno, el banquete está a punto de comenzar. Alaric, prepárate para ser recibido. Vamos a atender a los invitados. —De acuerdo —dijo Alaric, asintiendo con una sonrisa despreocupada. En el momento en que Selene cruzó frente a él, Alaric le dio un pellizco intencional en el trasero, deleitándose en ver su reacción nerviosa, como un conejito asustado. Sin embargo, Selene no se atrevió a mostrar su descontento, ya que Lucían seguía a su lado. —Ya se ha ido, no sé qué haces mirando —dijo Lucían, con su tono de siempre. Selene volvió a su estado habitual, enderezando la postura, y respondió con frialdad: —Ya se ha ido el abuelo. No necesitas seguir actuando. Tu pequeña amante te espera ansiosa, ya no te molesto más.
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