Era primavera para ese entonces cuando empezaron a florecer los cerezos, veía como aquellos pétalos se caían de las ramas de aquellos arboles, para después ser pisados sin compasión alguna, las personas iban felices en su andar, parejas, familias y chiquillos corriendo; caminando por doquier, las risas los acompañaba sin darse cuenta, mientras tanto yo me encontraba con el grupo del orfanato, sentada en aquel parque observando el panorama, determinando a las personas, viendo sus expresiones de felicidad y emoción, una vorágine de sentimientos que se apoderaba de ellos, me levante y aleje; estaba lo suficientemente apartada como para encontrarme sola; un punto del parque donde había un piano raramente, estaba un poco averiado y rasgado, su pintura se caía sin prisa alguna, me acerque y era un hermoso Steinway And Sons de cola negra, lo mire y suspire casi sonriendo, como alguien iba a dejar tal fascinación ahí, aparte eran muy costosos, por mi mente paso que la persona que lo había abandonado podía ser un derrochador de dinero de primera clase. Mis manos se posaron en aquel instrumento paseándose lo más dulce que pudiese, era como si no quisiese dañarlo más de lo que estaba, aquellas grietas… se parecían a las mías. Me senté en aquel mueble lleno de pétalos y la humedad yacía ahí, más no me importo la incomodidad y cerré los ojos tocándolo, degustándolo, pasando mis dedos con tanta pasión como era posible, dejándome llevar por aquella melodía que me envolvía completamente; cada vez mas sumergida en aquella partitura la cual me sabía de memoria “Moonlight Sonata – Beethoven” mis manos se paseaban con fluidez, el viento estallando contra mi cara en una suave brisa que sentía como una caricia y dé repente… su perfume se paseo por mi nariz, se sentía cálido, acogedor, por más que quisiese ver no me lo permití, seguí en aquella sinfonía sin fin; un susurro surco mi oír y abrí los ojos calmadamente, como si tuviera miedo de ver al dueño de aquellas palabras, mas sin embargo una vez a abiertos todo estaba en una calma plena, no había nadie ahí, solo yo, la soledad y aquel viento que parecía que me amaba.
“Nunca rompas el silencio si no es para mejorarlo” Ludwig van Beethoven.
Una frase que te invita a la reflexión, a la capacidad crítica, y autocrítica, de aprender a escuchar para comprender. Me preguntaba quién era el dueño de tal susurro mientras tocaba, mire y mire mas la soledad solo encontré, era tarde y de no volver una riña me había de sorprender, entonces regrese al lugar donde aquella salida había empezado y los mire riendo, acoplándose entre sí, mas solo suspiré y en mi mundo mientras iba de camino a casa me enterré.
Muchas veces me di cuenta que nadie allí; en aquel lugar el cual me había criado me quería, no sentían algo que no fuese lastima, lastima por el hecho de no ser adoptada, lastima por el hecho de ser abandonada, lastima por el hecho de que mi soledad abundaba, lastima por el simple hecho de ser yo. Cuantas noches en soledad no pase, cuantas veces llore y nadie se pregunto que tenía, por qué lloraba ¿Qué era el mal que había hecho? No lo sabía con exactitud, pero en esas noches de penumbras solo podía estar acostada en mi habitación, aquella que era única porque solo estaba yo, aquella que amaba por tener el olor de Ciél el cual me hacía sentir en compañía “solo unos meses mas y podre salir” me repetía constante mente, clamaba por ser libre y correr a los brazos de él, aquel chico de ojos color café puro que me dio una oportunidad y que a día de hoy no podía ver, mas sus cartas a tiempo llegaban.
Las horas, minutos y segundos pasaron al igual que los días y meses; otoño, ese que tanto apreciaba porque él siempre me escribía, mas nunca su carta llego ese año, espere, espere y espere, una noche, dos, tres y hasta cuatro pero nunca llego, pensé que había estado muy ocupado y por eso no envió la carta, pero después de ese otoño frío y melancólico no supe de mas él.
Continuamente me repetía que estaba mal conmigo, porque todas las personas se alejaban de mi, tal vez por eso mis padres me dejaron aquí; en este lugar donde los niños son abandonados y acogidos por distintas personas, pero mi caso era diferente… a mí nunca me acogieron, no hasta que conocí a Ian y Ciél, eran las únicas dos personas que me habían dado una oportunidad, aun cuando era antisocial y tímida, aun cuando desconfiaba de las personas. La dependencia emocional se unió a mí y ya no podía hacer nada para aquel entonces, me valía de aquellas dos personas para poder ser autosuficiente y no decaer, algo toxico y sin duda peligroso, pero que puedo decir, era solo una pobre alma la cual su melodía era negra y vacía, aquella que buscaba ese apoyo emocional el cual nunca había obtenido en su vida, era egoísta, era molesto saber que tenía que robar la felicidad de las personas para que se mantuviera firme en aquel mundo de avaricia donde el odio, la paz, el amor, la arrogancia y sin duda la hipocresía dominaba por sobre todo.
Todo era un caos, los cabos no resueltos se enredaban entre sí, se hundía cada vez más en aquel mundo al que no quería pertenecer, en aquel cuarto de un orfanato se encontraba ella; en una esquina donde la cruda realidad y oscuridad predominaban, sus pensamientos la envolvían lenta y tortuosamente, su cabello era jalado sin compasión alguna por la misma, sus rodillas pegadas al pecho y meciéndose una y otra y otra vez sin intención de detenerse hasta que aquello que la consumía parase, las lagrimas descendieron por las mejillas de color carmesí sin compasión algunas, siendo libres y dejándose llevar por la amarga sensación salió de aquella habitación, corrió, corrió como si no hubiera un mañana, sus pies andando por si solos, estando en un transe automático se detuvo abruptamente en aquel salón anti sonidos, miro a su izquierda y derecha verificando que nadie estuviese por ahí, era como un ladrón acechando en una casa prohibida y de buen valor la cual quería asaltar a toda costa.
3:00 am.
Hacía frío y la ropa le escaseaba, se encontraba en aquella habitación de blanco, n***o y azul rey, miro el cielo estrellado, era hermoso ,deslumbrante, magnifico, mas sin embargo a la vez se veía vacio ante sus ojos, tenía muchas estrellas eso era cierto, pero le faltaba algo, ese algo que era importante, mas no supo que era aquello; se sentó en aquel banco perteneciente al piano de cola y aun con lagrimas bajando a lo largo de su cara toco; toco con tristeza, con la agonía que llevaba dentro de su ser y no podía calmar, entonces aquella melodía que tocaba sinfín, se escucho triste por primera vez en su vida, aquella melodía negra llevaba un vacio en cada nota que era tocada por ella.
El desprecio hacia sí misma se escuchaban en las notas que eran tocadas con desesperación y odio, entonces abrió sus ojos y miro por aquel techo de cristal derramando lagrimas, se paro abruptamente, giro, se arrodillo, se autolesiono y cuando tuvo la oportunidad grito, grito lo mas que pudo rasgando su garganta, importándole poco las consecuencias que podría obtener después.
Ese día se libero, fue ella misma, sin mentiras, sin miedo y por una sola vez en su corta vida se permitió verse así misma, la Assia que en realidad era, esa Assia que se escondía de todos, porque de entre las penumbras se mostro débil y apacible, pero si te has de tomar el tiempo para comprender, veras que después de todo en ellas también hay colores que se convierten en una luz de esperanza.