Ximena se acercó a grandes pasos, su rostro deformado por la furia, y sin mediar palabra, abofeteó con fuerza a Dinorah. El golpe resonó como un disparo en medio del salón, y Dinorah soltó un grito ahogado, llevándose una mano a la mejilla enrojecida. Sus ojos se llenaron de lágrimas, más de impotencia que de dolor. —¿¡Qué tonterías estás diciendo!? —gritó Ximena, con la voz temblando por la tensión—. ¡Niña, estás mintiendo! ¡Estás teniendo un colapso por la boda, eso es todo! ¿Verdad? ¡Dime que eso es! Dinorah sollozó, y tuvo que decir que sì, volvió a la realidad. «Keane no es homosexual, èl no puede engañarme así», pensó convenciéndose a sí misma. Keane, que había contenido la respiración todo ese tiempo, soltó un suspiro de alivio cuando Ximena se colocó entre él y Dinorah, co

