Cuando Keane vio a Piero libre, su cuerpo reaccionó antes que su mente. Dio un paso impulsivo hacia él, con el rostro desencajado y los puños apretados, como si estuviera a punto de detener un crimen a punto de consumarse. Pero antes de que pudiera alcanzarlo, una mano firme lo sujetó del brazo. Era Santiago. —¿Qué estás haciendo? —le preguntó, con el ceño fruncido y la voz en un tono más bajo de lo habitual, pero cargada de una tensión que cortaba el aire—. ¿Te has vuelto loco? Keane intentó zafarse de su agarre, furioso. —¡Tú lo liberaste! —espetó, acusándolo como si acabara de presenciar una traición imperdonable. Santiago lo sostuvo con fuerza, sin ceder ni un paso. —Keane… ¿qué sucede contigo? —le preguntó, ahora con una mezcla de incredulidad y preocupación en la mirada—. ¿Acaso

