Empatia

4317 Words
Empatía El amor perfecto tiene esta fuerza: que olvidamos nuestro contento para contentar a quienes amamos. SANTA TERESA DE JESÚS La empatía se puede definir como la capacidad de ponernos en el lugar del otro; intuir lo que puede pensar o sentir y actuar con la comprensión y sensibilidad que eso requiere. No podemos juzgar las actuaciones de un niño sin saber sus razones o, al menos, sin intentar averiguarlas. En diciembre de 1992 el hijo de unos amigos, Pedro, pidió a los Reyes un arco y unas flechas. Sus padres al principio se negaron: no eran partidarios de los juguetes bélicos. Pero intentaron ponerse en el lugar del niño y concluyeron que si su hijo lo había pedido, a pesar de la educación recibida, sería por algún motivo. Se sentaron a hablar con él y así fue cómo se enteraron de que en la tele habían puesto un programa con las mejores escenas del año y salió el momento en que el tirador olímpico Rebollo encendía el pebetero de las Olimpiadas de Barcelona 92. El niño sólo quería hacer lo mismo. Tuvo su arco y sus flechas. Las actuaciones de los niños casi siempre tienen una causa (que puede no ser razonable). Intente descubrir cuál es y así sabrá si debe aceptarla o corregirla, pero no intente ignorarla o suprimirla porque sí. H. G. Ginott8 dice: «La simpatía de un padre sirve de primeros auxilios emocionales para los sentimientos heridos» Hay dos clases de autoridad: i Una se ejerce desde la fuerza y se impone desde arriba a los que están abajo. Por eso la llamo autoridad vertical. Se basa en el convencimiento del adulto de que «yo no me equivoco y el niño sí». Por eso es una autoridad que ante un hecho negligente lo va a censurar totalmente y lo anulará mediante una conducta impuesta o el castigo. La otra se gana y se trabaja con el niño codo a codo. Por eso la llamo «autoridad horizontal». Se basa en la idea de que ante una conducta negligente, hay que aprovechar lo bueno que ha realizado el niño (siempre hay algo positivo, búsquelo) y orientarle en cómo mejorar su actuación. Cuando decimos que un médico es una autoridad en la materia, no nos referimos a autoridad en el sentido de que nos manda o puede ejercer alguna presión sobre nosotros, sino que SABE de un tema y se gana ese nombre. Si nuestro hijo aprende que ante cualquier eventualidad SABEMOS orientarle, valorando lo que de bueno hay en su conducta y proponiéndole mejoras, seremos una autoridad educativa, alguien que SABE cómo educar. Veamos un ejemplo: Sara, de 5 años, se pega con su hermana de 3 porque ésta le ha roto un dibujo. Si ejercemos una autoridad en vertical le diremos que es una niña mala, que eso no se hace y la castigaremos por ello (o la pondremos en una sillita de pensar, que ahora está de moda, pero que es lo mismo, como después veremos). La próxima vez que su hermana le rompa un dibujo hará igual, pero intentará esconderse para que no la descubran o buscará otra forma de vengarse. Si ejercemos la autoridad en horizontal le diremos: «Entiendo tu enfado, apreciabas ese dibujo y te lo ha roto (hemos buscado la parte positiva de la niña y empatizamos), pero cuando pasa una cosa así no pegamos, sino que vienes a buscarme y yo misma le diré a tu hermana lo mal que se ha portado». Acto seguido se va a buscar a la hermana y se le explica que debe respetar los dibujos de su hermana, etcétera. La próxima vez que pase una cosa similar, Sara irá a buscar a su madre para que haga de árbitro en la contienda. Las hermanas no se pegarán y cada una aprenderá lo que debe hacer en esos momentos, puesto que mamá se lo volverá a explicar. Lo más importante es que las niñas aprenden que mamá SABE qué hay que hacer en cada ocasión y se fiarán de ella y de sus decisiones. A veces pregunto a los adolescentes que sienten pocas ganas de ir a la escuela si faltan a clase con asiduidad. La mayoría me dice que no. Cuando les pregunto el motivo, la respuesta es doble, dependiendo del tipo de autoridad en que han sido educados: «Es que si se entera mi padre me mata». Es la típica respuesta de autoridad ejercida en vertical. Sólo lo hace por el miedo al castigo y a la reprimenda, pero en el momento en que su padre no esté, posiblemente falte a clase. «Aunque no me guste, tengo que ir. Mi padre me ha explicado que aunque no me guste debo acabar la ESO10 porque es importante para mí». Ésta sería una de las respuestas de un niño educado bajo una autoridad en horizontal, de tú a tú; su padre no le ha censurado ni impuesto nada, tan sólo le ha explicado el mejor camino para él y las ventajas que obtendría actuando de esa forma. Amor incondicional El amor no tiene nada que ver con lo que esperas conseguir, sólo con lo que esperas dar; es decir, todo. K. HEPBURN En casos de extrema gravedad (accidente, enfermedad...) todos los padres que conozco estarían dispuestos a hacer cualquier cosa por sus hijos, dando la vida si fuera necesario. Pero el niño también nos necesita en otros momentos. Nos reclama. Nos quiere incondicionalmente y por encima de todo. Y a veces estamos demasiado cansados para ejercer de padres. A veces no tenemos tiempo para ejercer de padres. A veces no creemos que sea tan necesario ejercer de padres (total, por un día...). La paternidad es algo que no entiende de horarios, que debe estar presente las veinticuatro horas. Lo mismo pasa con las parejas: el día que su pareja le diga que está demasiado can sado/a para atenderle, el día que le diga que no tiene tiempo para usted, el día que le diga que no es tan necesaria la vida de pareja... ¿cómo se sentirá? Puede que la primera vez lo tolere si se explican bien los motivos, pero de alguien que nos quiere se espera amor en todo momento. Atender a un bebé siempre es difícil, pero afortunadamente tenemos a nuestra pareja para relevarnos algún ratito. Los abuelos y amigos pueden también ayudarnos en ocasiones. Si usted quiere que su familia funcione, debe dejarles claro a todos los miembros que, como padres, siempre estaremos ahí, pase lo que pase. Que pueden confiar en nosotros, pues siempre les vamos a atender, no importa la hora. Que siempre les vamos a querer, aunque a veces no nos guste lo que hacen, porque les amamos por lo que son (nuestros hijos, nuestra pareja, personas maravillosas e importantes en nuestras vidas), y no sólo por lo que hacen, pues, como todo el mundo, pueden equivocarse. En otoño de 2007 fui a dar una charla a Talavera de la Reina. Esperábamos para cenar en la cafetería del hotel, tomando algo. Mis hijos se fueron al baño, muy cerca de la mesa en la que estábamos. En aquel momento me atraganté con la bebida. A mi marido aún no le había dado tiempo a darme golpecitos en la espalda, cuando ya habían venido los niños corriendo y me daban palmaditas, uno a cada lado. El camarero, que observó la escena, les dijo a los niños: -¡Anda, qué buenos! ¡Cómo se nota que queréis a vuestra madre! ¡Habéis venido corriendo a más no poder!  Y mi hijo mayor le contestó: -Es que mi madre siempre ha venido cuando la hemos necesitado Ojalá pueda usted sentir lo mismo que yo sentí ese día! EL CONDUCTISMO FASHION No corresponde a los jóvenes entendernos, sino a nosotros comprenderlos a ellos. AI fin y al cabo, no podrán ponerse en nuestro lugar y, en cambio, nosotros ya hemos ocupado el de ellos. MAUROIS En la mayoría de canales de televisión, tanto propios como foráneos,ll han proliferado una serie de programas para «educar» niños basados en ignorar los sentimientos del menor. Hay un exceso de adultocentrismo: el adulto es el centro de todo. Tan sólo se trata de que el adulto esté bien y que los niños se comporten como queramos los adultos, aunque para ello tengamos que adiestrar a los niños. Claro, dicho así suena mal, pero revestido con gracia queda mejor. Tan sólo hay que buscar las palabras adecuadas. Ponga a cualquier actuación negativa contra un niño el adjetivo «educativo» o «pedagógico» y se la tolerarán. Así, se ha llamado «cachetes educativos» al hecho de pegar a un ser humano. «Medidas educativas» al hecho de castigar a una persona. «Educar en hábitos de sueño» al hecho de dejarles llorando por la noche, etcétera. No se dejen engañar: el fin nunca justifica los medios. Puede conseguirse lo mismo sin pegar, sin castigar y sin llorar, y seguramente de forma más educativa y permanente. Estos programas, a los que yo denomino de «conductismo fashion», intentan vendernos como un buen conductismo el adiestramiento más simple. Para ello, lo revisten de moda («es lo que ahora se lleva») y de modernidad («es lo último»), cuando es de lo más retrógrado que hay en educación. Actualmente mucha gente asocia el conductismo solamente con lo que sale por la tele y, por lo tanto, lo ven como algo peyorativo. Es frecuente en mis conferencias que la gente me pregunte mi opinión sobre los métodos conductistas para educar a los niños. Yo les contesto que no son malos (de hecho, para algunas cosas, como por ejemplo dejarse de morder las uñas, son rápidos y eficaces) que no estamos hablando de lo mismo. Lo que ellos llaman «métodos conductuales» para educar niños nada tienen que ver con el conductismo infantil. ¡Cuánto daño han hecho al conductismo estas barbaridades! Veamos algunos de los fallos más evidentes del conductismo fashion tipo Supernanny: 1. El nulo análisis del niño. Supernanny entra en una casa en la que hay uno o varios niños que parecen parientes cercanos de la niña de El exorcista. Se supone que la nanny en cuestión es psicóloga (al menos la española lo era). Pues bien, nunca se valora al niño por si tuviera algún tipo de hiperactividad, no se tiene en cuenta si hay una problemática detrás de su conducta (a lo mejor sus padres le maltratan fuera de las cámaras). ¿Que el niño pega a su hermana? No importa saber si tiene celos o no. Lo único que queremos es que se comporte bien. Si la sigue odiando o no, nos da igual, con tal de que en casa estemos tranquilos. Nunca hace un examen de las cuestiones psicológicas que allí se dan. 2. El nulo análisis de la situación. Hay estudios que demuestran que cuanto menos tiempo pasa un niño con su madre, es más agresivo. Uno de los mayores trabajos realizados sobre el cuidado y desarrollo infantil elaborado en Estados Unidos a partir de una muestra de 1.364 niños así lo determina.12 Hay otros que demuestran que los celos conllevan agresividad ante el hermano; otros que los niños que han establecido una mala vinculación con sus padres son más movidos o más inestables. Pero ante unos problemas así no se paran a analizar que quizás la situación que allí se da provoca esa respuesta en el niño. Al fin y al cabo, si riñeran a los padres el programa no tendría tanta audiencia, puesto que el espectador es el padre que quiere una solución sin tener que modificar su propia conducta. Fíjese en esas casas cuando llega Supernanny: 1. No se respira cariño en el aire. Y ya dijimos que aunque los niños hagan algo que nos disguste nunca hemos de dejar de quererles. Censuramos siempre la conducta, pero no a ellos como personas. 2. La mayor parte de las madres y padres están estresados por el trabajo. Ese estrés se transmite al niño, que responderá con estrés. Pero se enseña al niño a limitarse en lugar de explicarles a los padres que deberían trabajar menos o de otra forma que concilie mejor la vida laboral y familiar. 3. El rato que están con sus hijos es para hacer labores domésticas; no pueden atender al niño porque han de hacer otras cosas. ¡Ylo curioso del caso es que se considera bueno que así sea! En un programa decían: «Fulanita demanda mucha atención de su madre y no le deja hacer la cena». Acto seguido había que educar a fulanita a que se entretuviera sola en lugar de que la madre pudiera estar más con su hija puesto que en todo el día casi no se habían visto. 3. Lenguaje peyorativo contra el niño. Durante la grabación de los niños, y para ganarse las simpatías de la audiencia, se van poniendo calificativos degradantes a los menores: «la pequeña manipuladora», «el pequeño terremoto»... En ningún capítulo se habla así de los padres. Y fíjense que en más de un episodio se podría decir «la intolerante de la madre», «el caradura del padre»13 con razón, pero eso no es del agrado de los padres telespectadores. Y no lo dicen. En un programa que vi14 incluso se justificaba que un padre pegase a su hijo (cosa que está prohibida por la ley). Alejandro tenía desesperados a sus padres porque «se pasa el día insultando y tirando cosas» (que está mal, pero que no es para desesperarse tanto). Los pobres padres «lo paran como pueden, a veces con gritos y con algún bofetón». Pues no señor. Además, el lenguaje usado es pervertido porque la misma situación se puede dar la vuelta: «Alejandro solamente tira cosas e insulta» y «Sus padres le corresponden con gritos y bofetones». Es lo mismo, pero el niño no sale tan mal parado 4. La falsa raíz del problema.  En todos los capítulos que he visto y que me han contado, la raíz del problema es la misma: «Los padres no son lo suficientemente enérgicos con el control de sus hijos». Es curioso cómo todos los problemas (y en todos los países en que se graban) se reducen siempre al mismo diagnóstico. No importa si los estudios demuestran que las conductas del niño son debidas a otra cosa. Tampoco se cuestiona si ayuda a esta idea el lenguaje y las imágenes manipuladoras. Porque, si bien es cierto que las imágenes son reales, el montaje, el orden de las mismas y la forma en la que se obtuvieron no son las que nos enseñan en pantalla. 5. Supernanny propone unas normas escritas. Estas normas se escriben en una hoja que se engancha en una pared o en la cocina. ¿Se han dado cuenta de que hay veces que esos niños no saben leer? Pues Supernanny nunca. No sabe que la mayoría de los niños de menos de 5 años no leen fluidamente y las sigue escribiendo, tengan la edad que tengan. Me acuerdo de un que trataba de un niño de 4 años al que le ponen unas normas escritas que es incapaz de leer. La cara del niño intentando quedar bien ante las cámaras mientras le leían las normas lo decía todo, es decir, «no me entero». ¿Por qué lo hacen así? Porque lo que importa es que lo puedan leer los telespectadores, no los niños. Hoy en día existen sistemas alternativos a la escritura convencional, a base de símbolosl6 que los niños aprenden fácilmente, pero, ¡claro!, el telespectador que se enganche tarde al programa ya no lo entenderá. Por cierto, a los padres también se les da unas normas en cuanto a su comportamiento, para que mejoren, y resulta que ésas no se ponen escritas en la pared (y eso que... ¡ellos sí saben leer!), no sea que tuvieran que dar cuenta cada día de las veces que se han equivocado durante el programa y salieran mal parados. Fíjense como siempre se hace todo para el sistema d*******e, es decir, los adultos. No hay nada que tenga en cuenta los derechos del niño 6. Uso de técnicas Habrán observado que en este tipo de programas, si el niño no hace lo que se le dice, se le aplican varios castigos para que cambie su actitud. ¡Ah, perdón! ¡No son castigos, son medidas pedagógicas a partir de técnicas científicas! Es que en ocasiones sólo pienso en la idea y me olvido del lenguaje que se debe utilizar en esos casos para maquillar la escena. Bien, en la mayoría de las situaciones se trata de apartar al niño dejándolo solo. Son las técnicas del time-out o técnicas fuera de reforzamiento, que, bien aplicadas, en otras edades y para otro tipo de situaciones pueden ir bien. Pero no para estos casos. Se trata de que cuando el niño no hace lo que pone en las normas (¡y cómo va a hacerlo si no las puede leer!), se le deja un minuto por año de edad en otra habitación para que reflexione. En los programas anglosajones normalmente son el hueco de la escalera (la mayoría de aquellas casas suelen ser de dos pisos) y en el nuestro ha proliferado mucho «el rincón o la sillita de pensar», es decir, una sillita en la que el niño se sienta un ratito (como ya hemos señalado, un minuto por año de edad) para que reflexione sobre lo que ha hecho. 7. Diferentes normas para cada uno.  En estos programas la estructura es siempre la misma: Supernanny llega, observa y da un diagnóstico y unas instrucciones. Se va de la casa, se queda una cámara grabando y cuando vuelve comentan los principales fallos de la actuación de los padres (que nunca entienden todo bien a la primera). Nos encontramos en este momento: Supernanny ve un vídeo con los padres y les dice lo que han hecho mal. ¡Y no se les castiga! A los niños, sí. A ellos, siempre que se han olvidado de hacer algo, siempre que se han equivocado, siempre que se portan mal, Supernanny no se cansa de repetir que se les debe ignorar, castigar o lo que sea pertinente en cada caso. Pero los padres pueden hacerlo mal y no se les pone en ninguna sillita de pensar (¡que falta le haría a más de uno!), ni se les dice a los niños que mientras sus padres no les pidan las cosas bien que los ignoren. Nada de eso. Muchos televidentes se podrían sentir identificados y bajaría la audiencia. Los niños no votan ni apagan el televisor a sus padres y, por lo tanto, no importan En definitiva, el conductismo fashion es una forma más de vender programas y libros. Nada tiene que ver con educar niños, sino con adiestramientos. Puede que el niño al final se comporte bien, pero no porque haya aprendido algo o se haya dado cuenta de sus actos, sino porque hay unas normas que cumplir. Me gustaría enseñar a mis hijos que las normas se cumplen pero no porque sí, sino porque cada una tiene una utilidad y ellos deben valorarlas; si alguna les parece injusta deben luchar por cambiarla y no aceptarla sumisamente. A los niños de estos programas no se les explican las normas, tan sólo se espera que las acepten sin cuestionar. Tan sólo se ve la aplicación de una técnica, no hay enseñanza ni reflexión. En cuanto al «milagroso» cambio que se produce, no es tanto. Los cortes y recortes que se hace de lo grabado, los montajes de esos recortes (al principio sólo los malos comportamientos y al final sólo los buenos) ayudan a fomentar esa idea de que todo ha ido bien. ¿Por qué no dejan durante un par de días unas cámaras fijas por toda la casa para que veamos si es cierto ese cambio, en lugar de montar las imágenes? Se supone que es lo que hacen cuando se va Supernanny de la casa y después vuelve para ver qué hay de nuevo. No les costaría nada mostrarnos la realidad sin cortes. Pero la audiencia es la audiencia. A ella van dedicados estos programas. Por un lado, los padres que los ven se sienten reconfortados y piensan: «¡Mira cómo están éstos! Yo no lo debo hacer tan mal, porque mi hijo no está así». Y en las cosas que ven que su hijo hace de igual manera intentan copiar las ideas, porque «si a esos que están tan mal les ha funcionado, al mío que no lo está tanto, también». Repase por un momento las ideas que dábamos en el apartado de «Las relaciones con los padres» y verá cómo ninguna de esas premisas se da en este tipo de shows. En estos programas no hay un respeto mutuo (sino un lenguaje peyorativo hacia el niño), no hay empatía (ni siquiera nos ponemos en su lugar para ver que no saben leer), no hay autoridad horizontal (las normas se dictan desde arriba, sin que padres e hijos expongan sus necesidades y consensuen las actuaciones) y el amor seguramente también es incondicional en esos padres (no vamos a ponerlo en duda), pero ¡qué poco se ve en las imágenes! Se podría dar algún consejo tanto a padres y a hijos sobre cómo demostrarse ese amor. Nadie puede cambiar su naturaleza, pero todos pueden mejorarla. E. VON FEUCHTERSLEBEN Si usted es padre o madre, le interesa leer este capítulo porque puede aprender a entender ciertas actuaciones de estos profesionales, quienes le darán orientaciones sobre cómo mejorar su actuación para con su hijo. Evidentemente, si usted es profesional de la salud, maestro o educador, le interesa leer este capítulo por todo aquello que pueda aportar a la mejora de su práctica profesional. LOS PROFESIONALES DE LA SALUD Lo importante es lo que aún podemos aprender de lo que ya creemos saber. A. SALES Ellos son los primeros que intervienen en nuestros hijos, antes que los educadores, por eso les priorizamos en este capítulo. En España, de momento,' la educación obligatoria no empieza hasta los 6 años, así que los profesionales de la salud (neonatólogos, matronas, pediatras...) tienen un papel muy importante en el correcto desarrollo del menor y en las orientaciones que a tal fin puedan hacer a sus padres. La importancia viene derivada de dos actuaciones: Como responsable de la salud del menor. Como agente educativo de los padres en la crianza. Responsables de la salud del menor Nuestro país tiene excelentes profesionales y nuestro sistema de seguridad social universal es la envidia de muchos países. Aun con todo eso, hay profesionales que se mantienen al día y otros que siguen con los mismos conocimientos y actitudes que cuando terminaron sus estudios. Es a este grupo de profesionales a quien va dirigido este apartado. Debemos hacer serias reflexiones sobre algunos aspectos clave a la salud infantil2 y que no se tienen en cuenta: o No debe separarse a la madre del bebé recién nacido. Son numerosos los estudios que hablan de las ventajas de la no separación.' A pesar de ello, en muchos hospitales se sigue separando al recién nacido de su madre con las escusas más simples (hay que mirarle, hay que pesarle), cuando muchas de esas exploraciones pueden hacerse encima de la madre o a su lado. Para garantizar este aspecto, Unicef recomienda, entre otras cosas, fomentar el alojamiento conjunto de madres e hijos durante las veinticuatro horas. Todo eso va a repercutir en el vínculo que se establezca y en los lazos afectivos, en la lactancia y va a evitar un sinfín de alteraciones en el menor. Como profesionales de la salud, deberíamos velar para que las separaciones no se dieran, y dar información veraz y contrastada a las personas que siguen aplicando estas medidas para que mejoren su ejercicio profesional. La lactancia materna es a demanda.' Y demanda quiere decir cada vez que lo pida el bebé y durante el tiempo que quiera. Cualquier otro consejo (a demanda pero no antes de dos horas, o sólo diez minutos de cada pecho, etcétera) va en detrimento de la lactancia. Ello conlleva una serie de desventajas para el bebé, puesto que la leche materna es el mejor alimento. No puede darse ninguna otra información que contradiga o limite esta práctica, por ser contraria a la salud del menor o Los menores pueden estar acompañados siempre de sus padres cuando estén hospitalizados.' A veces, cuando se explora a un menor o mientras se hace una prueba que no implica riesgo para las personas que están delante (analítica de sangre, extracción dentaria...) se pide a los padres que salgan y que dejen a sus hijos solos. Pues bien, si el menor lo reclama, tiene derecho a estar acompañado en todo momento de sus padres. El texto del Parlamento Europeo es que el menor tiene derecho: ■ «A estar acompañado de sus padres o de la persona que los sustituya el mayor tiempo posible durante su permanencia en el hospital, sin obstaculizar la aplicación de los tratamientos necesarios para el niño». «Derecho y medios de contactar con sus padres o con la persona que los sustituya en momentos de tensión». Y poner «medios», como dice el último artículo, quiere decir que si el menor está solo (y no corre peligro su vida) hemos de buscar a los padres, avisarles, esperarles..., utilizando todos los recursos a nuestro alcance (telefónicos, materiales, etcétera) para informarles. La salud psicoemocional del menor está en juego y todos deberíamos velar por ella. Creemos erróneamente que los niños se enteran menos que los adultos, y es justamente al revés: los niños no tienen mecanismos de control del estrés y éste se les dispara con más facilidad, con lo que su sufrimiento es mayor. Lo mismo pasa con el dolor, puesto que los bebés no poseen los mecanismos que ayudan a calmarnos (ya sean hormonales, de distracción, etcétera), sufren más que un adu
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