Artemio intentó suplicar, pero todo fue en vano. Al final, él y Pedro salieron de la sala de juntas. Máximo alcanzó a Pedro en el pasillo, el aire estaba cargado de tensión. Sus pasos resonaban en el silencio, una sensación de inevitabilidad flotaba en el ambiente. Finalmente, lo alcanzó, y no pudo contener lo que sentía. —Espera, mataste a tu propio hijo, ¿verdad? —dijo Máximo con una voz grave, cargada de acusación. Las palabras salieron como un disparo directo al corazón de Pedro, quien se detuvo por un momento, pero no respondió. La atmósfera se espesó, cada segundo más pesado que el anterior. Pedro permaneció en silencio, su rostro impasible, como si las palabras de Máximo no tuvieran ningún peso sobre él. En ese instante, Artemio apareció entre los dos, interponiéndose com

