Mercedes, sentada al fondo del coche, observaba en silencio, sin ofrecer ninguna respuesta. La expresión en su rostro era impenetrable, pero su silencio hablaba por sí mismo. Máximo la miró con desprecio, sabiendo que todo esto había sido un juego para ella, un juego en el que los inocentes siempre terminaban pagando. Sin decir una palabra, fue forzado a subir a otro auto, mientras sus ojos buscaban a Mercedes, pero ella ya no le prestaba atención. Ella permanecía allí, en el auto, con su hijo que lloraba desconsolado. Máximo no pudo evitar una punzada de dolor al escuchar los sollozos del niño. Era inocente, atrapado en un conflicto que ni siquiera comprendía. —¿A dónde vamos? —preguntó Mercedes, su voz temblando ligeramente, pero sin perder esa frialdad que siempre la caracteriza

