Regina salió del restaurante en silencio, su mente en un torbellino de emociones imposibles de ordenar. Cada paso le pesaba como si caminara entre ruinas. Máximo, siempre atento, la siguió sin decir una palabra, sabiendo que necesitaba espacio… pero también que no podía dejarla sola. —¿Podemos detenernos en la playa? —preguntó de pronto, con un hilo de voz que apenas se escuchaba. Máximo asintió. Condujo hasta la costa más cercana. Cuando llegaron, Regina bajó del auto sin esperar, como si el mar pudiera calmar el dolor que llevaba dentro. Se quitó los zapatos y caminó por la arena húmeda, el viento despeinándole el cabello, la sal del mar fundiéndose con las lágrimas que apenas podía contener. Cada ola parecía decirle algo que no alcanzaba a comprender. Su mente era un grito constant

