Capítulo 3: Está en todos lados.

1999 Words
Narra Emma ¿Así o más avergonzada? La cara se me caía en mil pedazos. Sentía que le debía una disculpa a Benjamín, que forma de hacerme tragar mis palabras. Pero es que él también... ¿para qué me llamó ladrona? Estaba cruzada de brazos frente a mi cuarto, mi puerta ahora no funcionaba, la cerradura se echó a perder, pero era eso o quedarme atrapada. Le dejé un mensaje al administrador para que enviaran a un cerrajero, pero ya pasó casi una hora desde que le envié el mensaje y aún no me responde. Es un negligente. Mordí mis labios recordando ese momento en el que entró y… Mis mejillas me empezaron a arder, pero a la vez, me ardía la mente. ¿Qué me pasaba? Por qué tengo avergonzarme por eso, que el vecino piense lo que quiera, ni que me importe lo que él crea. Traté de concentrarme y enfocarme en mi trabajo, esto es lo más importante. El día que decidí mudarme a París, me prometí cambiar mi vida y no ha sido fácil, pero lo he logrado porque soy constante, porque me enfoqué en lo que realmente importa y eso es mi trabajo. A pesar de tener pretendientes y que mi madre insista en que ya estoy en edad para tener un esposo, he dejado el amor y todas sus arandelas a un lado, para mí, eso está en un segundo plano. Tomé mis muestras y traté de rediseñarlas, pero por más que intentara quitarle o anexarle, nada funcionaba. No me sentía conforme, no me sentía bien con lo que estaba haciendo. —¡AH! —esto me volverá loca. Me levanté de mi lugar de trabajo y caminé de un lado para otro, que desesperante querer tener una idea y que nada se cruce por tu cabeza. No sé cómo, no sé cuándo, pero algo se me ocurrirá. Llegó el mediodía y nada, las hojas seguían en blanco. Estaba entrando en una crisis cuando mi móvil volvió a sonar, miré la pantalla y vi el nombre de Olivia. —¿Hola? —Hasta que respondes. Te he llamado desde esta mañana, ¿Qué hacías? —Lo siento, es que tuve que… estaba ocupada, justo estaba por llamarte. —No lo creo, pero no importa. ¿sabes por qué te llamo? —No. —El amor de mi vida está aquí en París ¡AHH! —aquel grito me hizo alejar mi móvil. —¿Conociste un chico? —Sí, bueno en realidad ya lo conocía. Es Coco, el chico que te dije que me gustaba. —Oli, no recuerdo a ningún Coco. —Emma, el chico del que te hablé, te dije que fuimos amigos en la universidad, que me gustaba y que yo le gustaba, pero, ¡Dios! por tonta no le dije. —¡Oh! Sí, ya recordé, tu amor frustrado de la universidad. —¡Sí, exacto! Tengo tantas historias de Olivia que me cuesta recodarlas todas con exactitud. —Oh, ¿y qué pasó? Mientras ella hablaba, intentaba ordenar de nuevo mi lugar de trabajo. No es que les reste atención a sus cosas, solo que creo que Oli al tener la vida resuelta, le da demasiada importancia a algo que realmente para mí no es fundamental. —Estaba en club y de repente lo vi, estaba en la sala VIP y nos saludamos, él me reconoció de inmediato; hablamos un poco y nos tomamos un par de copas. Está guapísimo, no te imaginas, creo que mi corazón volvió a acelerarse. —¿Y luego? —Cambiamos de número y hablamos un poco en la mañana. ¡Ay! Creo que esta vez sí va a funcionar, esta vez no lo dejaré pasar. Es el destino, Emma. —Así es, Oli. Esta es tu oportunidad, así que no guardes por segunda vez lo que sientes y dile que te gusta. Aunque no lo hagas tan pronto, espera a el momento indicado. —Tienes que ayudarme. —Claro que sí, cuenta con eso. —Oye, ¿Cuándo vienes? Ya me aburrí sin ti aquí. —La próxima semana, eso espero. —Bien, te dejo para que sigas en lo tuyo. Si Coco me escribe te avisaré. —Está bien. Corté la llamada y volví a lo mío. En ese preciso instante en que creo que tengo una idea, escucho la puerta de mi apartamento. Hice un gesto de enojo y me levanté con mala gana. —¿Mamá? ¿Qué haces aquí? Mi madre me hace a un lado y entra a mi apartamento para dejar todas las cosas que trae sobre el mesón de la cocina. —¿No me dijiste que vendrías? —¿Tengo que avisarle a mi hija que la vengo a visitar? —Supongo que sí. —Solo pasé para dejarte esto, pensé en dejarlo con el chico de la recepción, pero me dijo que estabas aquí y pasé a saludarte. En realidad, me vi obligada a conducir un par de horas porque te has negado rotundamente a responder a mis mensajes. —Es que… —No digas que es por el trabajo, te he visto ir a cagar con el móvil en la mano. Mi madre abre la nevera y repara todo lo que hay y lo que no hay. —Mira este chiquero, esto no parece la casa de una mujer adulta. Rodé mis ojos y froté mis sienes. —Voy a organizar pronto, es que tengo que trabajar desde casa y… —¿Qué le pasó a la puerta de tu habitación? —Se trabó y… —¿Por qué tu cuarto está así? —Mamá, no… —Emma, te he dicho que los zapatos siempre deben ir en su lugar, cada uno con su par. —No he podido organizar, tan pronto termine de trabajar, yo lo organizaré; pero no he tenido tiempo ni para rascarme la cabeza. Amo a mi madre, pero no tolero que haga esto cada que viene a casa. —Si no tienes tiempo deberás hacer magia entonces, le confirmé desde la semana pasada a la señora Dubois que saldría con su nieto. Antes de ayer te lo recordé ¿lo olvidaste? ¡Oh, cierto! No has respondido mis mensajes. Justo esa es la razón por la que no lo he hecho. —Mamá, lo siento, pero sí, lo olvidé. Estoy trabajando en un proyecto importante y he estado muy ocupada. No creo que pueda ir a esa cita, además, creo que ya estoy grandecita para esto ¿no crees? Una cita a ciegas organizada por dos señoras desesperadas por casar a sus hijos. Si me independicé fue para hacer mi vida, pero creo que no me fui lo suficientemente lejos como para evitar que mi madre insista en que me case. —Por eso mismo, tienes casi treinta años y aún no te comprometes. La hija de la señora Petit se comprometió hace unas semanas. Hija, no todo es el trabajo, debes hacer una vida, casarte, tener hijos. Estás llegando a la edad de riesgo para embarazarte. Estás tomando el mismo camino de tu tía Martha ¿quieres ser la nueva solterona de la familia? —No quiero casarme y a mis casi treinta, aún no quiero tener hijos. Cuando un día me levanté segura de que quiero tener una familia, te avisaré para que me ayudes a encontrar un esposo, pero ahorita estoy bien, de verdad. Mi madre termina de meter algunas cosas en mi refrigerador y asiente, parece que por esta vez lo ha entendido. —El nieto de la señora Dubois pasará por ti a las ocho, le di tu dirección. —Mamá… —Sé amable, no seas tan cortante, eres experta espantando a los hombres. Ella me da unas palmadas en el hombro y se va por donde llegó. Por falta de ideas dejé todo como estaba, era mejor empezar a prepararme para ir a conocer al nieto de la amiga de mi madre. En lo que va del año, ya he ido a unas seis citas, todas terribles. No sé hasta cuando seguirá haciendo esto, ¿Cuántas amigas con nietos e hijos solteros tiene? Me sentía de pocos ánimos, pero eso no era una razón para vestirme mal. Tengo una regla y es siempre verme bien, no importa la ocasión. Veinte minutos antes de las ocho, yo estaba lista. Solo aplicaba un poco de perfume y ya está. Opté por un vestido azabache ajustado al cuerpo, de escote recto y de tirantes extremadamente delgados, el vestido tiene una abertura que solo muestra de la mitad de mi muslo hasta el final del vestido, es decir un poco más debajo de las rodillas. Recogí todo mi cabello en una coleta y me maquillé lo más natural posible. En recepción me llamaron un poco antes de las ocho y me dijeron que alguien estaba esperando por mí. —Bien, mi cita ha llegado. Al salir de mi apartamento, me doy cuenta que Benjamín también va de salida. —No me digas que has salido para entregarme mi pañuelo, no debiste ponerte tan elegante para eso. Sonreí y negué con mi cabeza. Veo que es muy chistosito. —Olvidé llevártelo, prometo devolverlo después. Ambos caminamos hasta el elevador, cuando iba a presionar el botón él también haría los mismo y al final, ninguno de los dos, lo hizo. —Lo siento, ¿hacia qué piso vas? —Planta principal. —Bien, yo también voy a bajar, así que permíteme. Él presiona el botón y cuando las puertas se cierran, dice: —¿A dónde vas? —pregunta intentando hacer una conversación. —Una cita. —¿Saldrás con tu novio? —No, es… es en realidad una cita a ciegas. Bajé mi cabeza un poco apenada —Vaya, ¿en estas épocas aún se va a citas a ciegas? —¿Tú a dónde vas? —cuestioné para cambiar el tema. —Me reuniré con unos amigos, hace mucho no los veo y… Oh, creo que tu cita a ciegas está por… Las puertas del elevador apenas se iban abriendo cuando se enfoca en la recepción a un hombre de unos treinta y cinco años con un ramo de rosas. —Ay no. Parece que no podía ser menos obvio, tenía un ramo gigantesco en las manos. —Bien, suerte en tu cita. Nos vemos luego. —Sí, suerte con tus amigos. Forcé una sonrisa y me acerqué al hombre. —¿Eres Emma? Asentí y recibí el ramo que él me extendió. —Están hermosas, pero soy alérgica, ¿no te dijeron? —Oh, lo lamento. No tenía idea. Él las vuelve a tomar y las deja sobre uno de los asientos de la recepción. —Soy Albert, por cierto. Mi abuela me habló mucho de ti. Sonreí por segunda vez de manera forzada y asentí a lo que dijo. —Mi auto está afuera, si quieres ya podemos irnos. —Sí, está bien. Albert en el minuto tres ya tenía su mano en mi cintura, no la despegó hasta que subí a su auto. Durante el camino se dedicó a hablarme de su negocio y de lo mucho que facturaba. Cada cinco palabras, tocaba mi pierna como si eso funcionara para que prestara más atención a lo que dice. —Este es el lugar. Esperé un poco para que al menos abriera la puerta del auto, pero al ver que se adelantó, bajé por mi cuenta. Teníamos una reserva en un lugar bastante bonito, le doy medio punto por eso. Al menos me ayudó con mi silla, así que tiene un cuarto de punto más. En el momento que me acomodo en mi asiento, me doy cuenta que alguien me observa en la mesa de al lado y cuando me volteó para ver de quien se trata, es él, el vecino. Benjamín me sonríe desde su lugar y le devolví la sonrisa. De tantos lugares él tiene que estar aquí ¿es enserio?
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