La música vibraba en el salón mientras Máximo y Regina se movían al ritmo del baile. Por un momento, todo parecía estar en su lugar, como si la tormenta de su familia no pudiera alcanzarlos. Pero entonces, Regina sintió un mareo repentino, una sensación extraña que se apoderó de su cuerpo. —Máximo... —susurró, llevándose una mano a la cabeza—. Necesito ir al baño. Él la sostuvo con suavidad, frunciendo el ceño con preocupación. —¿Estás bien? ¿Te sientes mal? Ella negó con la cabeza, tratando de sonreír. —No es nada. Solo... solo necesito un momento. Máximo le señaló el pasillo que llevaba a los baños y la vio alejarse entre los invitados. No quiso dejarla sola por mucho tiempo, pero justo cuando iba tras ella, un viejo conocido lo interceptó, obligándolo a quedarse en una conve

