—¡Máximo! —gritó Regina desesperada, y horrorizada. Máximo sintió cómo el aire le era arrancado de los pulmones en un instante, su cuerpo sacudido por una fuerza inhumana. El dolor fue inmediato, ardiente, como si algo le hubiera roto por dentro soltó un quejido y con un jadeo ahogado, su visión nublándose por segundos. El mundo pareció volverse lejano, como si estuviera sumergido en agua. Sus oídos zumbaban, su pecho ardía, y la presión era tan aplastante que por un momento creyó que iba a morir. Pero no perdió el conocimiento. El chaleco de alto nivel había detenido la bala. El dolor era insoportable, pero no suficiente para acabar con él. Sus costillas palpitaban con un ardor profundo, y cada respiro se sentía como si le clavaran cuchillas en el pecho. Pero su mente aún esta

