Pedro había traído los caballos, el viento agitaba su cabello mientras observaba el animal que había elegido para Regina. Era un caballo imponente, de pelaje oscuro y ojos intensos, una bestia salvaje, conocida por su difícil temperamento. Pedro no podía evitar sonreír con malicia mientras pensaba en su plan. «Esta estúpida no me va a ganar. No puede haber una auditoría en la empresa. Si Máximo descubre todo el mal manejo, estaré perdido. No puedo permitir que eso suceda», pensó, los nervios de la situación apretándole el pecho. No sabía que Regina tenía una relación especial con los caballos, no creía que fuera capaz de domar a esa bestia. Regina, por su parte, caminó con determinación hacia el animal. Sus ojos brillaban con una mezcla de confianza y desafío. Cuando las otras

