—¡Llamen a la policía! Esa mujer va a la cárcel por atreverse a tocar a una Astra. ¡No pueden permitir que esto quede impune! —gritó Mercedes, su voz llena de furia y desprecio. Pero, como si todo el aire se hubiera congelado en ese instante, la voz de Máximo resonó con una intensidad que heló el lugar. —¡Cállate, Mercedes! —su tono, frío y lleno de autoridad, dominó cada rincón del lugar. Mercedes se giró lentamente hacia el hombre, sus ojos se abrieron en shock, y un atisbo de miedo recorrió su rostro. No podía creer lo que veía, no podía entender qué estaba pasando. El hombre tan inalcanzable, tan imponente, estaba allí, frente a ella. —¡Máximo! —exclamó, su voz pasando de la sorpresa a una mezcla de desesperación y un profundo anhelo. Como si hubiera esperado este momento durante

