El beso se volvió ardiente, Máximo no pudo soportarlo, estrechó su cintura, la pegó más a su cuerpo, sus lenguas danzaron, nadie podía frenar el calor entre los dos. Máximo nunca deseó tanto a una mujer como la que ahora tenia en sus brazos y era un solo beso. Quería hacerla suya, pero, en un instante, la cordura volvió a su ser. La realidad lo golpeó. No. Esto no estaba bien. Ella no estaba en sí misma. Con un esfuerzo sobrehumano, Máximo se separó, sosteniéndola por los hombros. —Regina… basta. —Su voz era ronca, pero firme. Ella lo miró, confundida, como si no entendiera por qué él la detenía. Y entonces, en sus ojos nublados, Máximo vio el miedo. La droga seguía haciendo efecto. No podía dejarla así. No permitiría que su deseo lo cegara. —Voy a cuidar de ti, ¿de acuerdo? —s

