Mercedes lo fulminó con una mirada llena de rabia y resentimiento, pero no dijo nada. ¿Qué podía decir? Pedro soltó una risa amarga, sin humor, sin compasión. —¡Te odio, Mercedes! —espetó, y sin decir más, dio media vuelta y salió de allí, con pasos furiosos. Mercedes, desesperada, se levantó de golpe y corrió tras él. Pero la puerta se cerró frente a ella. Y con ella, todas sus esperanzas. Luego corrió tras Pedro, necesitaba alcanzarlo, suplicarle. —¡¿Estás satisfecho, Máximo?! —La voz de Pearl resonó con furia, desgarrando el silencio como una daga—. ¿Te alegras de tu venganza contra tu hermano? Sus ojos ardían de reproche, de decepción, como si él fuera el villano de la historia. Máximo la miró fijamente. Su expresión era severa, pero en el fondo de su mirada había algo más pro

