Keane apretó el teléfono con fuerza, sintiendo cómo la furia le quemaba el pecho. Su respiración era errática, su mente iba a mil por hora. Todo lo que creía haber ganado se terminó, Regina a la que creyó muerta, ese secreto que había sellado con sangre y mentiras estaba regresando para atormentarlo. —¡Maldita sea! —rugió, lanzando el celular sobre el escritorio. Se pasó las manos por el rostro, sintiendo el sudor frío en su piel. No podía perder el control, no ahora. Tenía que actuar rápido. Salió a toda prisa de la habitación y recorrió la enorme casa con pasos largos y desesperados. Encontró a su madre en el jardín, sentada en un banco de mármol. La mujer disfrutaba de la tranquilidad de la tarde, ajena a la tormenta que se avecinaba. —¡Está viva! —soltó Keane con la voz e

