—¡¿Qué significa esto?! —exclamó Mercedes, su voz temblando de incredulidad, los ojos llenos de desesperación mientras eran detenidas con fuerza. Máximo, al ser liberado, no podía ocultar la sonrisa triunfante que iluminaba su rostro, como si el mundo entero le hubiera rendido homenaje. —¿Quién crees que soy, mujer? —dijo con desprecio, su tono frío y cortante—. ¿De verdad crees que podrías engañarme tan fácilmente? Estás acabada. Con esa última sentencia, Máximo dio media vuelta, sin un atisbo de duda ni de remordimiento en sus ojos, y salió del lugar con una calma perturbadora. Los hombres que lo acompañaban, implacables, arrastraban a Mercedes, quien luchaba en vano, hacia la salida. —¡Llévenla! —ordenó Máximo, su voz llena de autoridad—. Llévenla a la mansión Astra. Busquen a mi h

