El sol apenas comenzaba a asomar sobre el horizonte cuando Santiago y Keane llegaron a la villa. El aire frío de la madrugada les golpeó el rostro, pero no era el clima lo que los helaba por dentro, sino la creciente sensación de incertidumbre que los envolvía. No podían dejar de caminar de un lado a otro, recorriendo cada rincón con una desesperación palpable. Santiago, con el rostro demacrado por la preocupación, apenas podía mantener la calma. —¿Sabes que los asesinos siempre vuelven al lugar donde cometieron su crimen? —preguntó Santiago Keane, por un momento, lo miró con una mezcla de incredulidad y diversión. Sus ojos se encontraron con los de Santiago, pero antes de que pudiera articular una palabra, el hombre se echó a reír, una risa fría y vacía. —Mi amor, eres muy graci

