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Secretos que Encadenan

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Blurb

El apuesto duque de Beaufort no buscaba esposa, cargaba con el peso de un secreto que si salía a la luz sería devastador.Lady Tiffany de Wakefield era una solterona en toda regla sin embargo, su resistencia al matrimonio era inmensa pero todo cambia al conocer sobre algo que no debía. Los secretos los encandenan a un matrimonio debido al escándalo que se formó, al una persona saber esos secretos que ellos ocultan y usarlos para envolverlos en una situación donde el matrimonio era algo inminente. Todo cambió en sus vidas a partir de entonces.

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Prefacio
Londres 1803 Le daba vueltas todo. Ella creía que era el fin del mundo y Cristo no aparecía por ningún lado en su gloria. Se sostuvo de algo a su lado que no pudo definir bien, debido a el remolino de cosas a su alrededor. Su cabeza dolía como nunca antes. ¿Habré muerto?, pensó pero pestañeó y pudo leer, con dificultad obviamente, las letras HonorDiLadys en la pared. No. No estaba muerta. Seguía ahí. Se tuvo que agarrar la cabeza y cerrar los ojos cuando por poco pierde el equilibro al fijar demasiado a vista. Estaba en ese sitio aún. Segundos después volvió a parpadear sintiendo al menos un leve alivio en sus ojos, ya no ardían tanto. Para cuando pudo ver bien a su alrededor por poco cae a bruces con sus propios pies. Esto era definitivamente una pesadilla, maldijo ella para sus adentros. Él suspiró aún con la cabeza apoyada donde sea que estuviese tirado su cuerpo, viendo el techo del lugar moverse sin parar, ni siquiera a caballo había visto las cosas moverse tan rápido, era todo terriblemente incómodo. Para él todo era más que evidente. Le habían puesto algo al trago. Definitivamente eso que habían puesto era lo bastante fuerte como para sentir su cuerpo pesar toneladas y que todo girara a su alrededor sin parar. Tocó su cabeza con pesadez debido a las punzadas latentes que sintió en su sien. Unos quejidos femeninos le llamaron la atención, pues al parecer el oído era lo único que seguía intacto. Quizá eran alucinaciones suyas. Era imposible oír quejidos femenin... —Oh por todos los cielos... —chilló nuevamente esa voz bastante cerca de él. ¿Qué rayos era eso? Se preguntó él tratando de ver de qué se trataba. En vano, cada segundo tuvo que cerrar sus ojos porque de lo contrario caería de lado por los intensos mareos. Un cuerpo cayó sobre lo que parecía ser el suelo de madera haciendo un ruido bastante certero. —Dios... Sí, definitivamente estaba al lado de una mujer, se dijo a sí mismo. Tuvo que forzarse a volver a dormir el tiempo que su cuerpo le pedía, el sedante era demasiado fuerte y él no podía luchar contra eso. Cerró los ojos y todo se volvió n***o para él. Ruidos. Eran golpetazos contra madera. Algo brutos y molestos. No sabía cuánto había pasado pero intentó abrir los ojos y recordar. Se sentó sobre la cama y tragó grueso percibiendo que ya no tenía esos horribles mareos de antes. Suspiró. Se puso de pie y para cuando se dio cuenta, vio la silueta de soslayo de una mujer a su lado. No era un sueño, había una mujer dentro junto con él. Llevó los ojos a ella y la tuvo que mirar casi tres veces mientras pestañeaba. Estaba sin palabras. Sí. Porque esa mujer que estaba dentro de esa habitación parecía ser la hija del marqués de Wakefield. Sin dudas era ella, pensó él mientras veía su delgado cuerpo moverse frenéticamente. Estaba temblando mientras sostenía con fuerza lo que parecía ser... ¿un orinal? Se hubiese reído de la situación sino se hubiese fijado antes en su rostro. Estaba llorando, estaba completamente rojo. Pero luego bajó la mirada a su cuerpo. Tuvo que golpearse mentalmente para subir rápidamente los ojos. Estaba desnuda, solo cubriéndose con una sábana. —Eres un vil cerdo Vernham —musitó inquieta con el orinal en sus manos. La cabeza le dolía demasiado y a eso uniéndole sus alaridos le ponían de peor humor. —¡Cúbrete! —chilló exasperada y fue cuando él se dio cuenta de su desnudez. Rayos, maldijo para sus adentros. Tomó una sábana y la puso sobre su cadera tapando su entrepierna. Llevó nuevamente la mirada a ella. Estaba despeinada, desorientada y sin dudas aterrada. —¿Tú... —Se aclaró la garganta antes de continuar—, planeaste todo esto? ¿Me tocaste? Pestañeó enfocando su rostro. —¿Qué razón tendría? Ahora fue que pude mover mis piernas, ¿cómo crees que te tocaría? —terció airado. Comenzó él a dar pasos hacia la puerta, puerta que estaba a su lado y por tanto más se encogía ella mientras se acercaba. —No des ni un paso más o... —¿Me golpearás con un orinal? —terminó las palabras por ella y la vió tensarse entera. Su sorna era evidente. Pero lo menos importante en ese momento era pelearse como siempre habían hecho cuando ellos dos se topaban, la cuestión era salir de ahí. Caminó hasta la puerta y al empujar el pomo notó que estaba bloqueada. Su espalda estaba demasiado rígida. Necesitaba salir de ahí cuánto antes. Vio por las pequeñas ventanas el claro e imponente sol del día, quizás del mediodía y se contrajo. ¿Cuántas horas había dormido?, se preguntó. Llevó la mirada a la dama a sus espaldas. La cual estaba hecha un ovillo sobre el suelo completamente cubierta y el orinal estaba a su lado. —Estamos secuestrados aquí —dijo él en voz alta. Ella apretó las sábanas con sus puños aferrando más la tela a su cuerpo como protección. Ambos estaban encerrados en la habitación de un hostal. Ambos eran solteros. Y ambos eran nobles de la aristócrata sociedad inglesa. Él pasó saliva sopesando todo lo que traería consigo este suceso. Sus vidas cambiarían. Cuando los encontraran todo iba a cambiar, tanto para él como para ella. Porque los habían puesto en esa situación. Alguien estaba tras todo esto con el fin de que él y lady Tiffany se casaran. Estaban envueltos en un escándalo y nadie podía sacarlos del fatídico destino que terminaría lo cambiarlo todo para ellos. Iba a tener que casarse con ella. Con esa estirada y pomposa hija de lord Wakefield. Esa insoportable peli negra que no era más que una solterona. Podía negarse, sí, podía oponerse a eso sin embargo, él era un caballero. Jamás alteraría su moral como hombre. Había comprometido su honor y virtud sin siquiera haber invadido nunca su espacio personal. Ella estaría completamente arruinada sino pedía su mano al salir de aquí. Bufó. Ahora él tenía que ser su marido. ¿Acaso había algo peor?

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