—¡Padre, debemos buscar a mi hermana! No quiero pensar en su muerte, ¡por favor! —Keane suplicó con voz temblorosa, pero detrás de esa aparente angustia, no había más que burla. Regina no significaba nada para él. Mauro vaciló. El nombre de su hija se clavó en su pecho como un puñal. Por un instante, su expresión se suavizó, pero enseguida la furia lo consumió. Sus puños se cerraron con fuerza. —¡Eso que le pasó, se lo merece! —rugió con amargura—. ¡Por ser una mujerzuela como su madre! Ximena, que observaba desde las sombras, escondió una sonrisa de satisfacción. Se acercó con aparente dulzura y tomó la mano de su esposo. —Querido… sabemos que Regina cometió errores —susurró, modulando su voz con falsa compasión—. Pero si sigue con vida, tal vez necesite ayuda. Y si no… —hizo una

