Desgarrada, la abuela se giró y, sin pensarlo, levantó la mano y abofeteó a Pearl con una fuerza inusitada. —¡Suegra! —exclamó Pearl, sorprendida y llena de indignación. —¿Cómo puedes ofender tanto a tu propio hijo? ¡Eres una mala mujer! —la voz de Aurora era un rugido de furia, el veneno de las palabras destilando una condena feroz. El caos se desató en la mansión, y en medio de él, Pedro apareció, observando la escena con horror. Cuando vio la bofetada, su corazón dio un vuelco. —¡Abuela! ¿Por qué le pegas a mi madre? —exclamó Pedro, el alma hecha pedazos ante la violencia que se desataba ante él. Aurora los miró a ambos, con los ojos llenos de odio, como si todo lo que la rodeaba fuera un enemigo. —¿Dónde está Máximo? —preguntó, con un tono cargado de furia. —Acabo de recibir una

